lunes 22 de septiembre de 2014 - 11:24 AM

Artelana: la lucha de las mujeres de Cerrito

No han viajado más allá de Bogotá, pero alguien en Finlandia, Canadá o Brasil está usando sus prendas de lana. Artelana es una organización campesina de 35 mujeres que se asociaron de Cerrito, Santander, para trabajar la lana que produce la oveja del Páramo del Almorzadero. Son hijas de un proyecto más grande: Asomuarce, en el que las mujeres defienden este territorio.

Las manos le temblaban. Clovelia Antolines estaba a punto de presentar Artelana por segunda vez ante expertos del Departamento para la Prosperidad Social del Gobierno nacional. La primera vez el proyecto no pasó. Gloria Calderón, fundadora y líder de la asociación, no pudo acompañarla. “Tiene que volar solita”, le dijo. Era el año 2011.

Clovelia es una mujer de vereda que hace muchos gestos y cierra constantemente sus ojos pequeños. Es callada si no entra en confianza. “Ellos se reían, yo no sabía si era de mí”. De pie, ante todos, Clovelia estuvo a punto de arrepentirse. Antes de dar un paso atrás, sin embargo, la vida le pasó por la cabeza en un segundo. Su infancia feliz, la enfermedad de su mamá, la llegada de la violencia, su encuentro con Gloria Calderón y la determinación para vencer al machismo. ¿Sería capaz de echarse atrás después de superar todo eso? 

DÍAS QUE HICIERON HISTORIA

Artelana nació en 2009 de la mano de Gloria Calderón y es hija de una asociación más grande, Asomuarce, que agrupa a 350 mujeres que defienden el Páramo del Almorzadero, donde pastan las ovejas de las que se extrae la lana y que además, es fuente de vida para la región. Tanto Gloria como Clovelia son campesinas hijas de Cerrito, Santander, donde más del 90% de su extensión de 549 kilómetros cuadrados corresponde al área rural. Aunque su formación es distinta, ambas defienden el páramo, han sobrevivido la violencia y tratan de superar el machismo a su manera.

Clovelia nació en la vereda Corral Falso, en Cerrito. El pueblo tiene 6 mil 187 habitantes. Cuando tenía tres años sus papás se fueron a El Rodeo, también en Cerrito e “hicieron el esfuerzo de comprar una finquita. Hilaban mucha lana para ir pagándola. Me crié en un páramo, totalmente alejada de la civilización. Era una vida libre. Tenía vacas, caballos, ovejas. Aprendí a trabajar desde pequeña”. Y lo hace tan bien, que es reconocida por ser una de las mejores hiladoras de la lana mora.

Entre septiembre y enero se da la época de cortar la lana de las ovejas. Las mujeres la compran por libras y la lavan varias veces, separando la que es totalmente blanca de la que no. Luego hilan.

A los seis años su mamá enfermó. Recuerda haber visto mucha sangre. Vivieron durante un año en el pueblo para que recibiera atención médica. Este infortunio le permitió, sin embargo, hacer primero de primaria. Se enamoró del estudio. La profesora les dijo a sus padres que Clovelia era muy inteligente, que debía seguir estudiando, pero no fue posible. Solo llegó hasta quinto. De regreso en la vereda, Clovelia recuerda estar sola mucho tiempo con sus hermanos, hilando. Tenía un destino ya marcado y éste pareció cumplirse sin chistar a los 18 años, cuando quedó embarazada de su primera hija. Como les pasa a muchas otras campesinas, el padre de su hija se fue sin responder.

Delante de aquellas personas del DPS, Clovelia recordó que parió a su hija en la finca con ayuda de una partera: sus papás no sabían y no dio tiempo de ir al pueblo. Durante una semana no salió del cuarto aterrada de la reacción de su papá y sus hermanos. Pero no hubo mucho tiempo para pensar en eso porque la guerra llegó a Cerrito.

Durante los años 80 la guerrilla entró al pueblo. Convencían o se llevaban a la fuerza a los jóvenes. Hacían lo que querían. La Policía fue desplazada o retirada, no saben bien, y el pueblo quedó a su merced. En los años 90 llegó la explotación de carbón al páramo contaminando el agua y, como si no fuera suficiente, en el 2000 aparecieron los paramilitares: ofrecieron justicia que no era otra cosa que más muerte. La única política que los ayudaba era la del silencio. Aguantar.

La mayoría de las mujeres de Artelana sufrieron esta violencia. No hablan de eso. Corre el rumor de que volverá. Clovelia sobrevivió sola con su hija, hilando ruanas que vendía a los esposos de otras campesinas. Quería que su hija pudiera estudiar y se instaló en el pueblo para eso. Fue allí donde, seis años después, volvió a creer en el amor. Tuvo dos hijos más e iba y venía a la vereda para apoyar a su esposo en el trabajo del campo.

En 2008 Gloria Calderón la visitó en Corral Falso. Le comentó que había un proyecto para conformar una asociación de mujeres para defender el Páramo del Almorzadero, para trabajar con la lana.

Y una vez más, delante de los equipos calificadores de los proyectos del DPS, recordó que tuvo que enfrentarse al machismo tradicional de su pueblo. En parte, la inspiración le vino de Gloria Calderón, una mujer de 1,75 acostumbrada a hablarle fuerte a los hombres, heredera de la lucha de su padre y principal impulsora de un cambio de vida para las mujeres.

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ENCUENTROS QUE CAMBIAN VIDAS

Gloria Calderón mostró su temperamento a los seis meses edad. “Mi mamá sufría mucho con mi terquedad y mis locuras desde niña. Esta cicatriz que tengo acá en la cara, se me hizo porque caí encima de unas botellas, me rompí la cara y casi me saco un ojo”. Y toda la vida ha sido así. Su hablar rápido desvía rápidamente la atención de esa cicatriz que se esconde fácilmente en el rostro moreno.

Gloria es hija de Martín Calderón, un reconocido líder de la región asesinado por grupos armados en 1988. Ella tenía 14 años. Martín luchó contra los altos impuestos que pagaban los campesinos y Gloria heredó sus ganas de cambiar las cosas. Ser mujer no fue desventaja. Su estatura y su templanza iban por delante del machismo.

A los 17 años se convirtió en madre soltera. No se amilanó. La lana que trabajó su mamá, como lo han hecho las abuelas desde siempre, le ayudó para terminar el bachillerato. Su vinculación con Artelana no es fortuita. Sin embargo, tiempo pasaría antes de llegar allí.

Durante la época de la violencia en Cerrito, fue la inspectora de policía. Los hombres no se enfrentaban a su mando. “Sacaba 150 campesinos a la carretera a arreglar la vía”. Y era apenas una joven de 22 años. Ya para el 2000, Gloria trabajó como secretaria de gobierno y cuando terminó el contrato, se puso a hacer documentos en computador a los campesinos. También vendió tamales. Eso, sin desvincularse de la defensa del páramo. En 2005, La ong Censat Agua Viva le permitió conocer procesos similares en Arnato, Támesis, Medellín, Bogotá. En 2008 reactivó Asomuarce, conformada desde 2005 sin mucho movimiento. “Tomé la decisión de irme vereda por vereda y barrio por barrio”. Y fue entonces cuando entró en confianza con Clovelia Antolines, hoy, representante legal de Artelana.     

Varias reuniones después las mujeres decidieron asociarse. De 30 mujeres que en un principio conformaban Asomuarce, se pasó a 350. Dieron 5 mil pesos para papelería y los trámites legales. Y la gente empezó a asustarse: “Si no dejan explotar el carbón, ¿de qué van a vivir?”, les preguntaron. Ellas pensaron en la lana.

El destino de estas mujeres campesinas, que consiste en criar hijos, cocinar a los trabajadores del campo e hilar solas para hacer ruanas, se torció para mejor. Y entonces, fueron los maridos los que se asustaron. A Clovelia su esposo le dijo que tenían que devolverse a la vereda.

Antes de arrepentirse de hablar a los representantes del DPS, Clovelia se acordó que tomó una de las decisiones más importantes de su vida: le respondió a su esposo que no se devolvía. Y con esa fuerza, Clovelia presentó el proyecto. Y pasó en segundo lugar. “No me acuerdo de lo que dije”.

Gracias al proyecto del DPS, Artelana recibió 22 millones en maquinaria, pero casi que no. El DPS les pedía una contrapartida de 6 millones y ellas solo tenían dos. “Empezamos a buscar junto con Gloria a la Alcaldía. El alcalde, Sabino Ramírez, nos ayudó con los 4 millones”, si no, habrían perdido el esfuerzo hecho y ya se sabe que estas mujeres no dan un paso atrás. El Sena Málaga las capacitó y las apoya en la consecución de socios comerciales. Gracias a la hija de una de sus compañeras que vive en Canadá, enviaron allí muestras de sus prendas y están listas “para que las prendas elaboradas por estas mujeres campesinas tejedoras de vida y de ilusión lleguen a los lugares más remotos del mundo”, señala Gloria. Ellas ya han visto volar sus prendas más allá de su imaginación.

DATOS

* Cinco millones de pesos en promedio venden mensualmente las mujeres de Artelana con sus productos.

* Asomuarce nació para defender el Páramo del Almorzadero, que es donde pastan las ovejas, además de fuente hídrica. De Asomuarce nace Artelana. German Garcés, subdirector del Centro Agroempresarial y Turístico de los Andes, deja claro que una de las metas del Sena es mejorar la calidad de vida de las mujeres.

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