martes 04 de agosto de 2020 - 12:00 AM

Plaza de mercado a puertas abiertas pero con pocos clientes

El pasado 22 de julio las puertas se volvieron abrir, pero nada volvió a ser como antes. Los clientes son muy pocos y muchos negocios siguen cerrados.
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Un buen termómetro de lo que sucede con la economía de San Gil es la plaza de mercado del municipio. Allí funcionan negocios de venta de alimentos, restaurantes, ropa, calzado, celulares, jugos, fruterías y demás.

Hace menos de un mes este icónico lugar de abastos distribuido en dos casonas separadas por la carrera 11 fue cerrado por más de 12 días debido al foco de infección de COVID-19 que las autoridades descubrieron entre sus vendedores.

El pasado 22 de julio las puertas se volvieron abrir, pero nada volvió a ser como antes. Los clientes son muy pocos y los negocios cerrados, especialmente los relacionados a la venta de alimentos se ven a simple vista, con sus lonas verdes o sacos de fique viejos puestos donde deberían estar los alimentos.

Uno de los hechos evidentes se observa en la Casona, en el sótano (junto al pabellón de carnes) en donde más de 40 puntos están cerrados y solo cinco vendedoras se mantienen en medio de una soledad abrumadora y preocupante.

Teresa Romero y Marta Savedra son dos de ellas. Están de vecinas desde hace años y venden los mismo: legumbres, verduras y una que otra fruta. Se quejan de la falta de clientes y las pérdidas enormes que están teniendo.

Primero fue el mercado que perdieron con el cierre. Ahí fueron $500.000 aproximadamente cada una y ahora los alimentos que se dejan de vender. El miedo es la causa principal que hace que la gente no esté bajando a comprar a la plaza y eso les está haciendo mucho daño.

“Hizo falta control en las entradas”, dice Savedra con 50 años de edad; y su vecina – Romero- asegura que ellas y los vendedores en general “siempre tienen puesto el tapabocas”.

Donde tampoco hay muchos clientes es en el Pabellón de Carnes, donde se presentaron los primeros casos de COVID-19 de la Plaza de Mercado. Con tapabocas, careta, guantes y traje de bioseguridad, Diana Pinto espera, sentada junto a su nevera casi nueva, que los clientes lleguen.

Pasó de vender más de 4 reses a la semana a un poco más de una res. La situación es grave porque vienen de hacer una inversión en neveras que costaron más de $7 millones y de remodelar la red eléctrica para poder seguir funcionando.

Si la situación sigue así dice que es muy difícil durar más de un mes en el puesto. Ella, como Saavedra, Romero y otros vendedores consultados, consideran que a nivel administrativo se cometieron errores en los primeros meses, porque no hubo verdaderos controles y ahora ellos, los vendedores son los principales señalados.

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