lunes 12 de agosto de 2019 - 2:54 PM

“No sé cómo el pueblo campesino ha aguantado tanto”

En charla con Vanguardia, Ricaurte Becerra, líder campesino de Santander, habló sobre la situación de la agricultura y la economía campesina en la región.

Ricaurte Becerrra dice que es un campesino de ‘racamandaca’.

Nacido en la vereda de Cuevas, en Gámbita, dice que se siente orgulloso del campo santandereano, de la tierra, de los cultivos y del campesinado que ha intentado salir adelante a través de los años a pesar de ser invisibles para el Estado.

Como líder campesino de las provincias del sur de Santander fue el cofundador y primer presidente de la Asociación Regional ‘El Común’, una organización no gubernamental que nació a finales de los 70 como una propuesta de desarrollo basada en las necesidades de los campesinos y campesinas de la región.

Desde allí, como uno de los fiqueros afectados, lideró la búsqueda de soluciones a los problemas del fique en Santander cuando entró en crisis y ayudó a poner en marcha la iniciativa de traslado de región para algunos de ellos.

Además de licenciado y especialista en Ciencias de la Educación, ha sido docente de materias agropecuarias y fue delegado de los presidentes Barco y Gaviria en la Junta Directiva del Incora y asesor del ministro Gabriel Rosas Vega en la Oficina de Asuntos Campesinos.

En entrevista con Vanguardia habló sobre la situación del agro santandereano y aseguró que si no se toman acciones urgentes, los campesinos no van a aguantar más.

¿Qué tanto ha cambiado la agricultura campesina en Santander, con respecto a la de hace 30 años?

El desarrollo de la economía campesina en Santander en los últimos años no es muy positivo. Prácticamente, hace más de 30 años que no hay una política consistente para el desarrollo rural en el país. En su momento, la iniciativa más importante en cuanto a política de desarrollo rural fue en la década de los 80 con el DRI (Fondo de Desarrollo Rural) que fue muy bueno, con una visión integral del desarrollo del campo. Después de eso se han dado bandazos de ciego en cuanto a política agropecuaria. Se desmontó la institucionalidad y los posibles reemplazos de ese vacío no han sido consistentes. Todo se concentró en la agencia de tierras. Desde el punto de vista institucional no hay nada porque unas son las políticas que se trazan a nivel nacional, otras a nivel departamental y otros son lo esfuerzos a nivel municipal. Hay acciones aisladas, descoordinadas, más respondiendo a protagonismo político y agenda electoral que a desarrollo.

¿Y a nivel de producción?

Desde el punto de vista de resultados es lamentable. Por ejemplo, hace años se cultivaba maíz y era la fuente principal de subsistencia, se sembraba dos veces al año, se recogían la cosecha, se alimentaban las familias y además habían excedentes comercializables, pero decidieron que era mejor importarlo. Se producían cerca de 15 mil toneladas de fique en Santander, se hilaban y tejían 19 millones de empaques para tubérculos y hortalizas y cuando llegó la crisis y metieron el plástico, miles de campesinos aguantaron física hambre y el Gobierno se lavó las manos y volteó la crisis sobre los campesinos. Ahora el plástico es un problema y quieren volver a las fibras naturales, ¿cómo va a uno a motivar a un campesino para sembrar fique si ya tuvo hambruna durante una década y nadie se acordó de ellos?

¿Lo mismo está pasando con el tabaco?

Hace 40 años Santander era tabacalero por excelencia, era el motor de desarrollo y ahorita prácticamente está acabado. ¿Cómo es posible una ley del tabaco en la que sean los campesinos los que tengan que crear un fondo y se les cobre un gravamen para sostener sus organizaciones, para sostenerse ellos y para hacer proyectos? Eso es como pedirle a un anémico o hemofílico que done sangre. El gravamen no debería ser para los campesinos, sino para los importadores, consumidores y exportadores, pero no, el Gobierno volcó, en una maniobra hábil, todo sobre los campesinos y los puso a cotizar.

El país olvidó la educación rural hace décadas. No hay escuelas agropecuarias de nivel y se está educando a los hijos de campesinos para que no sigan en la campo. (Foto: Suministrada/VANGUARDIA).
El país olvidó la educación rural hace décadas. No hay escuelas agropecuarias de nivel y se está educando a los hijos de campesinos para que no sigan en la campo. (Foto: Suministrada/VANGUARDIA).

Entonces, según eso, ¿el agro en Santander seguirá en deterioro?

Han habido pequeñas acciones, pero los campesinos hoy en día son más pobres que antes. El problema de la tenencia de tierra no se ha resuelto, el minifundio aquí es impresionante. El promedio de tenencia de tierra entre los minifundistas es de 2.5 hectáreas y es muy difícil que una familia sobrevivan con eso, sobre todo cuando no ha podido desarrollar tecnología ni articular mercados. El escenario es bastante crítico, con el agravante que los últimos gobiernos han satanizado las organizaciones sociales, han perseguido a los dirigentes campesinos, no quieren trabajar con ellos y el modelo de desarrollo rural es sesgado hacia grandes empresarios. Y, ¿qué va a pasar con los 12 millones de campesinos que seguimos arañando la tierra y tratando de sobrevivir? No sé cómo hemos sobrevivido a ese fenómeno de autoexplotación. La familia campesina cada día es más pobre y, sin embargo, seguimos aportando el 40% de los productos de la canasta familiar.

Y ¿qué pasó con los movimientos campesinos?

Hace unos años leí un artículo de alguien que se atrevía a decir que el Estado con respecto a las organizaciones campesinas actuó más como disociador que como aglutinador, porque muchas organizaciones se crearon, promovieron y financiaron desde el Estado, entonces les costó mucho construir autonomía. Hubo muchos liderazgos a nivel nacional, pero no fue posible aterrizarlos a nivel local. No han sido capaces de articular entre sí las regiones para ver potencialidades y fijarse metas colectivas. Cada municipio hace cosas y los políticos crean asociaciones, pero luego se van y llega otro y crea otra y se forman un poco de asociaciones de papel, según intereses del dirigente de turno. Eso, más los fenómenos de violencia, han roto el tejido social del campo.

¿Cuál podría ser la solución para los tabacaleros, por ejemplo?

Hay que mirar qué lo reemplaza; afortunadamente, han aparecido economías alternas que han permitido la supervivencia de campesinos. El café en Santander está repuntando, por ejemplo. Yo sí creo que el maíz sería un salvador. Si el Estado hiciera un estudio muy serio de lo importante de volver a producir maíz, yo creo que habría una gran propuesta que ayudaría a levantar el agro.

Pero, ¿eso funcionaría para todos?

No para todos. Hay que caracterizar el tabacalero nuestro. La mayoría son minifundistas, están trabajando suelos agotados, inclusive suelos salinizados con muy pocas posibilidades de desarrollarse. Algunos son aparceros. Entonces unos podrían desarrollarse donde están, con cultivos alternativos como fríjol, maíz, café. Otros hay que apoyarlos para que salgan y se reubiquen en otro lugar.

Hace 30 años hicimos un trabajo muy grande con el Idema, logramos cultivar frijol como sustituto del tabaco para hacer rotación de cultivos y mejorar el suelo. Logramos 15 mil toneladas de fríjol ese año y eso fue un despegue económico buenísimo. Luego llegó la apertura económica y acabó con eso porque era mejor el frijol importado.

¿O sea que la economía campesina no es viable en un modelo de libre comercio?

No lo es en las condiciones del país, donde el campesino está a la deriva y no está en la capacidad de competir con esos mercados, ni en tecnología, ni en educación, ni en nada. No tenemos soberanía alimentaria, somos dependientes altamente de las importaciones porque los tratados de libre comercio fueron sesgados y no respondieron a las necesidades de los campesinos ni del país.

Publicado por
Lea también
Publicidad
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad