lunes 16 de mayo de 2022 - 12:00 AM

16 de mayo: un viaje sin retorno

Han pasado 24 años de la masacre de Barrancabermeja, ocurrida el 16 de mayo de 1998, cuando siete personas
fueron asesinadas y 25 más desaparecidas.

Del cuello de Rocío Campos cuelga una cadena de plata, con un dije ovalado que en el centro conserva la foto de Daniel, su hermano, una de las 25 personas que fueron desaparecidas por paramilitares el 16 de mayo de 1998 en Barrancabermeja.

Con lágrimas se aferra a ella, como si fuese ese tesoro intocable que le evoca recuerdos de un joven alegre, trabajador, servicial; de su compañero cómplice, su hermano quien era solo dos años mayor.

La toma entre sus manos, la sostiene con fuerza entre sus dedos, como una muestra de esa lucha contra el frío que produce el olvido, al que ella aún se resiste.

Esa foto, se la tomó Daniel, cuatro días antes de que lo obligaran a emprender ese viaje que aún no tiene tiquete de regreso. De esa noche oscura de sábado, que bañó en sangre las tierras petroleras, Rocío recuerda que Daniel se fue al billar que quedaba tan solo a dos casas de donde vivían junto a su mamá en el barrio 9 de Abril.

“Iba alegre como siempre, pintoso”, recuerda. Vestía un pantalón blanco, con una camisa manga larga de chalís color hueso con flores moradas; sobre ella un chaleco del mismo color; estaba así porque se disponía a hacer una de las cosas que más le apasionaba “ensayar un vals, previo a la fiesta de celebración de unos quince años”. Así, ocasionalmente, se ganaba unos pesos.

Salió un rato, habló con su novia, y recordó que debía retroceder el casete para tenerlo listo; por eso retornó al billar, sin saber que ese sería el inicio del viaje que lo obligaron a emprender.

“Eso fue como a las 9:30 pm, él estaba allá pero agachado regresando el casete, no se percató de lo que ocurría en la sala del billar porque la música estaba alta”.

En la sala del billar ya un grupo de hombres armados, buscaban a supuestos guerrilleros; Daniel fue advertido por una mujer, pero por un movimiento leve que hizo para percatarse de lo que ocurría, no pasó desapercibido.

Paró la cabeza, lo vieron y se lo llevaron. Él decía que le revisaran los antecedentes, lo repetía insistentemente convencido de que los hombres que lo retenían hacían parte de la fuerza pública.

Lo pasearon varios metros, lo golpearon sin piedad y pasaron justo en frente de su propia casa, en donde desde la ventana, su mirada y la de Rocío se cruzaron por última vez.

Desde ese momento Rocío y su familia sienten que les “acabaron la vida”, que se les “llevaron todo”.

La mascare

En medio de la incursión armada en que los ‘paras se llevaron a Daniel, fueron asesinadas siete personas y desaparecidas 24 más, en un recorrido macabro que pasó por los barrios El Campín, El Divino Niño, El Campestre y María Eugenia, en el sector suroriental de Barrancabermeja.

En versiones entregadas por exparamilitares que se acogieron al proceso de justicia y paz, dieron conocer que la masacre fue ordenada por Guillermo Cristancho Acosta, alias ‘Camilo Morantes’, jefe de las Ausac, en complicidad de la Fuerza Pública, funcionarios de la oficina de seguridad de Ecopetrol y comerciantes de la región, como una estrategia de exterminio de grupos guerrilleros.

Por este hecho fue condenado Mario Jaimes Mejía, alias ‘El panadero’, acusado de haber dirigido la incursión.

Una búsqueda
que no termina
“Yo sé que él está muerto, no tengo esperanza de que esté vivo, es muy fantasioso creer eso”, aunque las palabras de Rocío suenan fuerte y retumban con eco, esa certeza que hay en su corazón nunca ha detenido la búsqueda que hoy completa 24 años.
“Voy hasta las últimas y siempre le digo a mi mamá que yo voy a seguir buscándolo. Nadie durmió esa noche, y uno escuchaba que en un lado habían muertos pero la situación era tan difícil que uno no podía movilizarse, nos dijeron que en Foronda había un poco de muertos y allí llegamos y había una cantidad de gente porque ese día había una lista gigantesca, porque en medio del miedo aparecían mamás o mujeres buscando a su maridos que se habían “volado” para ir a un concierto en Bucaramanga”.
En medio del tumulto, Rocío, quien en esa época solo tenía 19 años, logró colarse entre el llanto y la multitud y se paseó la funeraria para ver muerto por muerto, eran siete, pero entre los chorros de sangre y las escenas impactantes de ver incluso a una persona degollada, pudo constatar que ninguno era su hermano.
Han sido años de marchas, de búsqueda solos. Un total que 16 familias aún se mantiene entre la incertidumbre por no haber encontrado a sus seres queridos.
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