domingo 01 de febrero de 2009 - 10:00 AM

Un pastor de cabras ‘colgado’ en el Chicamocha

Se aferró a su bastón, entró a la moderna cabina del teleférico y tomó aire, como lo haría cualquiera que sube a un juego de atracciones para lanzarse al vacío.

La puerta se cerró herméticamente y el sonido del viento, el que arrulla desde siempre al Cañón del Chicamocha, quedó afuera, suspendido.

A su lado se sentó su hijo menor, que lo acompaña desde que tuvo que mandarse a operar la rodilla derecha de tanto caminar por las pedregosas trochas del Cañón. Su piel enrojecida es también una huella del implacable sol canicular que dora el Chicamocha.

Gregorio Niño sabe muy bien lo que está a punto de ver, aunque confiesa que la altura lo agobia. Nunca ha montado en avión pero luego de ver con sus propios ojos cómo aseguraron los enormes pilotes del teleférico entre la piedra maciza, dice que será lo más cerca que esté del cielo y lo más seguro.

El próximo 24 de mayo, este hombre que no se ha alejado mucho de San Rafael, la vereda del municipio de Los Santos ubicada justo en el fondo del Cañón y sobre la cual se alza imponente el recién inaugurado teleférico, cumplirá 70 años.

Don Gregorio ha pastoreado cabras, sembrado tabaco, cargado ‘maleta’ sobre sus costillas y caminado incontables veces por las trochas que las mismas cabras han hecho en un espacio que va desde las profundidades del Cañón hasta Los Santos, Aratoca, Cepita y Jordán.

En la región conoce como pocos el significado de andar y desandar entre pedregales, tunales y espinas. Lo hizo de niño cuidando cabras mientras comían, luego cargando en sus espaldas yuca, maíz y millo, y también cuando fue inspector de Policía, resolviendo  conflictos matrimoniales y problemas de cercas.

Pero eso hace rato que terminó. Se jubiló. Hoy tiene una bella casa en la Mesa de Los Santos, a pocos metros de la primera estación del teleférico, desde donde ve, -quizá sea el más privilegiado de los espectadores- cómo el Cañón también se puede descubrir desde el cielo.
'Figúrese… ¡qué se iba uno a imaginar semejante maravilla!', dice.

Caminos de cabras

La cabina tomó impulso y empezó a bajar a seis metros por segundo. Don Gregorio abrió un poco más sus ojos y automáticamente empezó a nombrar una a una las fincas, sus dueños, las cabreras, las trochas, las cuevas y las peñas de su natal San Rafael.

'Mi papá cultivaba tabaco, yuca, maíz y fríjol y era dueño de dos cabreras, una en la mitad de la subida (a la Mesa de Los Santos) y otra en la orilla del río Chicamocha. Yo trabajaba con mi papá, me gustaba mucho pescar en el río, él me enseñó a nadar, fui nadador y pescador, pero acá nunca se ha cogido en abundancia. Era para el sostén. Vivíamos de ese trabajo', dice.

Este hombre, que fue concejal de Los Santos durante 12 años, con autoridad escudriña los caminos y señala desde el aire, casi imperceptibles, las trochas que actualmente recorren no más de un centenar de habitantes de la vereda y, claro, las cabras.

'La verdad yo sí que fui malo para caminar por los pedregales. Como no había caminos, buscaba la orilla (del río) y los caminos de cabras. Uno las llevaba muy cerca del río y  luego las subía hasta la mitad de la vereda. Nos demorábamos una hora y media. Cuando eso era todo a pie', cuenta.

Y por esos caminos de cabras era por donde Gregorio, el niño, caminaba ‘cargando maleta’ hasta Los Santos. Dice que se gastaba cuatro horas.

Las mulas sólo se utilizaban cuando la carga era mayor a ocho arrobas. De resto, cuando era más liviana, se transportaba con petral a las costillas. Así creció.

El misterio de las cuevas

'Yo empecé a cargar la famosa ‘maleta’ cuando tenía 12 años. Había mucho fique para sacar por un camino real que conducía a Los Santos y cuando se largaba el agua nos metíamos en las cuevas de las peñas', dice, señalando las paredes del Cañón que se van alejando mientras la cabina se acerca al río.

Cuando los brazos todavía podían cargar con su peso, don Gregorio fue tentado por uno de los altos peñascos que le dan forma a esa garganta profunda por donde corre el río Chicamocha y donde aún quedan vestigios de indígenas Guanes.  

'Descubrí una tumba. Yo tenía un platanal cerca a una roca de unos 200 metros de altura, cuando vi que arriba tenía como un banco, una sala, y me trepé'.
Conocedor del oficio de los guaqueros, don Gregorio cortó guaduas de 15 metros, las añadió y fue amarrando los pasos para poder subir. 'Un yerno me largaba palos y así fui improvisando una escalera', explica.

Lo primero que encontró fue una cerca de piedra que hacía de entrada a un hueco por donde pudo pasar arrastrado. Había palancas hechas de madera y con eso escarbó para poder pasar. 'El lugar estaba lleno de cenizas y huesos de cristiano. Se veían las muñecas, la dentadura y hasta rodillas. Las calaveras nos las llevamos para la casa, pero eso finalmente se perdió'. Dice que no volvió.

El agua y otras modernidades

Casi llegando a la mitad del recorrido, cuando la cabina del teleférico pasa sobre la escuela de la vereda, donde aún se lee un mensaje de agradecimiento al presidente Álvaro Uribe Vélez hecho en piedras blancas, don Gregorio cuenta que estando al frente de la Junta de Acción Comunal de San Rafael, organizó el comedor escolar. 'Ahora no funciona porque hay muy pocos niños, sólo 10'.  

Su hijo señala lo techos magullados y confirma que los servicios más elementales no han sido fáciles de obtener en la vereda.

El agua, por ejemplo, también fue, al comienzo, una gestión de don Gregorio. Es que en esas áridas peñas, por muy cerca que estén del río y de la carretera principal que conecta a Bucaramanga con Bogotá, las necesidades básicas han tenido que conseguirse a cuenta gotas.

'El agua sale al pie de la peña. Yo hice una repartición de agua siendo presidente de la Junta, para 24 usuarios, entre esos, la escuela', dice inclinándose sobre el grueso vidrio de la cabina, que ayuda a alejar el silbido del viento.  

Don Gregorio no sabe qué tanto mirar. 'Desde este aparato sí se ve lo que uno nunca había visto, así lo haya caminado'. La emoción descubre su dentadura y continúa: 'esa es una cabrera de un yerno mío, ese un arenero y del río para allá está Aratoca, donde por mucho tiempo estuve sacando leña hasta la carretera'.

El valor de la tierra


Hay que aclarar que don Gregorio conoce tan bien las tierras del cañón en la vereda San Rafael, allí por donde pasa el teleférico, porque, en gran parte, las fue adquiriendo a lo largo de su vida.

'Ese terreno era de mi papá y luego de un juicio de partición quedó para varios hijos. Eso nos tocó una miseria, si se puede decir, pero yo fui sembrando fique y comprándoles la tierra a mis hermanos, hasta que quedé con todo', explica.

Hace 35 años compró el terreno donde se ubica la primera estación del teleférico en la Mesa de Los Santos. Y justo donde hoy se levanta la moderna estructura, don Gregorio tenía un matadero.

Compraba ganado, mataba y vendía carne en San Rafael, pero en la Mesa se le facilitaba más la venta por sus viajes a Bucaramanga.

 Ahí construyó una pequeña casa con la ayuda de tres hijos. Dice que las paredes las levantaron a punta de pisar la tierra con los pies y en eso se le fueron cuatro años, hasta que se mudó.

Aún en la cabina, llegando al Parque Nacional del Chicamocha, cuenta que se retiró del negocio de la carne desde que se enfermó de la rodilla, pero que sus hijos continúan. El matadero lo instalaron en otra finca y de eso viven.

Hace tres años que vendió 30 hectáreas a la Gobernación de Santander para el proyecto del teleférico y desde entonces ha sido su más fiel observador.

Se acostumbró a ver esas estructuras monumentales que ahora atraviesan el Cañón de lado a lado, y todo el despliegue a lomo de mula para realizar el proyecto. Muchas veces pensó cómo sería ver su Cañón desde el cielo y dice que ahora, arriba, sólo falta la bravura del viento en la piel y poder estar ‘colgado’ al amanecer, para disfrutar mucho más de ese silencio mágico que siempre le ha regalado esta maravilla de la naturaleza.

'Figúrese. Todo esto y sólo pasaron 20 minutos', dice. 

 

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