sábado 19 de octubre de 2019 - 12:00 AM

A estos hermanos los une su sangre y pasión por el deporte

Omar salta desde grandes alturas; Angie golpea con firmeza y seguridad. Cada uno de ellos entrena hasta 12 horas diarias y no titubean al expresar lo que sienten cada vez que están en escena.
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Omar Fabián y Angie Alejandra Ballesteros Delgado son hermanos que no solo comparten un lazo familiar, sino también una pasión muy particular. Estos jóvenes deportistas entrenan parkour y boxeo; quieren fomentar buenos hábitos en niños, jóvenes y adultos, y crear una escuela que incentive actividades físicas poco convencionales en la región sur de Santander.

Parkour

Omar tiene 19 años. Entrena parkour incluso antes de terminar el colegio y ahora que ya no tiene obligaciones académicas dedica más de 12 horas diarias a lo que se ha convertido en su pasión. Solo basta con escucharlo hablar para que capte la atención de cualquiera: es seguro, no duda en responder y se mueve con agilidad. Narró que después de ver un video en internet empezó a saltar del andén a la calle, de su cama a una silla; a dar zancadas de varios metros que incluso hoy ya superaron los 6. Algunas personas lo han visto trepado en los muros; otras en los parques, de piedra en piedra o en estructuras de altura considerable.

La cita para esta entrevista fue en el Parque Intra del Socorro. Nueve de la mañana en punto y ya estaba esperando: sentado, vestido de negro, junto a los guantes de boxeo de su hermana Angie. Empezó a calentar su cuerpo, a hacer ejercicios de estiramiento y a saltar de un extremo al otro, mientras explicaba parte de su rutina: “Esto se trata de llegar de un punto a otro de forma rápida y efectiva. Es una filosofía de vida: superar obstáculos y tener clara la meta a donde se quiere llegar”.

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Al vacío

Se sube de forma ágil a un muro de 4 metros aproximadamente. 4, 3, 2... toma aire, impulso y en menos de dos segundos se puede ver cómo cae una figura humana envuelta como un capullo, con el mundo al revés, con su cabeza apuntando al suelo. Rápidamente cambia su posición corporal y cae rodando por el pasto. Termina de pie. Ni un rasguño. “¡Claro! Muchas veces he pensado qué pasaría si cayera de cabeza. Por eso tengo que concentrarme, pero sobre todo tener seguridad de lo que voy a hacer. Además, tengo muchos años entrenando. No es algo que se consiga de la noche a la mañana. He saltado andenes, muros, techos... he pasado varios obstáculos”, dijo.

En más de cuatro años haciendo parkour, nunca ha sufrido algún daño físico. Don Omar, su papá, lo acompaña a los entrenamientos; lo corrige, lo graba, le toma fotos y lo apoya. “Él se ha convertido en un gran motor dentro de este proceso. En Socorro no hay ayuda de nadie y ven este deporte como si fuera un pasatiempo de gente mala. Incluso, un extranjero nos admira, saca su cámara, nos pide repitamos lo que hicimos. Pero si alguien de acá nos ve, nos denuncia, llama a la Policía o nos trata de ladrones, drogadictos y hasta nos señalan de responsables por daños en algunas paredes y sillas del área pública”.

Su semblante cambia, se nota molesto. Se frustra pues dice que su trabajo y el del equipo de siete personas ha sido vigilar y proteger las zonas verdes de los lugares en donde entrenan. No se permite titubear al señalar que los gobiernos no apoyan el deporte en la región.

Boxeo

Angie esperaba paciente su turno. Mira con timidez y al saludar regala una sonrisa de esas que hacen “huequitos” en las mejillas. Se pone sus guantes y posa para la cámara de forma precisa: manos en posición de defensa y mirada fija. Angie entrena judo desde los 9 años y se considera fanática de los deportes que tengan contacto físico. Su meta es llegar a triunfar en ese tipo de modalidades. A sus 20 años ya tiene un reconocimiento a nivel departamental y 3 medallas de bronce a nivel nacional.

“Soy muy exigente conmigo misma; estoy en constante estudio de mis movimientos, de conocer en qué estoy fallando, qué debo mejorar. Los golpes son fuertes y más cuando uno es mujer; creo que por eso somos pocas las que elegimos esta modalidad deportiva”, señaló la boxeadora. Así es, ha recibido muchos golpes, especialmente en su rostro. Hubo uno en particular que alteró la tranquilidad de Angie y su familia: “Me pegaron y eso generó una masa de sangre en mi cabeza. Tuve que parar, empezar un tratamiento, pero con pastillas y cuidados desapareció. Fue un susto muy feo”.

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La experta ama su deporte. Contó que practicarlo es excelente para quitar el estrés, para bajar de peso, para la memoria, mejora la concentración y mantiene activa a la persona. No le molesta que le digan que es un deporte de hombres y que cuando se lo insinúan responde “es lo que me apasiona y me hace bien”. Advierte a quien quiera empezar a hacerlo que se trata de un deporte rudo y que tiene que pasar por ciertas situaciones físicas y de fuerza. También que requiere tiempo: ella cocina en su casa, cuida a su hermano menor y saca tiempo para entrenar. No cuenta con suficientes recursos económicos para comprar los implementos, pero su creatividad le dio una mano: “Tengo un saco de fibra lleno de ropa. Con eso entreno. Además, a un palo le amarré una pita y al final una pelota. Pongo a girar esto y me ayuda a esquivar y golpear. Siempre busco superarme a mí misma”.

La historia de Omar y Angie ha inspirado a muchos comuneros y guanentinos. Incluso personas de Bucaramanga y Bogotá los han contactado para compartir ideas, campeonatos y encuentros deportivos. Se han formado, como quien dice, “empíricamente”. Se han caído, levantado, golpeado, pero nada ha sido tan duro como el divorcio de sus padres. Ella vive con su mamá, él con su papá. Pero los mantiene unidos la sangre deportiva y la pasión por cada disciplina.

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