sábado 02 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

Tres amores del Refugio Perro Calle llegaron el corazón de doña Maruja

Los peluditos de la Fundación el Refugio Perro Calle buscan un corazón que los adopte. El de doña Maruja Omeara no solo tiene amor para uno, sino para tres de los perritos que allí llegaron por el abandono de otras personas. Esta fundación es una de las que participa en la campaña social Santander sin límites que busca obtener un beneficio de hasta $25 millones.
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El antejardín de una vivienda del barrio Los Pinos en Bucaramanga se ha convertido en el lugar preferido para tres pequeños perros criollos que pasan sus días tomando el sol, jugueteando, observando a los vecinos y corriendo tras doña Maruja Omeara, a quien no dejan dar un paso sin buscar una muestra de cariño, que ella no les niega.

Princesa, Barbitas y Coqui, son solo algunos de los caninos que han llegado a la Fundación el Refugio Perro Calle, que participa en la campaña social Santander sin límites. Justo allí encontraron un hogar en donde los llenan de amor. Ahora comparten con cuatro gatos en un hogar en donde el amor y respeto por los animales son un elemento fundamental.

“Lo más importante en mi vida son los animales, ellos no tienen voz pero nosotros les damos esa voz y les proporcionamos todo lo necesario”, afirma doña Maruja.

Finales felices

Doña Maruja tiene 75 años, es ocañera y dedicó 32 años de su vida a la docencia, pero hace casi dos décadas llegó a Bucaramanga, y aunque desde muy niña ha amado a los animales, no llevaba más de seis años en la ‘Ciudad Bonita’ cuando Tony, un Fresh Poodle, le cambió la vida.

“Lo atropelló un carro y le partió una patica; lo rescatamos y llevamos al veterinario y lo operaron. Una persona lo iba a adoptar y desistió porque estaba feito, entonces me quedé con el perrito y me acompañó 12 años”, narra la mujer.

Sin embargo, su corazón se rompió en abril del año pasado cuando Tony murió de viejito. “Mi hermana me dijo que no más perros, pero estaba muy triste y aproveché que ella estaba en Estados Unidos, me fui para el Refugio Perro Calle y me traje a Barbitas”.

Barbitas es un cruce de Shih Tzu, tiene cerca de cinco años y mientras estuvo en el refugio era la adoración de Don Rigoberto, quien allí los cuidaba. El perro llegó al refugio desde muy pequeño, cuando fue abandonado y creció allí lleno de amor y cuidados.

La segunda en llegar a la ‘manada’ de doña Maruja Omeara fue Princesa, una criolla pequeñita de entre tres y cuatro años que vivía con un vecino de la fundación, en la vereda El Pedregal de Bucaramanga. Sin embargo, el hombre se fue de la ciudad y la dejó en el refugio.

“Ella quedó muy triste, las lágrimas le corrían de la tristeza y se puso flaquita. Yo pensé que moriría de pena moral y me la traje para ver si le conseguía hogar, pero no se pudo, entonces se quedó conmigo”, cuenta doña Maruja, quien asegura que por eso nuevamente su hermana le reclamó. “¿Pero qué más se puede hacer? No la voy a dejar morir!”, le respondió y de inmediato la peluda hizo parte de la familia.

Princesa es la más cariñosa de los tres, muy sociable y juguetona, a quien le muestre confianza lo llena de mimos y lamidas y se la lleva ‘de pelos’ con Coqui, el último de los perros adoptados. Hace apenas dos meses que doña Maruja lo trajo del Refugio Perro Calle, pues el perro tenía problemas de salud.

“Tenía erliquiosis y estaba como un esqueleto de flaco. A él lo recogieron en el norte con la mamá, tenía como seis meses. Pero en el refugio se enfermó y pensamos que se moría, pero le hicimos tratamiento y ahora se puso bonito”.

Aunque ha sido poco el tiempo que ha compartido con todos en casa, se ha adaptado muy fácil y se relaciona bien, corretea a la gata más pequeña por todo lado, así que ella se esconde y aún no acata con facilidad las órdenes de su ama, pero cuando lo llama llega a donde sea que ella esté.

Una vida de amor

“Yo soy feliz con ellos, esta es mi realización en la vida. Ellos me proporcionan mucho amor a cambio de nada, me quieren muchísimo. Me siento feliz, si me dejaran tener más tendría más”, dice entre risas.

Hace 15 años conoció la fundación el Refugio Perro Calle y desde entonces ha ayudado en la recolección de fondos, pues es consciente de las necesidades que tienen.

“Vi un programa en televisión sobre la fundación, entonces llamé a la presidenta y me uní. Desde entonces siempre he colaborado con los bingos, las rifas y todo lo que se pueda para recoger fondos”.

En todos los años que lleva colaborando han sido muchas las historias que ha conocido de mascotas sin hogar o maltratadas, algunas con finales tristes y otras con finales felices, pero hay una en especial que recuerda con cariño.

“Un perrito que casi lo degüellan. Lo recogimos y lo llevamos a la veterinaria en donde le salvaron la vida. Logró recuperarse y allá está en el refugio” cuenta.

Su casa está llena de felicidad, de pelos y ladridos, mima y cuidado de sus mascotas con esmero, duerme con ellos y solo espera vivir muchos años más para hacer de la vida de los peludos una existencia repleta de amor.

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