miércoles 23 de octubre de 2019 - 12:00 AM

Fundación Luz de Esperanza, el hogar de 210 abuelitos en Bucaramanga

Son 210 abuelitos los que reciben todo de esta fundación que crearon cuatro profesionales hace 20 años. Luz de Esperanza representa la categoría Los Abuelitos en la campaña social Santander sin límites, liderada por Vanguardia y empresas aliadas, que entrega hasta $25 millones.
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A los 23 años Ángel María Quiñónez era enfermero. Su primer trabajo fue en un hogar geriátrico y eso le marcó la vida. Este hombre, también abogado y que va camino arriba de los 40 años de edad, ha dedicado más de media vida a cuidar y atender a los abuelitos, no solo desde su rol de enfermero.

En la Fundación Luz de Esperanza es el papá, el amor, el doctor de 210 adultos mayores, que cuando lo ven pasar por la edificación gesticulan de mil formas para que él les dé un poquito del inagotable amor que les tiene.

No hay necesidad de muchas palabras, pues entre él y cualquiera de los abuelos el lenguaje de la sonrisa, el abrazo, la mirada dulce es suficiente para expresar afecto.

Lleva 20 años en Fundeluz, es decir, desde que la creó junto a tres personas más: Libardo Gutiérrez, enfermero y abogado; Sonia Quiñónez, psicóloga y María Onofre López, encargada del área de medicamentos, quienes hacen parte de los profesionales que allí laboran.

Motivado por la firme convicción de que los seres humanos debemos servir, fue que Ángel María creó la institución, la misma que hoy lidera. Por los abuelitos, también decidió estudiar abogacía pues, como dice, gobernantes, instituciones de salud y cualquier persona les vulneran sus derechos.

El primer beneficiado

La primera luz de esperanza por una vida más digna para un abuelito se gestó en la calle 39 con cra. 23 de Bucaramanga. Una casa con techo de tapia pisada y donde llovía más adentro que afuera, dice Ángel María, fue la que estos cuatro quijotes arrendaron para atender un solo anciano, don Elio Ulloa, quien hacía un aporte económico y con eso se cubría el arriendo.

“Era un sueño crear una institución, nació como un hogar geriátrico privado y con ánimo de lucro. Al año y medio nos dimos cuenta de que las necesidades eran muy grandes y se transformó en un centro de bienestar del adulto mayor”, expresa su representante legal.

Con los años, las necesidades y los gastos crecieron, también el número de beneficiados. Así, teniendo como escudo que “querer es poder” los fundadores de Luz de Esperanza han hecho de todo para multiplicar las ayudas, comprar el predio y pagarlo a cuotas, hipotecar la casa para comprar otro terreno, luego unir ladrillos para edificar un piso y luego otro y otro hasta llegar a cinco.

Por eso, Fundeluz se postuló para participar en Santander sin límites, pues necesita los $25 millones para dotar la sede de un gimnasio especializado para los abuelitos, pues la mayoría no puede salir ni a tomar el sol.

Hoy, detrás de una fachada vestida de un colorido mural en la calle 39 # 23 - 74 está el hogar de 210 abuelitos, 130 de ellos internos, muchos rechazados por sus familias, otros más en estado crítico de salud y no hay hospital que los sostenga. Como si fuera poco, el 70% de los adultos mayores tiene alguna enfermedad.

Los 80 restantes hacen parte del programa municipal Centro de Vida. Son adultos mayores que se bañan y alimentan allá, pero se rebuscan lo del día para volver a sus casas o a la calle. También reciben terapia ocupacional, psicología y servicios de enfermería, es decir, lo básico dentro de la institución.

Hoy, el mayor de todos es Gustavito Daza, que ya suma 96 abriles, y aunque goza de lucidez mental, su corazón afronta serios quebrantos de salud.

Y es que sostener a Luz de Esperanza cada día es muy difícil, pues hay momentos en que llegan a cortar la luz o el agua y hay que pedir “el favor” que no lo hagan. Los gastos mensuales totales están cercanos a los $70 millones (unos $6 millones en servicios públicos). “Todo el tiempo se coloca la totuma”, expresa Ángel María cuando se le pregunta de dónde sale el dinero. Centroabastos, plazas de mercado, donaciones de particulares y empresas, algunos menores aportes de los internos que tienen familia y actividades propias de sostenibilidad, como el bono de fin de año, representan ingresos en especie o dinero.

“Todo suma”, agrega, cuando se le pregunta qué les sirve. “Mi Dios es tan grande, que de algún lado conseguimos los casi 500 panes que se consumen al día, los 210 huevos diarios, las 20 libras de arroz o las 15 libras de fríjol para un almuerzo...”, dice.

Hoy Fundeluz tiene 28 empleados, solo tres administrativos y los demás asistenciales haciendo múltiples oficios: manipulación de alimentos, lavandería, servicios generales, enfermería, manejo de medicamentos, psicología, mensajería y cocina.

“Han sido 20 años de sostenibilidad con las uñas. Administrar pobreza es bastante difícil, sobre todo con tantas necesidades. Pero esa pobreza bien administrada se ve reflejada en estas obras; ellos están bien atendidos, cuidados... Es cierto que hay que mejorar cosas y hay más necesidades, por eso lo seguimos haciendo”, expresa con extrema dulzura en su rostro Ángel María.

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