miércoles 26 de agosto de 2009 - 10:00 AM

Un voto después de la muerte

Limitado ya al máximo en sus movimientos como consecuencia de un tumor cerebral maligno diagnosticado hace 15 meses, el senador norteamericano Edward Kennedy acaba de hacer una demostración muy clara de lo que es el verdadero sentido de la política y particularmente, de quien ocupa un cargo público por elección popular, que no es otro que el de prestar un servicio a la comunidad.

Desde su lecho de enfermo y en un acto que, además, puede considerarse como el anuncio de su propia muerte en poco tiempo, el senador Kennedy ha pedido a los legisladores del estado de Massachussets que reformen la norma que establece que una vacante en el senado sólo pueda cubrirse en un período no inferior a 145 días, ni superior a 160.

Lo que Kennedy busca con este pedido prácticamente póstumo, es evitar que, una vez se produzca su muerte y mientras transcurren esos casi seis meses, el presidente Obama pierda temporalmente un voto a favor del proyecto de reforma al sistema de salud que en este momento cursa en el legislativo estadounidense y es el eje sobre el que hoy gira la política de ese país.

Para algunos observadores, Kennedy busca que aún cuando ya esté en su tumba, pueda, mediante el voto afirmativo de quien ocupe su curul, continuar luchando al lado del Presidente en favor de la reforma a la seguridad social de Estados Unidos, que fue el motivo principal por el que el senador apoyó a Obama, según lo ha manifestado en repetidas oportunidades.    

Todo esto ocurre porque Kennedy comienza a morirse y debe suspender su actividad política en el momento cumbre del debate nacional sobre el proyecto de salud, que tiene al Presidente en un descenso de su aceptación entre los norteamericanos y requiere entonces, del apoyo cada vez más decidido de quienes se comprometieron con él en este propósito descomunal y de gran riesgo político.

La declaración de Edward Kennedy lo enaltece, sin duda, y de cierta manera retoma el hilo de la historia de una dinastía que en los años sesenta y setenta marcó el rumbo del partido demócrata y de la política norteamericana en general. Este es el último Kennedy. Su muerte marcará seguramente el final de la trayectoria deslumbrante, pero también turbulenta y trágica de esta familia que alcanzó los más grandes honores y los fondos más temibles.

Edward no fue una excepción en ningún caso. En su prolongada vida pública tuvo que enfrentar escándalos, tribunales, además de asesinatos y accidentes trágicos entre sus parientes más cercanos. Pero pudo también gozar siempre del respaldo de la comunidad de Massaschusetts, que lo eligió como su senador durante ocho períodos consecutivos, en virtud precisamente de los altos valores de servicio que caracterizaron particularmente las últimas dos décadas de su vida.

Qué diferencia tan palpable entonces, con esa mayoría de congresistas colombianos, dedicada enteramente a velar por sus propios beneficios y a acercarse a quien más les asegure votos en las próximas elecciones.

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