domingo 09 de diciembre de 2018 - 12:01 AM

La agricultura: una forma de combatir la guerra desde Santander

Vanguardia Liberal visitó uno de los tres entornos productivos que hay en Santander que acoge a excombatientes que decidieron dejar las armas. La formación agropecuaria es el fuerte en el departamento.

Andrés* no deja de rascar el piso de tierra y piedra con el tacón de su bota pantanera. Minutos antes se mostraba ágil, inquieto e incluso risueño. Pero durante la entrevista ese huracán se detuvo, su voz se suavizó y hasta tembló. Él no quiso registrar su verdadero nombre porque teme que den con su paradero y atenten contra la vida de quien hoy hace parte de un entorno de formación productiva de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización, ARN, ubicado en Albania, Santander. Dice que tiene enemigos en el Ejército de Liberación Nacional, ELN, a donde perteneció desde que tenía 9 años de edad. Hoy a sus 34 vive feliz luego de entregar las armas, aunque reconoce que lleva la organización guerrillera en su sangre.

El travieso

“Yo iba en un bus con un compañero. Nos detuvo un retén y me ofrecieron en ese entonces sesenta mil pesos por irme con ellos. Se convirtieron en mi familia: aprendí a caminar durante largos tramos de noche, manejar distintos tipos de armas y a formarme como combatiente”.

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Cuenta que manejó armas como AK-47, 243, M19, ametralladora tipo comando, entre otras cuantas. “Uno entra a una escuela. Allá hay oficiales y suboficiales que dan cursos durante meses. Era responsabilidad de uno aprender de todo”.

La vida en la selva no fue sencilla para Andrés*, pero asegura, fue feliz. Respetaba y se ganó la confianza de sus compañeros. Dijo que durante muchos años tuvo que dormir en hamacas e incluso en el suelo. Pero que en los últimos tiempos lo hacía en casas de familias, bien sea en zonas rurales o urbanas en la parte nororiental de Colombia, “por la represión del Gobierno. Por eso también nos tocaba desplazarnos constantemente. Hubo un momento que durante meses caminamos noche tras noche”.

El excombatiente no ve a su esposa y sus dos hijos hace tres años. Aunque su relación amorosa terminó, quiere poder compartir con los aún menores y darles ejemplo de su formación: “yo soy consciente del lugar donde crecí. Pero en medio de todo era mi familia: había peleas, castigos, enseñanzas. Por ejemplo, si uno discutía con un compañero, que uno llega a verlo como un hermano, nos amarraban de las muñecas uno al otro; entonces teníamos que comer juntos, caminar, incluso ir al baño. La meta era poder conciliar y mejorar la relación”.

El hombre moreno, de piel aún ajada por el sol, con una mirada fija e inquietante, casi que sin parpadear, se considera un travieso. Dice que por eso y sin miedo se enfrentaba a paramilitares, Ejército, Policía y hasta civiles, en una lucha que no tiene sentido: “la orden que me dieran la cumplía. Quemaba urnas de votación en pueblos. Ahí en el mismo lugar, sobre la misma mesa, llegaba y les metía candela. Hacíamos retenes y si la petición era matar, uno no se ponía a advertirle a la gente. La iba bajando y a quema ropa”.

Asegura que se arrepiente. Agacha la cabeza ensimismado y narra que no puede olvidar las voces y palabras de las víctimas suplicando por sus vidas. Muchos de ellos rogando por hijos y esposas: “era mi vida o la de ellos. Tocaba. Luego uno abría un hueco y los enterraba”.

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El hombre aún inquieto y sin dejar de frotar su bota con el suelo seco y negro, pide que el tiempo vuelva atrás para regresar con los “elenos”. Pero ante el imposible tiene enfocada su visión a cultivar tierras y emprender negocios por medio de cultivos como guayaba, tomate, guanábana y hortalizas. También en la producción de conejo, ganado y peces.

Lo de agarrar y no soltar

Por su parte Fredyney, de 23 años, quiere mantenerse alejado lo más que pueda de cualquier tipo de organización al margen de la ley. Aunque estuvo enlistado en las filas del Frente 14 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, hoy trabaja en la construcción de una nueva vida, haciendo la tarea de no hablar de su pasado y dejarlo allá, en lo que es, según él, una mala historia.

Prácticamente siendo niño quiso formar parte del grupo. Todo porque no soportó la muerte de su hermana por tifoidea. En la búsqueda de distracción, terminó recorriendo gran parte del Caquetá con un fusil al hombro durante cinco años y medio. Se cansó y hoy se acogió al plan de reinserción: “es una nueva vida la que estoy formando. Lástima que uno quede tachado siempre por lo que fue. Pero tengo la satisfacción de que soy un hombre nuevo y quiero ser alguien de bien. En el entorno cuido conejos, gallinas, cerdos, vacas. Sé cómo crear abonos orgánicos y cómo lograr cultivos sin químicos de la mejor calidad”. Él, con su sonrisa amplia y buen sentido del humor, expuso ante el grupo de periodistas la forma técnica para la producción de salvado. Al igual que Andrés*, el próximo 14 de diciembre termina un proceso de formación académico con el Servicio Nacional de Aprendizaje, Sena, en Producción y Comercialización de Cultivos Transitorios.

Enfatiza en que lo que sabía y se consideraba hasta hace unos meses un experto, no sirve de nada: “hice cursos de defensa personal, cómo sacar una persona de un combate, cómo rescatar un fusil. Aprendí a cómo colarme en el Ejército sin que se dieran cuenta. Le apuesto a lo que viene. Uno vive la vida que le tocó. Pero ahora es lo que viene y lo que falta por vivir. Lo que está adelante es lo que tengo que agarrar y no soltar”.

Un proceso

Así como Andrés*, Fredyney y 26 personas más hacen parte de uno de los tres entornos productivos que hay en Santander: dos en San Vicente de Chucurí y uno en Albania. Trabajan en labores de campo, cultivos de cacao y comercialización agropecuaria. En Colombia son 18 en total distribuidos en 8 departamentos: Quindío, Valle del Cauca, Cauca, Huila, Meta, Cundinamarca, Antioquia y Santander. Desde hace cuatro años el programa ha favorecido a 400 personas.

Zair Castellanos, asesora de ruta de la ARN, explicó a Vanguardia Liberal que un proceso de reintegración dura aproximadamente seis años y medio, de acuerdo al perfil de la persona: “¿qué hace el modelo de entornos productivos? Es una metodología que intensificaron para que ellos puedan volver con sus familias e iniciar una nueva vida. No es fácil. Pero allí ellos tienen un diario vivir, una dinámica y están ocupados desde las 5 y media de la mañana en todo el tema de producción agropecuaria. En las tardes asisten a clases en una alianza con el Instituto Técnico Comercial del corregimiento El Altillo. Los domingos tienen espacios de integración con la comunidad”.

De los 26 que hoy habitan el lugar, 10 fueron reclutados menores, lo que los hace víctimas del conflicto armado. Además, 4 son mujeres, 8 indígenas y 4 tienen limitaciones físicas: 3 visuales y uno en el habla.

“Los excombatientes reciben formación para el trabajo, formación académica y seguimiento psicosocial. Este último fortalecerá su trabajo en grupo, los motivará a estar en constante aprendizaje, podrán desarrollar mejor sus habilidades y tendrán la capacidad de formular proyectos de vida. Es un proceso de transformación individual y ellos lo reconocen”.

Zair Castellanos explicó que la implementación del modelo cuenta con el apoyo de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, Usaid; la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, y la Agencia para la Reincorporación y la Normalización, ARN. El proyecto se realiza en alianza con el Sena, el Instituto Integrado de Comercio El Hatillo y la Fundación Niños de la Esperanza.

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