domingo 20 de junio de 2021 - 12:00 AM

El cementerio del olvido

En 2017 este emblemático lugar sintió el embate de la transformación, de la evolución, de la concepción de ciudades que ahora obliga a tener estos sitios alejados de los cascos urbanos.
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El cementerio no es el de antes. El que parecía estar vivo con los jardines verdes y las flores de colores que adornaban las tumbas, en donde las familias se reunían para recordar a los seres queridos, ese que hacía olvidar la tristeza de la muerte y por momentos parecía más un parque.

De eso no queda más que el recuerdo y el esfuerzo de algunos que no quieren dejarlo morir, por convicción, necesidad u obligación. Sin querer, todos están unidos en una misma causa, la de mantener con algo de luz el Cementerio Central de San Gil o como se le llama ahora, el cementerio antiguo.

En 2017 este emblemático lugar sintió el embate de la transformación, de la evolución de la concepción de ciudades, que ahora obliga a tener estos sitios -destinados al depósito de los restos mortales de las personas- alejados del casco urbano. ‘Los muertos entonces ya no vivirán entre nosotros’, dicen por ahí.

El último en llegar a descansar ahí fue José Manuel Figueroa, el 24 de septiembre de 2017. La de él fue la última tumba que abrió Jesús Gualdrón, sepulturero desde hace 33 años y quien hace tres meses empezó a ser miembro de la lista de colombianos a la espera de la confirmación de la pensión.

Ahora solo saca restos, ya no entierra ninguno, dice bastante tranquilo, mientras recorre las calles del que se convirtió en su segundo hogar. Ahí llegó por necesidad y aunque no sabía nada de tumbas, ya tenía algo de experiencia con la muerte. Trabajó en una funeraria durante seis años y en ese periodo hasta en autopsias acompañó a los médicos de la época en la morgue del cementerio, hoy llena de avispas y con mesones cubiertos de polvo, en una habitación cerrada con llave y un letrero en la entrada escrito a mano que dice Morgue. Junto a las salas de ropa y residuos.

La vida de un sepulturero es como la de cualquier otro trabajador, con particularidades. Encontrar fotos de personas con intentos de brujería o ser fiel creyente de las ‘ánimas benditas del purgatorio’ son algunas de ellas. Lo del miedo es pura superstición porque nunca lo asustaron. En el tiempo vivido entre los jardines y las bóvedas, los momentos más tristes que vivió fue la despida final de sus papás, a quienes, en momentos diferentes, terminó cavándoles los huecos, sin pensar que eran para ellos. “Uno a veces iba adelantando tumbas”, nada más que nunca se imaginó que dos en particular serían para sus progenitores.

De resto todo es normal. En su memoria guarda el primer funeral atendido: “Fue allá en la bóveda 23 del bloque 15”, en donde hoy reposan los restos de Pablo Calderón García, pero por ahí ya pasaron varios cadáveres, asegura.

Hay tumbas tan abandonadas que no parecen tumbas, otras que en la parte trasera del cementerio se pierden en la maleza y unas que a pesar del tiempo se mantienen, negándose a desaparecer en la historia, como la de Camilo Ordóñez Obbegozo, quien falleció el 15 de mayo de 1864 y es el huésped más antiguo de este hotel de la eternidad.

Ubicado entre las carreras 7 y 5, con calles 18 y 20, el antiguo cementerio sangileño ocupa una manzana. Tiene 18 bloques de bóvedas y por lo menos 15 jardines, que de a poco se quedan sin restos. Una capilla en piedra en la mitad del lote construida en 1871 en donde aún se celebran eucaristías y hasta donde llegan los fieles a hacer sus oraciones. El recorrido en su interior se hace a través seis calles y igual número de carreras principales, como si se tratara de un pueblo pequeño e inicia con un mensaje en piedra en la parte alta de la entrada principal: ‘Surrecturi Sumus - Et Videbimus Salvatorem’ o mejor ‘Resucitaremos y veremos a nuestro salvador’.

Detrás de la capilla, al fondo, hay dos casitas blancas en donde se depositan los restos de los que nadie nunca va recoger. Una de ellas, con una placa en piedra con una oración a las ´ánimas benditas del purgatorio’, vasos de agua en un altar para que tomen agua, porque según la creencia sufren de sed, y un pequeño altar a una de las vírgenes católicas.

Los tiempos de olvido del cementerio iniciaron desde noviembre de 2017 cuando entró en funcionamiento el nuevo cementerio y se acrecentaron con la pandemia. “No pudimos entrar del 18 de marzo al 18 de septiembre del año pasado”, recuerda con precisión Alba Patricia Compas, que desde hace 11 años se dedica al arte de arreglar tumbas.

“Pocos vienen (...) Yo lo hago todos los días porque tengo clientes que me pagan mensualmente para que las tenga arregladitas y otros me buscan para trabajitos diarios”, asegura, con una maleta en donde carga todas las herramientas y una radio que la mantiene alegre. El trabajo es cada vez menor y estará en su oficio hasta que la vida se lo permita.

Afuera del cementerio apenas permanecen dos floristerías abiertas, ya no hay puestos callejeros de veladoras, flores ni nada del mercado religioso. Florinda Arciniegas, es propietaria de una de las floristerías. Con algo de nostalgia recuerda los lunes llenos de familias visitando el campo santo, “ahora no viene casi nadie”, eso le ha impactado el negocio, que sabe tendrá que cerrar no muy tarde, porque las ventas son cada día más bajas.

El futuro del lote que costó sesenta pesos y fue inaugurado como campo santo en 1821 no es claro. Por ahora, solo se sabe que aún hay cadáveres por cuidar y unos feligreses que atender, explicó Luis Augusto Campos, monseñor de la Diócesis San Gil - Socorro.

El tiempo seguirá pasando y el cementerio, como va, se va a morir de olvido...

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