domingo 29 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Un santandereano con la ‘tuerca’ del emprendimiento

Tornillos y grasa han uniformado el alma de Luis Ignacio Espinosa Matajira, un hombre de ‘raca mandaca’ que nació en Guaca, Santander, hace 53 años. Su historia es singular: pasó de cultivar trigo y maíz en su tierra a construir máquinas de perforación minera que antes de que él las diseñara, sólo se conseguían por importación.

Más allá de su bigote, la piel morena y el pelo corto, Luis Espinosa es el rostro de la innovación y perseverancia en la industria minera. A su dedicación se le atribuye que en menos de tres años se haya medido a satisfacer un mercado que en el país es desconocido y poco explotado.

En Colombia, cada vez que un equipo de perforación minera presentaba un daño se debía importar la pieza de repuesto. Por esta razón, Luis pensó en contribuir al fortalecimiento de la industria, ‘echarle cabeza’ y generar soluciones a esas compañías que se excedían en gastos por la importación de repuestos y maquinarias.

Es así como decidió incursionar en la fabricación de estas piezas. Pero su osadía no paró allí. Se le midió a crear su propio equipo de perforación y ha logrado vender en el último año cuatro equipos con diseños y producción nacional, que responden a las referencias CDT 500, CDT 200, CDT 100, especificaciones que antes sólo se conseguían en países como Canadá.

Logró destacarse en la IV Feria Internacional Minera realizada en Medellín el año pasado. Fue la segunda vez que lo invitaron a dicho certamen, donde se presentan empresas involucradas con el sector de la minería en los ámbitos nacional e internacional. En medio de ‘monstruos’ de la perforación en el mundo, Luis Espinosa mostró un modelo propio construido totalmente por colombianos. Según él, 'es un primer paso para consolidar una industria que se consideraba ajena a las capacidades que podía ofrecer un país como Colombia'.

Raíces del ‘empuje’

En sus primeros años le colaboró a sus padres en una finca situada en su municipio natal. A los diez años su familia se trasladó desde la provincia de García Rovira hasta Piedecuesta. Allá realizó estudios de primaria y bachillerato junto a sus ocho hermanos en una humilde finca en el sector de Barro Blanco.

A los 17 años, 24 horas no le fueron suficientes para trabajar en el campo, caminar largas trochas para llegar al colegio más cercano y descansar. A veces sin cuaderno, a veces sin lápiz o incluso sin ropa apropiada para ir a clases, intentó estudiar. Era el tiempo de sembrar caña, yuca y tabaco.

Sus padres le dijeron que el estudio debía pasar a un segundo plano, por no tener los recursos suficientes para culminar el bachillerato. Con sólo haber cursado octavo, buscó nuevos rumbos; fue así como decidió iniciar la vida militar.

Hace más de veinte años las cornetas de las 4:00 de la mañana le indicaban que el nuevo día de trabajo comenzaba. Era la hora de embolar zapatos, arreglar su camuflado y comenzar la rutina de trabajo de ese día. Para ese entonces se preparaba para ser suboficial del Ejército. Hoy, la luz del amanecer lo despierta con nuevas ideas para mejorar sus productos.

La vida militar le sirvió para prepararse en el ámbito de la construcción, la mecánica, la perforación de pozos de agua y minera, entre otras labores.
Por su desempeño obtuvo la oportunidad de viajar al exterior. De la cordillera central colombiana viajó en 1988 al Sinaí (Egipto), seleccionado por el Batallón de Infantería para hacer parte de la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores, MFO (por sus siglas en inglés), para que contribuyera supervisando la aplicación de las disposiciones de seguridad del Tratado de Paz egipcio-israelí.

Según cuenta su madre, Facunda Matajira, 'lo seleccionaron porque mi hijo fue uno de los mejores ingenieros militares de la época. Estuvo al mando de la construcción de colegios, casas y ayudó en zonas sin tanta presencia del gobierno, por eso tuvo la oportunidad de salir y conocer'.

Luego de la época militar, en la que la disciplina y amor hacia el trabajo fueron sus mayores enseñanzas, decidió independizarse. Fue taxista, administrador de negocios y transportador de alimentos, pero 'ninguna de estas opciones era su camino', afirma. Encontró el apoyo de Norbert Reinhart, un canadiense que se enamoró de las tierras santandereanas y que tenía una pequeña empresa dedicada a la minería. Juntos cultivaron la idea de construir una empresa que ofreciera soluciones a la industria. Candrilltec es el nombre de la compañía que se encarga, bajo la dirección de Luis Espinosa, de ofrecer una alternativa de productos hechos en el país.

Un rumbo definido

Para él este camino no ha sido fácil. De hecho, afirma, no existía. 'Hemos generado soluciones a muchas compañías que se veían en la obligación de traer piezas del exterior, inclusive las mismas máquinas. Por tal razón, hemos tenido una buena recepción por parte del mercado nacional. ¡Claro! la gente viene muchas veces, quieren probarlas una y otra vez porque lo que ofrecemos está a un precio menor a lo que está en un mercado internacional. No obstante, hemos sorprendido inclusive a los grandes por el ingenio colombiano', señala.

Aunque su tiempo lo ocupa en ofrecer ‘tuercas’ para el desarrollo, hay tiempo para escuchar a cada uno de sus compañeros de trabajo. Les pone atención sobre su vida, sobre sus necesidades, sobre sus sueños. Tal vez por esa razón, aún en duras crisis en el que no hay el dinero suficiente para cumplir con el pago a los trabajadores, sus empleados le manifiestan apoyo y comprensión.

Desde 2008, Luis Espinosa se mudó a Sabaneta (Antioquia), donde la industria minera es mucho más grande que en Santander. Vive en el corazón del Valle de Aburrá, pero su espíritu aún yace entre las montañas que lo vieron cultivar su futuro. Fue en García Rovira en donde escuchó la palabra trabajo, y en la tierra ‘garrotera’ donde definió el rumbo que quería seguir. 

 

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