domingo 20 de septiembre de 2009 - 10:00 AM

Los ‘voltearepas’ al desnudo

Esta semana, el tema que acaparó la atención de la opinión pública nacional fue el de los políticos, desde senadores y representantes hasta diputados y concejales, que aprovecharon la ventana de oportunidad que les brindó la ley para cambiarse de partido.

Conocidos coloquialmente como ‘voltearepas’, más de 2.000 de ellos en todas las regiones del país se trastearon de colectividad. Y esa mudanza, le mostró a la ciudadanía cuáles son realmente los intereses que guían las decisiones de una parte sustancial de la clase política colombiana.

Es que semejante migración dejó claro que la ideología y los principios están en la cola de las listas de estos personajes.

Puesto de otra manera, su única meta es ser elegidos a como dé lugar y para ese objetivo el último tema a considerar son los programas que propusieron apoyar o las posiciones que prometieron defender.

Este último punto quedó en evidencia cuando cientos de concejales y decenas de parlamentarios saltaron de la oposición manifiesta al uribismo rabioso, o viceversa, aunque estos últimos en menor proporción.

En pocas palabras, lo que importa son los votos amañados y las prebendas comprometidas y no las ideas propuestas o los programas y obras necesarios para el país.

Y sí, uno de los argumentos que utilizan los tránsfugas, como oficialmente se les ha denominado, para justificarse, es que en prácticamente todas las democracias del mundo estos cambios de partido suelen suceder con bastante frecuencia. Sin embargo, lo que convenientemente omiten es que allá a diferencia de acá, sí son las posiciones y los principios frente a las políticas estatales así como los conceptos sobre las instituciones, los que por lo general están detrás de esa decisión de mudarse de colectividad política. De hecho, en las naciones del primer mundo esos trasteos se presentan en un número sustancialmente más reducido y no en hordas como sucedió por estos días en Colombia.

Incluso, las deducciones que se pueden tejer para el país a partir de esa migración masiva, son bastante sombrías.

Y son sombrías, porque el nutrido cambio de colectividad política no dejaría de ser una anécdota, bastante desagradable por cierto, si no fuera porque es precisamente por ese tipo de costumbres que el país está como está. Es decir, sumido en el subdesarrollo económico y moral, con presupuestos que jamás alcanzan para suplir las necesidades básicas de la población y entrelazando un escándalo con otro. Todo,  bajo la sombra de una clase política que piensa exclusivamente en ella misma y en sus conveniencias.

La solución, irónicamente, no la tiene el Estado. Es que si el electorado castigara esta clase de actuaciones el día de las elecciones, tanto el Congreso de la República como los concejos y asambleas estarían ocupados por personas muy diferentes. Personas a las que tal vez sí les importaría que casi el 50 por ciento de los colombianos viva en la pobreza, mientras los recursos de los impuestos desaparecen como por arte de magia. Tal vez también, si otros llegaran a esas instancias, este país sería muy diferente.

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