domingo 01 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Guerra fría

El pasado martes 24 de febrero Juan Manuel Santos no se cambiaba por nadie.

Se acababa de reunir con el secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, y se convertía así en el primer alto funcionario del gobierno en verse con un miembro del gabinete de Barack Obama. Era apenas el primer encuentro de una anticipada gira triunfal que le serviría para cerrar con broche de oro su gestión como Ministro de Defensa y su lanzamiento como candidato presidencial.

Estaba tan seguro de sí mismo, que en una rueda de prensa en Washington D.C. dijo que iba recomendarle al presidente Álvaro Uribe darle 'cristiana sepultura al DAS'. Su improvisada propuesta causó un revuelo inesperado en Colombia.

Al conocer la declaración de Santos, Uribe le ordenó al secretario de prensa del Palacio de Nariño, César Mauricio Velásquez, salir ante los medios para desautorizar al Ministro de Defensa. 'Sin ninguna duda –dijo–, la preocupación del gobierno es buscar correctivos y fortalecer esa institución, para el bien de la democracia'. No es usual que un funcionario de medio nivel rectifique a un miembro del gabinete ministerial y menos a un peso pesado como Santos.  

En realidad este episodio es apenas el último que ha distanciado al primer mandatario de su Ministro estrella de la seguridad democrática, que en julio de 2008, tras el operativo contra ‘Raúl Reyes’ y la Operación Jaque, parecía estar en primera fila para ser ungido como su sucesor.  

Desde entonces, sin embargo, una serie de malentendidos y roces han carcomido la relación entre el Presidente y Juan Manuel. Muchos de esos malentendidos surgen de dos factores que se están presentando simultáneamente: la ambigüedad de Uribe sobre su segunda reelección y el exceso de protagonismo de Santos.
 
Es evidente que éste cree que el primer mandatario es sincero cuando dice que no quiere perpetuarse en el poder. Por eso, Juan Manuel les dijo hace unas semanas a la directora de El Colombiano, a otros dirigentes antioqueños y hasta con quien se cruzara en la calle que el Presidente se retiraría el 7 de agosto de 2010 y que el mismo Uribe le recomendó lanzarse al agua. Santos fue el primer sorprendido con la desmentida días después por el mismo diario, que en un editorial lo acusó de inventarse cuentos.

Fue tanto el malestar del Presidente, que le dijo a un grupo de congresistas: 'Que Juan Manuel no hable más de mí. Que se dedique a proponer políticas y no a interpretarme'. En otra reunión con la bancada de La U, según le comentó a SEMANA un congresista, Uribe se mostró frío frente a una candidatura de Santos, que de paso tiene pocos adeptos dentro del sanedrín de Palacio.

Ese es un grupo de furibistas que mira con desconfianza lo que consideran una rancia oligarquía bogotana que, según ellos, acabó al país durante 40 años, hasta la llegada de Álvaro Uribe. Además, en Palacio cuestionan la lealtad de Juan Manuel; lo consideran demasiado independiente y con vuelo propio. Prefieren el modelo de Andrés Felipe Arias, ‘Uribito’, dispuesto a jurar obediencia y a devolverle el puesto al jefe si algún día lo requiere.

Aunque el Presidente prefiere funcionarios incondicionales cuyas carreras políticas dependan de él, hizo la excepción con Santos por ser muy competente y por el nivel de aceptación que tiene en la clase dirigente. En esos dos frentes, Uribe no se equivocó. Santos ha sido tal vez el ministro de Defensa más eficaz en la historia reciente del país en un gobierno cuya credibilidad y respaldo depende precisamente de los éxitos en el campo de batalla. Los ‘falsos positivos’ han sido el gran lunar de esa gestión y uno de los escándalos más graves en la historia de las Fuerzas Armadas. Pero frente a esa barbaridad, Santos cogió el toro por los cuernos y retiró a más de 25 oficiales del Ejército, hecho por el que fue muy criticado en ciertos sectores militares.

Durante los primeros dos años y medio del segundo gobierno de Uribe, el Presidente le cedió todo el protagonismo de los éxitos militares a Santos. Se volvieron rutinarias las ruedas de prensa en las cuales el Ministro de Defensa en un atril casi presidencial, con el alto mando detrás de él, daba partes de victoria al pueblo colombiano.  

Aceptó en silencio que el Ministro se adelantara con la noticia de la muerte de ‘Tirofijo’, uno de los eventos más importantes en el medio siglo del conflicto armado. Asumió el costo político por el uso del emblema de la Cruz Roja en la Operación Jaque, utilizando frases que posteriormente fueron rectificadas por los hechos. Incluso toleró declaraciones incendiarias sobre Chávez a pesar de las implicaciones que estas tenían en la relación bilateral con Venezuela.  

Los acontecimientos de las últimas semanas indicarían que esa paciencia está llegando a su fin. El florero de Llorente parece haber sido la visita de Santos a Washington la semana pasada. El malestar no sólo se debió por las declaraciones sobre el cierre del DAS sino porque el Ministro trató de organizar inicialmente un viaje casi de jefe de Estado a Estados Unidos pasándose por alto a la Cancillería.

La ‘cumbre’ eventualmente se reorganizó incluyendo la participación del ministro de Relaciones Exteriores, Jaime Bermúdez. Pero todo el episodio, con muchos tires y aflojes, dejó un mal sabor dentro del gobierno y en particular en Palacio.  

Para los observadores es evidente que todas las movidas políticas que está haciendo el Presidente de la República no favorecen a Santos. El afecto de Uribe por ‘Uribito’ raya en la adoración y no lo oculta.  

En cuanto al partido de La U, Santos aspiraba a retirarse del Ministerio de Defensa en el mes de mayo y ser nombrado simultáneamente como presidente de La U y candidato de ese partido. En la última reunión de la bancada, se estableció que nadie podría tener esas dos condiciones al mismo tiempo. Teniendo en cuenta que Álvaro Uribe es el jefe supremo de La U, se da por descontado que contó con su visto bueno.

Y como si esto fuera poco, todo parece indicar que ha mostrado interés en que la presidencia de su partido recaiga en personalidades uribistas no necesariamente santistas. En esta categoría estarían Rodrigo Rivera y el comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo. De Rivera se sabe que en un momento dado el Presidente llegó a contemplarlo como una opción para ese cargo. Restrepo, quien va a renunciar en los próximos días, piensa buscar apoyo para reorganizar el uribismo.  

Tampoco pasaron desapercibidas unas declaraciones del senador Armando Benedetti, en las cuales criticaba a Santos de hacer política con la seguridad del Estado y le sugería retirarse del Ministerio para buscar su candidatura sin gabelas. Estas palabras no tendrían mayor importancia de no ser porque Benedetti es considerado vocero de Uribe. Esa misma posición la ha mantenido la senadora Martha Lucía Ramírez, la única rival declarada de Santos por la candidatura de La U.  

Individualmente, cada una de las movidas mencionadas no tienen mayor trascendencia. Pero miradas en su conjunto, dejan claro que con el visto bueno del Presidente se están llenando unos espacios políticos de una forma que no le conviene a una candidatura de Juan Manuel Santos.  

El telón de fondo detrás de muchos de estos episodios es la segunda reelección de Álvaro Uribe. Aunque esta tiene muchos obstáculos por delante, el Presidente no la ha descartado. En ese escenario a él le conviene que salten al ruedo múltiples candidatos pocos viables para que se configure la hecatombe que lo requiera a él.

Esa estrategia es muy incómoda para cualquier aspirante serio a la presidencia por el uribismo, pues esa corriente no tomará en serio ningún nombre hasta que se defina el jefe. Y esa es precisamente la encrucijada en que se encuentra Juan Manuel Santos, que tiene hasta mayo para no inhabilitarse como candidato.

 

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