domingo 07 de marzo de 2010 - 10:00 AM

Así sobreviví al terremoto de Chile

Una semana después del terremoto y maremoto, el estado anímico y las sensaciones de desesperanza se respiran en Chile. Hay un gran dolor que busca formas de expresión en la tienda del barrio, en el bus o en el metro. Los saqueos quedaron atrás, proliferan las historias esperanzadoras que convocan a la solidaridad. En Chile, nadie ha quedado inmune. Además de la tierra, algo se nos  movió adentro. Un periodista chileno, que vivió en Bucaramanga, narra para Vanguardia Liberal su experiencia tras el sismo.

El edificio se sacudía a las 3:34 a.m. y, aunque me había acostado en la casa de mis padres cuatro horas antes, me sentía lo suficientemente cansado como para no darle demasiada importancia. Por algo el sello: 'Chile, país de terremotos', una marca indeleble que llevamos desde que tengo memoria. Uno se acostumbra, para qué hacerles caso, pensaba hasta el sábado 27 de febrero.

Pero, cuando escuché los gritos de mi madre, acompañados de un remezón que crecía en intensidad y de decenas de figuritas de losa y vidrio que se estrellaban en el piso, me pasé las manos por los ojos y me impuse la voluntad de levantarme.

Era el terremoto más intenso de la historia de Chile y llegó a ser calificado dentro de los 'cinco con mayor poder destructivo de la historia de la humanidad', según la Oficina Nacional de Emergencias, Onemi (recuerde esta sigla porque le sacaremos trapitos al sol más adelante). El sismo llegó al grado 8,8 en la escala de Richter (más científica, ya que mide las ondas), y 9,0 en la de Mercalli (más subjetiva, dado que pretende medir el impacto destructivo).

El primer minuto, entre despertarme y llegar al umbral de la habitación, lo pasé bastante tranquilo. Mi padre había sido bombero y había vivido ya varios terremotos (los del ‘60, del ‘71, y del ‘85), mi madre también, y sabían algo más de las consecuencias. Yo sólo tenía memoria del último y no había dimensionado el calibre de la catástrofe.

Esa noche las cosas fueron distintas. Parados, bajo el umbral que separa el pasillo de la cocina, a escasos 50 centímetros de la puerta de entrada, yo estaba medio abrazado a mis padres. Mi mamá lloraba desconsolada. Mi padre con voz temblorosa (valga la redundancia) trataba de calmarla. Nunca la había oído llorar con ese desconsuelo. Se alzaba su voz como un lamento entre tanto ruido de descalabro y destrucción. Cayeron libros que quedaron desparramados, se quebraron vidrios por montón, el equipo de música, de esos grandes de mediados de los ‘90, terminó en el piso (lo supe al amanecer), y, de esas cosas que uno no se explica: Todos los cuadros quedaron colgados en la pared. Sólo uno quedó un poco inclinado... pudimos reírnos unas 15 horas después.

Parecía que no terminaba nunca. Imposible caminar. Ni pizca de oportunidad de bajar los tres pisos que nos separaban de la calle. Si el edificio cedía: ¡Ahí quedaríamos! Eso lo alcancé a pensar cuando sentí que caía tierra sobre mi cabeza calva y en el cuello, al tiempo que le decía a mi vieja:

- ¡Mamita,  ya está pasando!

Mentía, era cada vez más intenso. Fueron algo más de tres minutos que me parecieron eternos. Antes de que acabara ya estábamos a oscuras.

Cuando terminó, lo primero que hice fue buscar mi cámara y computadora. Imaginé que al día siguiente había que trabajar como periodista (y también por el valor, lo confieso). Ellos urgían para que saliéramos a la calle. No encontraba mis gafas. Las manos me temblaban. Más minutos eternos.


¿Usted, cómo se llama?

Había que bajar a la calle. Nos mirábamos con nerviosismo y cada uno con una linterna. Siempre se tiene una junto a la cama. Eso nosotros lo sabíamos, la vecina del segundo piso no y entré a ayudarle a buscar con qué calzarse. Ahora sí, a la calle.

Bajamos y la sorpresa. Rostros que uno ve todos los días y la angustia, pero al mismo tiempo el sentimiento de grupo en busca de seguridad.

- 'Fue fuertísimo, ¿qué grado sería?'

Preguntarse los nombres con quien uno ve a diario me pareció fuerte: Tan lejos y tan cerca, pensé. En ese momento no sabíamos la magnitud de lo que había sucedido.

Un vecino abrió las puertas de su carro y prendió la radio. Las noticias anunciaban un terremoto grado 8,2. Luego sabríamos que había sido casi nueve. Cobquecura, a menos de 90 kilómetros de Concepción (mi ciudad natal) había sido el epicentro y una zona de alrededor de 2 mil kilómetros cuadrados habría sufrido el corte de luz de inmediato.

Apenas oímos eso, atinar a llamar a la familia. Luego sabríamos que dos tíos perdieron sus casas y que, hasta el cierre de esta edición (viernes por la noche) dormían en un auto. Esa noche imposible comunicarse. Todos los teléfonos muertos. Comenzó la zozobra.

Estuvimos hasta las 5:30 de la mañana en la calle. Poco a poco, cada uno a su casa.


Tomar conciencia

Mi admiración fue creciendo los días siguientes, conforme veíamos las imágenes de nuestra ciudad de origen como si hubiera sido bombardeada. En Concepción cayó un puente que cruza el río Bío Bío, nuestro río Magdalena. En Coqbuecura, donde se produjo el epicentro. No quedó nada.

Luego vinieron los sentimientos encontrados: Las anécdotas, la desazón, la preocupación por la familia, la angustia, la tristeza, la solidaridad, los robos, el estado de sitio, mis tíos sin casa ni una ducha hasta ahora... en fin. Lo peor y lo mejor de las personas, que aflora en situaciones excepcionales.

El manejo de las noticias: Vergonzosas en algunos casos. Centrados en una minoría que aprovecharon para hacerse de unos plasmas o lavadora para la casa. Pero la mayoría de la gente atacando bodegas con la intención de conseguir la leche para sus hijos. Una cosa decía el periodista, una no tan negra mostraban las imágenes si se miraban con atención.

¿Hubo saqueos?, sí, pero no fue la regla, como podría suponer quien sólo se informa por la televisión. El centro de las historias son las cientos de iniciativas sociales y de autoayuda que han florecido en el Chile, pero que no alcanzan a registrarse en los noticieros. Ha sido vergonzosa la forma en que han luchado por el raiting, en horas y minutos en que las personas lloran por encontrar a sus seres queridos.


¿Qué se les puede creer?

Esa misma noche pudimos comunicarnos con los primeros. En el apartamento, llegó la luz a las 9 de la mañana pero eran más las zonas en que no había. Mi hermana y su familia lograron prender el refrigerador sólo hasta el miércoles. En otras zonas de Santiago no ha llegado todavía. Ni decir en Talca y Concepción, donde fueron los mayores desastres.

Ni la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, se salvó de las críticas. Poco después del terremoto salió a decir que no había peligro de tsunami. Se equivocó y eso costó unas decenas de vidas.

Luego, el comandante en Jefe de la Armada, almirante Edmundo González, reconoció al diario La Nación: 'Fuimos poco claros en información que dimos a la Presidenta... compartimos responsabilidad en las muertes' que se registraron tras el terremoto que afectó a la zona centro sur del país y que terminó con 796 víctimas fatales contabilizadas hasta el momento'.

Pero se supo que la información captada por el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de su institución había tenido dos alertas de maremoto. Luego, la cifra de muertos también cambiaría. Hasta el momento se contabilizan 452.

La Onemi (recuerda la sigla) ha demostrado inoperancia en los primeros días. Las ayudas demoraron más de 72 horas en llegar a las zonas más afectadas y eso, en un país que se precia de una modernidad y de ser el más sólido económicamente de la región, es una vergüenza.

Las constructoras, ni hablar. El edificio de Concepción que se desplomó y que llaman la Zona Cero. Había sido entregado en octubre pasado y ahí murió más de la mitad de las víctimas de toda la región. Existe una negligencia criminal colectiva, según expertos, que deben pagar con cárcel.


¿Ahora qué?

Esperar. Todavía los sentimientos son demasiados. No sabemos qué se venga. Parece impropio pensar en que uno necesita ayuda ante la magnitud de lo que perdieron muchos chilenos y chilenas: Familia, casa, todo.

La realidad es que uno todavía no dimensiona el tamaño de la desgracia. Son más de 2 millones de personas las damnificadas directamente en un país que tiene 17 millones.

Andamos nerviosos. Cansados. Irritables. Tristes. Se agolpan sentimientos en el pecho cada vez que aparece una nueva historia o los canales de televisión logran llegar a una zona nueva. Pueblos destruidos que uno ve en los sueños. No se duerme seguido más de tres horas sin una nueva réplica.

Tenemos que calmarnos. Pero la tierra no nos deja.

Mis ojos se cierran. Pienso en Bucaramanga, de donde he recibido más cariño del imaginable. Pienso en sus montañas, mientras veo los hoyos en los techos de los edificios que me quedan al frente de la ventana. Espero soñar algo distinto esta noche.

 

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