Esta es la historia del último héroe de Santander que nadie conoció: Ricardo Ariza Aguilar, uno de los siete uniformados que falleció en La Gabarra, Norte de Santander, el pasado 8 de mayo, durante un ataque de la guerrilla a un campamento de la Policía que brindaba seguridad a los erradicadores de cultivos ilícitos del Catatumbo.

Publicado por: JUAN CARLOS GUTIÉRREZ
Él, como sus compañeros, tenía una tarea que, de alguna manera, está en los ojos de todo el país. Sin embargo, nadie los conoce en realidad.
Cuando aterrizó la avioneta de la Policía en la vieja pista del municipio de Cimitarra, Sarit Solange, de tres años, pensó que vería a su padre.
A pesar de que su mamá le dijo en Bucaramanga que Ricardo Ariza Aguilar, su papá, se había ido al cielo y no volvería a la casa, a ella simplemente se le olvidó.
Pensó que el viaje imprevisto de Bucaramanga a Cimitarra en bus era otro de los paseos para buscar a su papá en alguna estación de la Policía de la región. Pensó que lo vería, como él se lo prometió días atrás, ya que hace una semana no pudo estar en la celebración de su cumpleaños.
Cuando se detuvo la aeronave y hombres de la Policía Nacional formaron una calle de honor, Alicia Barrios casi se desmaya. “Sentí un vacío…” que fue interrumpido por su pequeña hija.
- ¿Dónde está mi papito?
- ¿Dónde está mi papito?
- ¿Dónde está mi papito? Yo quiero ver a mi papito. Yo no veo a mi papito…
Sarit Solange empezó a gritar, al tiempo que el féretro marrón con el cuerpo de su padre, cubierto por una bandera de Colombia, era conducido por la calle de honor conformada por policías.
Alicia no supo qué decirle a su hija. Sólo se le ocurrió sacar a la niña de allí, llevarla a un carro, sobarle la cabeza y recordarle que su papito, el hombre que la llamaba todos los días, que le decía que debía portarse bien, que le había prometido que regresaría pronto a celebrar su cumpleaños con un pollo asado, no estaría más con ella. Sin embargo, le dijo que él las iba a cuidar desde el cielo, todos los días, todos los minutos de todas las horas.
La niña se quedó dormida. Mientras Ricardo era llevado a la funeraria del pueblo, Alicia desenvainó su dolor en un abrazo a la pequeña. El calor insoportable de mayo corría mudo por las calles de Cimitarra y los árboles ya contaban la llegada del muerto.
“Pito, pídale mucho a Dios”
La mañana del pasado 11 de abril, el primer miércoles después de Semana Santa, aterrizó en Cúcuta el helicóptero que llevaría a Ricardo Ariza Aguilar y sus compañeros del Escuadrón Móvil de Carabineros de Santander al corregimiento de La Gabarra, municipio de Tibú, Norte de Santander.
El Escuadrón Móvil de Carabineros es una unidad táctica operacional conformada por 120 hombres, organizado en tres secciones de 40 policías. Creadas en el 2006, reemplazaron a las llamadas “Contraguerrillas de la Policía” que operaron en la década de los noventa en zona rural.
Sentada en un sillón de su pequeña casa en arriendo en el barrio María Paz, al Norte de Bucaramanga, sosteniendo un álbum de fotografías, Alicia levantó la mirada, contuvo un poco el llanto y recordó la primera llamada que le hizo Ricardo a su llegada a La Gabarra.
“Ese día noté a Pito cansado, como aburrido”. “Pito” es el apodo de cariño de Ricardo.
- Mire que estoy como cansado.
- ¿Por qué mi Pito?
- Imagínese que aquí por donde meta los ojos, por los postas, por las paredes, en todos lados, aparecen avisos de las Farc.
- Pito, pídale mucho a Dios que lo guarde y me lo cuide. No se ponga a pensar en eso…
Se calcula que en El Catatumbo, zona donde estaba Ricardo y los hombres del Escuadrón Móvil de Carabineros, existen sembradas cerca de 3.500 hectáreas de coca, que dejan utilidades mensuales a los grupos armados ilegales cercanas a los $4 mil millones.
En esta región, históricamente dominada por las Farc, Eln, el Epl (en la actualidad se asegura que opera una disidencia de este grupo armado) y las bacrim, una hectárea sembrada de coca produce hasta 600 arrobas de hoja, que permiten extraer unos 12 kilos de base de coca.
Aquí un ‘raspachín’ se gana $6 mil por arroba de hoja raspada y existen fincas que cada dos meses producen $200 millones en ganancias por base de coca.
La unidad de Ricardo estaba allí para respaldar un plan para erradicar cultivos ilícitos. Su misión era la de brindar seguridad y evitar la activación de minas antipersona.
La noche del pasado miércoles 9 de mayo, el escuadrón de la Policía tenía su campamento en el kilómetro 25, cerca de la escuela Caño Raya, en zona rural de La Gabarra.
Antes de esa noche, esa misma semana, la Policía había repelido dos ataques que dejaron cinco uniformados y un civil heridos. Sólo el año pasado murieron cuatro erradicadores y 44 más resultaron heridos mientras que siete policías perdieron la vida por escoltar a estos grupos de erradicación.
Ricardo Ariza Aguilar estaba esa semana destinado a la ranchería. Terminados sus deberes y tras la última llamada a su esposa, se fue a dormir al campamento. Luego una bomba artesanal lo mató.
Uno de los policías que sobrevivió al ataque aseguró que una lluvia de ‘tatucos’ cayó en el campamento después de las 10:30 p.m.
“Reaccionamos, pero era muy difícil, porque a qué le íbamos a disparar si era puro 'tatuco' lo que caía…”, dijo.
Un ‘tatuco’ es un arma no convencional, una especie de mortero artesanal al que rellenan de puntillas, tornillos, trozos de metal y algunas veces materia fecal. Son lanzados por un tubo de hierro con un alcance de 800 metros. Su capacidad de destrucción es alta. Esa noche, producto del ataque, murieron siete policías y 12 resultaron heridos.
Esa bomba mató una parte de la historia de amor de Alicia, esa que comenzó con varias cervezas, una propuesta de beso y terminó en una muy pequeña pieza donde junto a Ricardo pagaron $130 mil de arriendo por un cuarto donde sólo cabía una cama, una mesa, un pequeño televisor y una canasta para la ropa sucia. Esa pequeña pieza que se convirtió en una bahía linda para su amor, se oscurecía o iluminaba según pasaban sus días.
No pero sí, aunque tiene lindas piernas
Sin importar que digan que está trillado eso del amor, que el flechazo a primera vista es cursi, a Ricardo y a Alicia se les coló el amor un 14 de julio, siete años atrás, sin que se dieran cuenta.
Alicia estaba de cumpleaños y Ricardo fue invitado a la celebración. Él llegó sin camisa y en pantaloneta. Acababa de jugar fútbol en la cancha del barrio María Paz. Alicia estaba despechada, un antiguo novio la había cambiado por otra y ella se juró que no quería más relaciones sentimentales.
“Cuando llegó se veía simpático, tenía unas piernotas. Aunque tampoco era que me trasnochara...”, recuerda.
Ricardo se le sentó al lado. Hablaron y hablaron de mil cosas, como lo hacen las parejas que tienen unidas sus vidas para siempre sin saberlo. Esa noche, su primera, se besaron sin timidez.
- Tengamos algo sin compromiso, le propuso el Policía.
- Bueno, respondió ella.
Alicia admitió tiempo después que “cuando uno está con cervezas, todo se hace más fácil...”.
A la semana Ricardo llevó a su novia al barrio María Paz. Alicia los vio y le murmuró a una amiga lo que dicen siempre las mujeres en estos casos
- ¡Huy!, ahí están pintados los hombres...
Ese mismo día, Alicia se encontró con Ricardo en un ‘tomadero’ del barrio llamado La Jaula.
- ¿Qué pasó con la novia?, le dijo.
- Me sacó la piedra y se fue.
- ¿Por qué?
- Ella es para manipularme y no me gusta que nadie me manipule. Menos una mujer...
Alicia ocultó una de esas sonrisas que ellas saben esconder cuando algo les interesa. De allí en adelante siguieron saliendo por cinco meses hasta que decidieron irse a vivir a una pieza, en el último extremo del barrio María Paz, junto a la cancha.
“Con el tiempo comenzó a decirme que quería un hijo. Le dije que no. Estábamos recién metidos. Uno no sabe. Seguimos juntos. Tuvimos dificultades. Cuando quedé embarazada de la niña, se consiguió una novia. Me separé dos veces. Pero las separaciones fueron una salida de la pieza y a los dos días regresaba con las cosas…”.
A las 7:30 a.m., hace tres años, un 5 de mayo, todo cambió. Esa mañana el llanto de Sarit Solange se oyó en la policlínica de Bucaramanga como un largo grito de victoria.
Alicia, madre a los 27 años, con un solo dolor miedoso tras horas de temblores en su vientre, vio a su pequeña.
Afuera, a Ricardo le dijeron:
- ¡Ya nació!
Al tiempo que Ricardo sonreía y se creía el policía más feliz del mundo, a Sarit sus vías respiratorias se le expandían con fuerza, como la vida misma que esa mañana encendió esta pareja, con tal aliento que el cielo raso del hospital se convirtió en un bonito cielo azul, donde hasta las enfermeras escamparon a la ternura de Sarit Solange.
- Es hermosa, dijo Ricardo, dejándose vencer por su piel blanca, sus ojos cerrados y esos deditos arrugados.
No sé la respuesta
La familia de Ricardo Ariza Aguilar es oriunda de Landázuri. Allí aprendió de su padre el valor del trabajo y el amor por los gallos de pelea. Pero él quería más. Viajó a Bogotá, trabajó como celador y presentó documentos para ingresar a la Fiscalía, al Inpec y a la Policía.
Desde que ingresó al Escuadrón Móvil de Carabineros, convivió con la muerte. La vio a la cara reflejada en los fusiles de los grupos armados ilegales o las minas que desenterraban. La tuvo encima como una sombra imposible de zafarse, al trabajar en medio del conflicto armado del país por un millón 200 mil pesos al mes.
“Ricardo quería que saliéramos adelante. Yo estudié hasta quinto de primaria, él hizo que validara el bachillerato para que me fuera mejor. Me pagó el grado, aunque ese día estaba en el monte”, asegura Alicia.
Entre los planes a corto plazo de esta pareja estaba comprarse una moto, para que Alicia pudiese movilizarse con mayor facilidad, además de adquirir un televisor de pantalla plana, porque el que tienen es una caja de 21 pulgadas.
“Él soñaba con ahorrar una plata para comprarse el televisor y ver los partidos de fútbol…”.
Pero su gran meta era terminar una casa, que ya cuenta con un par de paredes, en Cimitarra. En los planos aparece un espacio para un local. “La idea era montar un negocio como una tienda, para que yo lo atendiera y estuviera pendiente de nuestros hijos, porque quería tener otro más...”, recordó Alicia.
Este año Ricardo viajó a Bogotá, quería un traslado a Cimitarra (para llevarse a su esposa), pero le contestaron que sólo hasta marzo de 2013 le tendrían una respuesta.
La última vez que Ricardo estuvo con su esposa e hija fue el viernes, sábado y domingo santo. Las hizo viajar hasta Cúcuta, donde se preparaba para salir para La Gabarra.
“Fue chévere; comimos, jugamos, miramos caballos y hasta fuimos a piscina. La pasamos bien. Él le compró una ropa a la niña y me regaló unos zapatos”.
Esa tarde, ella se despidió con un fuerte beso, él con otro más. Fueron los últimos de su vida.
Alicia admitió que discutió con Dios por quitarle a su héroe, al hombre que alumbró sus días. Aunque aseguró que ya hizo las paces. “¿Por qué Dios se lleva a los hombres buenos? Me hace mucha falta y a la niña más...”.
Hace poco, cuando Alicia estaba en la cocina, Sarit Solange, quien sigue extrañando a su papito, le hizo una pregunta a su mamá.
- ¿Mi papito dónde está?
- El papito se fue para el cielo. No volverá más.
- Yo también me voy al cielo a buscarlo. Alicia reaccionó asustada.
- No, papito se fue solito. Las dos nos quedamos aquí...
- Mami, ¿cómo mataron a mi papito?
Alicia, aún hoy, dice que no ha sido capaz de contestar esa pregunta.

















