lunes 16 de noviembre de 2020 - 12:00 AM

San Andrés y Providencia sufren la consecuencia del abandono y la imprevisión

Hoy las islas de San Andrés y Providencia están seriamente perjudicadas, con daños aún por terminar de evaluar y miles de afectados que no solo debieron recibir apoyo en acciones preventivas que disminuyeran el daño, sino que, ahora como damnificados deben recibir pronta y suficiente atención...
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El desesperado llamado de auxilio del gobernador de San Andrés, Everth Hawkins Sjogreen, cuando el huracán Iota estaba ya a la vista, es el retrato perfecto de lo que es la imprevisión y el abandono en que siempre el continente ha tenido a las islas. El gobernador dijo en un tuit angustioso: “Familia, amigos de Providencia: no hay comunicación ni satelital, ni VHF y menos por telefonía móvil! Mi agonía es grande por mi Familia y todos nuestros providencianos!”. Poco tiempo después el Comandante de Bomberos completaba el cuadro con una declaración no menos desesperanzada: “Hay árboles caídos, objetos volando, calles inundadas. Las personas que pierdan su techo, deberán refugiarse en la casa de un vecino, porque no podemos ir a rescatar a nadie”.

Esta no es solo la secuencia dramática del paso de un huracán, no es el producto de la mala fortuna, de un castigo divino, ni el capricho incontrolable de la naturaleza que se abalanza sobre la humanidad sin compasión, esto también es el acumulado de décadas de irresponsabilidad ambiental, de un planeta que contamina por millones de toneladas diarias de materiales peligrosos, emisiones de toda clase, en fin, una humanidad que ha envenenado su propia casa y ahora recibe, cada vez con más frecuencia y violencia, las consecuencias devastadoras de tal comportamiento.

Pero, a esto tenemos que sumar la desidia y la incompetencia de los gobiernos locales y nacional por anticipar la ocurrencia de estos fenómenos, perfectamente previsibles, y prepararse adecuadamente para enfrentar de la mejor manera y con los menores daños posibles, el embate de los veloces vientos. Salvar las vidas de los habitantes, los bienes particulares y los bienes públicos, es una tarea que puede cumplirse si se trabaja durante todo el año en la prevención y atención de toda clase desastres.

Pero, la verdad es que, a pesar de que se tuvo a tiempo la información necesaria sobre la amenaza del huracán, a nuestros compatriotas sanandresanos los dejaron solos, a merced de vientos de entre 100 y 150 kms por hora. Hoy las islas de San Andrés y Providencia están seriamente perjudicadas, con daños aún por terminar de evaluar y miles de afectados que no solo debieron recibir apoyo en acciones preventivas que disminuyeran el daño, sino que, ahora como damnificados deben recibir pronta y suficiente atención médica, económica, de reparación o reconstrucción de sus viviendas, etc, y no ocurra que, cuando se normalice el clima, termine normalizándose también el abandono a estas personas.

editorial
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