Región
Martes 03 de diciembre de 2013 - 09:48 AM

‘Con su permiso, don Pedro Hernández’

Le temen en el campo. Son pocos los que se le miden a cortarlo, pues genera una alergia que puede afectar las vías aéreas. Quienes lo conocen aseguran que lo mejor es pedirle permiso para evitar enfermarse. Estos son algunos de los misterios que esconde este árbol, científicamente conocido como el toxicodendron striatum.

‘Con su permiso, don Pedro Hernández’ (Foto: César Flórez León / VANGUARDIA LIBERAL)
‘Con su permiso, don Pedro Hernández’ (Foto: César Flórez León / VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE

Se ve inofensivo. Su tallo es delgado, su ramas son altas y apenas dan un poco de sombra. Muchos pasan por debajo de su follaje sin siquiera mirarlo, incluso se recuestan a descansar, tras una larga jornada de ‘limpia’ con machete y palo en mano.

Aseguran los abuelos campesinos que son pocos los que lo reconocen a lo lejos. “Se ve un arbolito ahí, sute, esgalamío, como el que no quiere la cosa... pero cuando dice arrecharse es que le empieza a uno la ‘piquiña’, una sarna de ‘padre y señor mío’ que nadie le puede quitar”, dice Octavio Gómez, campesino y vendedor de la plaza de mercado del centro de Bucaramanga.

En cuestión de minutos el rostro se hincha, los ojos se vuelven “chinos” y “no alcanzan las uñas” para rascarse hasta el último rincón del cuerpo. “Si usted sale bien librado, es porque alcanzó a llegar al médico y le pusieron inyecciones. Si no, hasta se puede morir por el ardor”, comenta.

Todo esto pasa, como cuentan los habitantes del campo, porque no se le rinde la pleitesía que se merece al ‘compadre Pedro Hernández’, un árbol que encierra cientos de historias y que hoy, a pesar de que la ciencia explica por qué causa este tipo de reacciones alérgicas en los humanos, hay quienes no se atreven a mirarlo. 

“Qué le cuesta quitarse el sombrero, inclinar la cabeza y saludarlo. “¡Buenos días don Pedro! Vengo a pedirle que se deje cortar algunas ramitas”. Eso no es nada del otro mundo. O como lo hacía mi compadre Elías: “hombre, don Pedro Hernández, no me vaya a dar una fuetera por lo que le voy a hacer. Es que el patrón me dijo que lo cortara. Vamos a ampliar la finquita... Es que la gente se la busca por no ser cortés con el palito”, comenta Octavio Gómez

¿Acaso es una broma? ¿Puede un árbol generar este tipo de reacciones en el humano simplemente porque no se le saluda o se le pide permiso? Lo cierto es que quienes han caído en cama gracias a su “maldición” comentan que se lo volvieron a encontrar, le pidieron permiso y él nunca se volvió a meter con ellos.

Defensores de la leyenda afirman que a la naturaleza “hay que tenerle respeto” y que ‘Pedro Hernández’ es condescendiente, si se le trata bien.

“Para que a usted le pase la ‘piquiña’ debe echarle ‘miaos’ al palo, darle una muenda en el tronco (pegarle) y regañarlo por lo que hizo. Así es que usted se cura más rápido”, asegura Octavio.

Algunos alegan que lo mejor es escupirlo, hacer un trato –intercambiar el nombre con el árbol mientras se poda– o cortarlo de raíz, para que nunca más pueda crecer.

Científicamente conocido como toxicodendron striatum (especie arbórea tóxica), ‘Pedro Hernández’, también llamado ‘Caspicaracho’, ‘Palosarno’, ‘Hinchador’ o ‘Manzanillo’, crece en bosques húmedos de las cordilleras de Colombia, a una altura entre los 900 y 2.300 metros sobre el nivel del mar.

Es frecuente encontrarlo en zonas de alta vegetación e intervenidas por el hombre, en departamentos como Cundinamarca, Valle, Huila, Tolima, Antioquia y Santander.

Expertos en el tema explican que es mejor no acercársele, pues como ocurre con frutas como la piña, “si usted sabe que al comerla le va a pelar la boca o los labios, es mejor no probarla”, asegura la bióloga Alicia Rojas.  

‘Mal de morir’

Agapito González cuenta que no creía en el poder del árbol hasta el día que se subió a su tronco y le “voló” dos ramas. A los pocos minutos, dicen los que lo vieron bajar del único ‘Pedro Hernández’ que se encuentra en el Jardín Botánico Eloy Valenzuela, de Floridablanca, que parecía “un chino” y sus brazos estaban marcados por ronchas rojas.

“Me hinché y me broté. En la noche me dio fiebre y tuve que ir a la clínica. Les conté a los médicos que estaba así por un árbol al que se le debe pedir permiso para cortarlo. Ellos pensaron que les estaba tomando el pelo. Me pusieron varias inyecciones y me mandaron para la casa”, recuerda este hombre de 53 años.

Eliécer Muñoz Duarte dice que Agapito no fue precavido. “No le pidió permiso al árbol para acercársele”, asegura este hombre de 73 años, oriundo de la zona de Rionegro y que creció alrededor de este mito. “Conocí al árbol ‘macaniando’ en los potreros desde muy niño. Una vez vi cómo, por poquito, casi mata a un hombre que llegó bravo con el machete y lo cortó. No le pidió permiso y no le habló bonito”, cuenta Eliecer.

“El palo es jodido. Se le debe hablar como a una persona. Yo afilo los machetes al lado, pero antes siempre lo consiento. Así no me pasa nada”, expresa este jardinero del Eloy Valenzuela.

Ismael Delgado Villamizar, quien trabaja en esta reserva como guardabosques y almacenista, desafía a ‘Pedro Hernández’. Lo agarra (ver foto), lo sacude, lo mira y no le dice nada. Fue víctima hace varios años de la sustancia que emana el arbusto, cuando trabajaba en una finca en Tona. Asegura que le dio un poco de fiebre y broto, que fue al médico y se curó. “El contiene una sustancia que causa una alergia. Nada más. No es verdad que uno tenga que pedirle permiso. Son puras historias que cuenta la gente. Algunas personas son las sensibles al árbol y se enferman”, explica Ismael.

“Aquí han llegado varios con el cuento y les digo lo mismo: ¿por qué no le habló? La gente se preocupa, porque a veces llegan al médico y no les dan con el chiste. Les digo que traigan un ‘baldaíto’ de miaos, que se lo echen en la pata del árbol y lo regañen para que los deje en paz. No es verdad que uno se muera de eso”, agrega Eliécer.

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Altamente tóxico

Alicia Rojas, bióloga del Jardín Botánico, asegura que ‘Pedro Hernández’ la enviado a la clínica en tres oportunidades. “No me le puedo acercar, mucho menos cuando está botando la flor. No sé si sea algo sicológico, pero los ojos y la piel me empiezan a rascar, así no esté a su lado”, explica.

Más allá de la leyenda, esta experta asegura que el árbol es de la familia de las anacardiáceas, plantas altamente venenosas al contacto con la piel, originaria del centro y el norte del continente americano.

Genera una dermatitis a nivel de manos, antebrazos y piernas. También se puede extender al rostro, órganos y genitales. Los síntomas, generalmente, se extienden entre los dos a los cuatro días. Es de la misma familia del mango, el ciruelo, el caracolí y el madroño.

Sus tejidos tienen unos canales que llevan terpenoides, una especie de gas.

 “Lo que ocurre es que tiene por dentro una serie de agujas llamadas oxalatos de calcio, que lo que hacen es hacer cortaduras muy finas en la piel, lo mismo que tiene la piña. Por esto es que mucha gente le echa sal a esta fruta para poderla comer, pues la sal desbarata los oxolatos, los mismos del Pedro Hernández”, concluye Alicia Rojas.

EN CASO DE UNA ALERGIA

Según la Guía de Plantas Tóxicas, es recomendable que la persona visite a un médico que le detenga la alergia producida por el árbol.

Sin embargo, mientras esto ocurre, los expertos recomiendan hidratarse con bebidas frías y ponerse hielo sobre las lesiones para disminuir la molestia.

También es recomendable darse una ducha y lavarse el cuerpo con una esponja suave, en el primer momento en que sienta los síntomas. Algunas de las sustancias emanadas por plantas como las anacardiaceae, se absorben rápidamente.

Es preferible que la persona infectada no se rasque. Si la reacción cutánea es leve, es decir, solo ronchas, puede aplicarse alguna crema con corticoides, pero si la piel presenta erupciones húmedas o ampollas, es preferible ser tratado por un médico.

DATO

En 1995, en Filadelfia, EEUU, un toxicólogo dio a conocer al parecer la única muerte conocida luego del contacto con este árbol, debido a la inflamación de las vías respiratorias.

‘Con su permiso, don Pedro Hernández’ (Foto: César Flórez León / VANGUARDIA LIBERAL)
‘Con su permiso, don Pedro Hernández’ (Foto: César Flórez León / VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE

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