miércoles 27 de octubre de 2021 - 12:00 AM

Nuestras familias no deben acostarse a dormir con hambre

Expertos señalan como efectos de la desnutrición y la deficiencia de micronutrientes en las personas, el crecimiento y desarrollo inadecuados, el aumento en el riesgo de enfermedad y muerte, el menor rendimiento escolar e intelectual, así como en el trabajo físico y un mayor riesgo de obesidad y enfermedades crónicas no transmisibles
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Según el Dane, esta noche, en los cuatro municipios que conforman el área metropolitana de Bucaramanga, 3.386 familias se acostarán a dormir después de haber ingerido solo una comida durante el día, como lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo en el que la pobreza extrema y la inequidad que resulta de ella, han profundizado la brecha entre las clases sociales en Colombia.

Para nuestra realidad local y regional esta cifra no es otra cosa que una verdadera tragedia, porque aparte de todos los problemas que causa el bajo consumo de alimentos saludables, están todas las otras consecuencias de vivir en estos niveles de pobreza.

Expertos señalan como efectos de la desnutrición y la deficiencia de micronutrientes en las personas, el crecimiento y desarrollo inadecuados, el aumento en el riesgo de enfermedad y muerte, el menor rendimiento escolar e intelectual, así como en el trabajo físico y un mayor riesgo de obesidad y enfermedades crónicas no transmisibles.

En ese extremo de la pobreza, entonces, estamos hablando de los miles de personas que componen esas 3.386 familias, que enfrentan estos graves riesgos de salud, pero que sufren también permanentes situaciones de alta peligrosidad en su entorno.

Estamos hoy frente al desafío de reactivar la economía, luego de los devastadores efectos de una pandemia que dejó millones de muertos en un mundo asolado como resultado de los confinamientos. Son realidades que, obviamente, vivimos también nosotros y que nos han dejado, como en buena parte de las Naciones no desarrolladas, frente a unas cifras de profundización de la pobreza que nos imponen hoy recuperar la industria y el comercio, y hacerlo con sentido social y humanitario.

La esperanza de millones durante esos meses de encierro y desconcierto fue pensar que al final de la pandemia tendríamos un mundo mejor y seríamos mejores seres humanos.

Tenemos que mostrar que fuimos capaces de aprender las lecciones que la tragedia nos dejó, entender que la suerte de todos está en cada uno, que lo que le ocurre a una persona, así esté al otro lado del planeta, tiene la potencialidad de afectarnos a todos, y que esto es más cierto cuando esas personas forman parte de nuestra comunidad más cercana. Equilibrar estas cargas sociales, conseguir el bienestar y el progreso de los más olvidados debe ser uno de los más altos objetivos de una reactivación económica solidaria que debemos diseñar.

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