domingo 02 de agosto de 2009 - 10:00 AM

Un asesinato impune, exponente de una verdad aterradora

Sobre la vida y el asesinato de Luis Carlos Galán han corrido ríos de tinta. Se sabe que fue un hombre hecho a pulso e inteligencia, con unos ideales íntegros y propósitos admirables para un país que todavía hoy, a casi 20 años de su muerte, todavía lo añora y se pregunta cómo sería su presente si lo hubieran dejado llegar a la Presidencia.

Todo lo anterior, hay que insistir, se sabe y se ha dicho hasta la saciedad. Sin embargo, en lo que no se ha hecho énfasis suficiente, es en la manera en que su crimen representa con una exactitud infalible el lamentable estado de la justicia colombiana. Pero lo que es peor, ilustra con plenitud las verdaderas fuerzas que rigen los destinos de este país. Que a Luis Carlos Galán lo mató la mafia con participación y ayuda de algunos estamentos oficiales, se puede afirmar sin temor a faltar a la verdad.
Y de igual manera se puede asegurar que la impunidad en la que muy probablemente quedará el proceso, demuestra también más allá de toda duda esa gran deuda, ese lastre inamovible de inoperancia y perversión que se apoderó del aparato judicial.

Aparato judicial que si resulta incapaz de aclarar y condenar a los responsables de un magnicidio como el de Luis Carlos Galán, deja muy pocas esperanzas al ciudadano del común de que algún día contará con una justicia rápida, eficiente y sobre todo, a pesar de que suena redundante, justa.
Pero eso no es lo único que expone el asesinato de Luis Carlos Galán.

El magnicidio también revela que esas mismas fuerzas que condujeron a su muerte y que él en vida denunció sin cansancio, siguen más vivas que nunca.
Lastimosamente, tanto el narcotráfico como la corrupción hicieron metástasis y hoy puede que ya no traten de impedir mediante las balas que personas íntegras y honestas lleguen al los altos cargos de elección popular. Hoy muchos de esos cargos simplemente les pertenecen, porque accedieron a ellos mediante el terror y el dinero.

La vida, la muerte y el proceso judicial de Galán le dejan al país una dolorosa historia que lamentablemente ni siquiera es adoptada como experiencia o aprendida como lección para evitar que se repita.

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