domingo 20 de octubre de 2019 - 1:30 PM

Así es el día a día de los cafeteros en Santander

Los campesinos compartieron con Vanguardia un poco de su día a día durante la cosecha de café en la región sur de Santander. Las extensas jornadas están llenas de trabajo y a su vez, mucha satisfacción.
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Son las 4:00 de la mañana. En la finca Santa Isabel ni siquiera el gallo ha cantado, ni asomado el primer rayo de sol. La casa está iluminada con algunas cuerdas de luces navideñas porque según doña Mariela Mejía, ahuyentan los murciélagos. Hasta el momento le ha funcionado.

Recoge un manojo de leña y con periódico aviva la llama del fogón construido en barro. Al fondo se escucha el agua de la regadera. A pesar el frío de la madrugada, don Fermín Bayona no puede comenzar el día sin una ducha; incluso convencía a sus hijos a que lo hicieran, de lo contrario, no los llevaba al pueblo.

Seis décadas

Es tiempo de cosecha de café en la región. La finca está ubicada entre los límites de Socorro, en la provincia Comunera, y Páramo, en la provincia Guanentina.

Año tras año recibe la época decembrina con cerca de 40 recolectores de café provenientes de distintas partes de Colombia, ahora incluso del exterior.

El par de esposos llevan en la tarea más de 60 años; criaron a sus seis hijos y dos sobrinos gracias a las propiedades del fruto.

Seis décadas viendo la evolución en variedades de café, herramientas tecnológicas, la inestabilidad del precio por carga, pero que también les ha dado el mejor tinto endulzado con panela a las 5:00 de la mañana.

Fiesta en el cafetal

Con catabras y costales, los trabajadores se agrupan junto a la cocina para recibir el calor del fogón. Comparten saludos y planifican el corte del día, mientras mojan el pan con la bebida.

Aún en medio de la neblina, se adentran en los verdes cafetales que brillan decorados por granos rojos y amarillos. José silba alguna canción y enciende la radio. Sube el volumen para compartir con sus compañeros el resumen de las noticias y una que otra carranga que sin duda anima a Abelardo quien grita al ritmo de la música.

Sus compañeros responden del mismo modo, el cafetal está de fiesta. El eco del lugar es tal que se puede oír cómo caen los granos dentro de la catabra.

Nunca desistir

En casa el humo ya sale por la chimenea. El movimiento del personal es ágil porque saben que los tiempos en cosecha de café son medidos y como dice don Fermín “cada minuto es bendito”.

A él nadie le enseñó sobre el cultivo. Lo que sabe lo ha sembrado con sus manos, así como le tocó en algún momento hacerlo con las yucas, plátanos, mandarinas y naranjas que llevaba a vender al Socorro un jueves o domingo, días de mercado.

“Hemos vivido de esto, de la agricultura. Luego llegó el café y poco a poco hemos podido formar un hogar estable. Como toda empresa hay que actualizarse. Han llegado nuevas semillas como variedad Colombia o café castilla. Antes nos tocaba despulpar el café a mano; ahora hay máquinas que en menos de una hora logran sacar un grano perfecto”, describió.

El experto dijo que el secreto está en no decaer, en persistir y nunca desistir.

Explicó que el obrero trae el café, se despulpa, pasa por un proceso de lavado, se lleva a los patios o al silo para secarlo y luego a la venta. En total en las provincias Comunera y Guanentina, una cosecha puede arrojar un aproximado de 320.010 cargas, en 34.239 hectáreas que existen actualmente en la región sur del departamento, según un informe del Comité de Cafeteros de Santander.

El agricultor camina lento; claro los años no llegan solos. Toda una vida dedicado a una labor que lo ha hecho destacarse como un productor apasionado y constante.

Es preciso su secreto: “el que quiera, debe dedicarse al oficio. Trabajar, trabajar y va pa’ lante. No es fácil, pero cuando miramos atrás y vemos todo el esfuerzo, la crianza de nuestros hijos, que ha sido una fuente de trabajo, de suministro, es lo más satisfactorio de todo”.

Experta de vida

El puntal está listo: carne asada, yuca y plátano guisado; todo cocinado a fogón de leña. A doña Mariela le gusta que la llamen “nonita”, una forma cariñosa de llamar a las abuelas en Santander.

El humo de la estufa y 50 años de labor en la cocina no le han quitado la sonrisa del rostro y mucho menos atenuado el verde de sus ojos.

Expresó que ya no se puede estar quieta y así fue evidenciado: pica un par de zanahorias, revuelve la sopa en una olla del tamaño de aquellas que solo se ve en los paseos, pela unas naranjas y las hecha a la licuadora con las zanahorias, enciende la máquina; pone la paila del arroz, barre la cocina, lava un par de platos, sirve el jugo y como si fuera poco, concede una entrevista.

“Hoy estoy cocinando para 30 obreros más los de la casa; es decir unas 38 personas. No puedo quejarme diciendo que mi vida ha sido dura. Sí es pesado, pero todos los días son una bendición al ver a mis hijos, algunos profesionales, otros también dedicados al campo. Tenemos lo básico para vivir y lo más importante, salud para trabajar”, confesó la mujer.

Toma una cuchara, prueba la sopa. Ya falta poco. Camina ágilmente a la parte trasera de su casa, corta unas ramas de cilantro, otras de perejil. Del huerto sale un aroma exquisito. “Este es mi jardincito botánico”, presenta. “Tengo romero que es muy bueno para el cabello y en té, para la memoria. Sembré albahaca que es excelente para el dolor de estómago y cólicos. Si sufre de los nervios tome agua de toronjil; orégano para sazonar comidas y para curar gripas. El sauco es bendito para los problemas pulmonares y hervir sus flores con leche, cura la pulmonía. La ventaja de tener la medicina en casa es que uno hace a un lado los fármacos. Así curaba a mis hijos cuando eran niños. En esos tiempos ir al médico era un lujo”.

En esta época el campo huele diferente, se oye diferente, sabe diferente.

La radio sube el volumen de la música navideña; Lizandro Mesa canta: “que me voy, que me voy, que yo vine por ver no más. Kirirí kirirí kirirí caballito blanco vení pa’ ca’...”. Algunos familiares comparten la mesa, otros como es tradición prefieren comer en la cocina. Doña Mariela disfruta servir, atender a los demás y como ella misma lo dijo “y el que quiera venir, que venga”.

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