domingo 23 de agosto de 2009 - 10:00 AM

Mala fama bien ganada

Si se tiene en cuenta que de los 133 homicidios que ha habido este año en Bucaramanga y su área metropolitana, 98 son el resultado de riñas, se puede decir, lamentándolo mucho, que la imagen de pendencieros que tienen los santandereanos en el país, es una mala fama, pero bien ganada.

Para no ir más lejos y hacer un recuento que podría ser muy extenso, de las más absurdas razones que han terminado en riñas mortales, basta solamente con recordar el comportamiento intolerante y francamente homicida de un hombre que lanzó una granada a un parqueadero, ubicado a no más de 20 metros de la puerta de un jardín infantil, solamente porque quería desquitarse de alguien que, en su enfermizo parecer, lo había contrariado. Tampoco han pasado muchos días desde que una joven, por 10 mil pesos, hirió con un cuchillo a su propio hermano, mientras bebían cerveza en una caseta ubicada en El Palenque. Es sencillamente escandalosa y en extremo preocupante esta conducta violenta de muchos habitantes de Bucaramanga y el área metropolitana y frente a ello, más allá de las obvias medidas policivas, es necesario plantearse el problema desde perspectivas más adecuadas que respondan a lo que, con seguridad, tiene explicación no en una, sino en múltiples causas.

No podemos simplemente quedarnos en la atávica circunstancia y el cliché de que los santandereanos somos ‘verracos’ para justificar lo que en realidad es una variable trágica de intolerancia e incultura. No podemos seguir rindiendo culto a semejante parámetro sociológico para justificar lo que en el fondo es una deficiencia de base en la educación. No podemos mantenernos en la idea de que las diferencias se resuelven a cuchillo.

Es hora de que las instituciones piensen seriamente en hacer una transformación de ese falso valor de nuestra cultura y se fije un verdadero propósito educativo para reenfocar ese impulso camorrista que, aparentemente, predomina en el carácter santandereano y que, además del altísimo numero de muertes que causa al año, nos ha dejado en el primer semestre algo más de mil situaciones de lesiones comunes de las que alcanzó a tener conocimiento la Policía. Son 167 casos mensuales de agresiones que, aunque no terminaron en homicidio, tuvieron la gravedad suficiente para que se hiciera necesaria la intervención de la autoridad.

De hecho, ese número debe ser mucho menor que el que se calcularía si se denunciara la violencia intrafamiliar contra las mujeres y contra los niños; si se contabilizaran las peleas en bares, cantinas, discotecas y las que a cada rato protagonizan los conductores en las vías de la ciudad, en las que, dicho sea de paso, se usan los vehículos como armas para intimidar y agredir al otro. De ser así se tendría una estadística aterradora, como aterrador es el hecho de que, ante la negligencia de las autoridades administrativas, siga instituyéndose en la capital de los santandereanos el patrón homicida en la resolución de conflictos.

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