domingo 09 de febrero de 2014 - 1:16 PM

El sueño de otra mujer que el ácido acabó en Bucaramanga

Internada en el HUS, la mujer atacada con ácido en el centro de Bucaramanga narró detalles de cómo fue agredida y señaló a su expareja como el único responsable de lo ocurrido.

Ella no pensó ser la protagonista de las páginas escritas por otros. Ella quería ser la protagonista de la nueva historia de su vida, del camino que se había prometido emprender 37 años después de luchar incansablemente por recobrar su dignidad, alejada del sufrimiento, las heridas del alma, el odio, los ‘amores perros’, el trago barato, las noches de copas y el llanto en soledad.

Salió corriendo y dejó al “hombre malo” que la sometía, un amor oscuro y enfermo que la llenó de cicatrices, que le cortó las alas desde hace 13 años, que la acercó a las drogas, a la prostitución y que la impulsó a dejar en manos de otros a sus tres hijos.

Pensó que había encontrado el amor libre, alguien que no cortara los besos con puñetazos, que no castigara con cuchillos, patadas y malas palabras. Pero la ilusión duró poco y su tragedia ahora los separa. 

Ese nuevo amor se quedó esperando en la residencia del centro donde habían acordado verse. Allí no ha regresado desde la noche del 24 de enero, cuando sintió que algo le quemó el rostro y el lado izquierdo de su cuerpo, dejándole una marca indeleble.

Tal vez no vuelva a la vida en las calles. A lo mejor emprenda rumbo a su pueblo natal, Ábrego, en  Norte de Santander. Lo cierto es que Luby Guerrero Peñaranda, la más reciente víctima de un ataque con ácido en el centro de Bucaramanga, hoy pasa sus días en la Unidad de Quemados del Hospital Universitario de Santander, HUS, donde el personal médico trata de devolverle las ganas de vivir y parte de su rostro. 

No recibe visitas, debido a la gravedad de sus heridas y por seguridad, ya que según cuenta el personal de vigilancia y los amigos que acuden a visitarla, el hombre que ella señala como el responsable del ataque ha intentado ingresar al hospital.

En medio del llanto y los sedantes, pide que no la olviden y que sus atacantes paguen prisión por lo que le hicieron.

“Sé que fue él”

“Era una mujer que llevaba puesta una gorra y el cabello recogido. Yo iba por el puente peatonal de la calle 35 (con carrera 15). Eran las 10:00 de la noche. Estaba trabajando. Cuando cayó el ácido en mi cara sentí morir. Nadie me quería ayudar, solo gritaba desesperada, porque sentía que algo se comía los huesos de la cara. Me subí sin su permiso a la motocicleta de un hombre que pasaba. Arrancó a toda velocidad hasta llegar al hospital”.

Ludy trata de acomodarse en la cama mientras trae al presente sus recuerdos.

Por momentos, un programa de televisión la distrae, pero mira su cuerpo vendado y vuelve a su desgracia.

Una enfermera la interrumpe. Le trae una botella con un suplemento alimenticio. Ella bromea. Pregunta si es Bienestarina, el alimento que le dan a los niños desnutridos, “así como yo”, remata.

Ambas se ríen. El líquido espeso es lo único que la alimenta. No quiere ingerir nada sólido. “No me da hambre. Así quién quiere comer”, dice.

Asegura que no recuerda el rostro de la mujer que la atacó. De lo que sí está segura es que el ataque fue un mensaje de su expareja, un vendedor de relojes y perfumes del centro, “una pesadilla”, consumidor de drogas, que según cuenta, vive en el sector de Morrorico.

“No fue otra prostituta, como dicen por ahí. Fue él. No es un secreto para nadie. Me ha amenazado varias veces de muerte. No pudo obligarme a estar con él y mandó a que me echaran eso (ácido) en la cara”.

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Dice que lo conoció cuando tenía 17 años, en la época que vendía aretes en las calles.

“No me gustaban las ‘compincherías’, estaba todo el tiempo sola, pero lo conocí y me enamoré. Él tenía 22 y había vivido más que yo”.

Mientras habla, las vendas que le cubren el rostro se pegan y se despegan de su piel,  lo que deja ver el daño irreparable que le causaron.

Algunos médicos que la atendieron al llegar a urgencias recuerdan que Ludy ingresó con el rostro negro, color que toma la piel lesionada con esta clase de sustancias.

Los galenos pensaron que podían quitarle la piel quemada con un lavado, pero no fue así. El ácido la invadió, en especial, la zona del cuello, lo que complicó las heridas.

Esa no es su única dolencia. Se toca el abdomen, donde parece que debajo de la piel tuviera una bola de billar.

“Es una hernia que deben operarme. No le hice caso a eso y mire cómo la tengo. ¿Usted no tiene una faja que me preste para que no se me vea así?”, comenta al limpiarse las lágrimas.

Lejos de su familia

Ludy comenta que ni la iglesia, ni los grupos de oración, ni los colegio y mucho menos la calle han logrado cambiar su vida. “No sé cómo dejar las drogas”, dice.

A los 15 años partió de su casa y viajó rumbo a Bogotá, donde le ofrecieron estudio y trabajo en una casa de familia. Todo fue una ilusión.

“Vendía limonada en el parque de mi pueblo con mi mamá. Una mujer me propuso el viaje y me llevó. No podía estudiar, debía lavar platos, cocinar, limpiar… Nada fue como me lo prometieron. Llegué hasta quinto de primaria. Regresé a mi pueblo y luego me vine para Bucaramanga”, recuerda.

De sus relaciones sentimentales han nacido tres hijos. El mayor tiene 18 y vive con su abuela. El de 15 años está con una familia que lo acogió, luego de que el Icbf interviniera y se lo quitara. La menor tiene 12 años. La niña vive con su papá. Este hombre, según cuenta Ludy, los acogió a todos en una época y lograron tener una familia. Sin embargo, el hogar duró poco y se separaron. 

“Mi familia no sabe lo que me pasó. No les voy a contar para no preocuparlos y no creo que  puedan ayudarme. Mis hijos son juiciosos. Me respetan y nunca me han juzgado por mi adicción y mi trabajo. Ellos nunca me han visto en nada de eso. Quiero recuperarlos y salirme de esta vida”, asegura.

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El momento de la visita termina. En aquella habitación, con aspecto de hospital de infantería, la luz que entra por las ventanas cae y el resto de pacientes duermen. Ludy no se quiere quedar sola, pero es hora de descansar.

“Uno cree que va a ser lo mismo que en la casa, que la calle brinda todo, comida, abrigo, compañía. Nunca fue así. Me resigné y empecé a rodar por el mundo. Duraba día y noche en la calle. Jamás me había ocurrido algo y mire. Todo por las malas amistades”, comenta mientras se cubre con una sábana.

Los médicos pronostican que Ludy estará al menos seis meses en el HUS. Son más de diez intervenciones las que deben hacerle, pero eso, según dice, no le preocupa tanto como la soledad y la discriminación que podría vivir.

“¿Es verdad que la dueña de la pensión donde vivo no me va a dejar entrar porque quedé así? Me dijeron que me iban a vetar por eso, para no correr riesgos, porque ese hombre les puede hacer algo. ¿Para dónde me voy a ir así?”.

Otra vez entra en llanto y pide que la dejen descansar.  

MALTRATO TRAS MALTRATO

Amigos de la víctima y trabajadoras sexuales del centro que pidieron reserva de sus nombres por temor a ser atacados, contaron que Ludy Guerrero era maltratada desde hace varios años por su expareja.

“La hernia que tiene fue producto de una golpiza que este hombre le dio. Según contaron, estaba embarazada en ese momento”, aseguró uno de los testigos.

“Le tenemos miedo. El novio de Ludy no sale de la pensión donde vive, porque teme que lo ataquen también. No entendemos por qué la Policía no actúa”, comentó un habitante del sector.

“SIGUE EVOLUCIONANDO”

El director de la Unidad de Quemados del Hospital Universitario de Santander, el doctor Carlos Ramírez, aseguró que la paciente está estable y que evoluciona satisfactoriamente.

“La mayoría de la afectación está en los tejidos blandos de la cara, el cuello y el tórax. Su ojo izquierdo fue afectado, pero hemos visto evolución. Estará internada de dos a tres meses”, asegura el especialista.

¿QUÉ DICE LA LEY?

-La persona que cause lesiones a sus víctimas con ácido deberá pagar una condena entre 6 y 10 años. Si el ataque con determinada sustancia es contra el rostro y cuello, la pena mínima serán 8 años y la máxima de 15 años.

-Según el artículo 53A de la Ley 1438 de 2011,  que reforma el sistema general de seguridad social en salud, las atención médica de las víctimas de cualquier tipo de ácidos o sustancia similar o corrosiva que les  genere algún tipo de deformidad o disfuncionalidad estará a cargo del Estado.

-La Ley 1639 de 2013 habla en su artículo 4 de la creación de la ruta de atención integral para las víctimas de ataques con ácidos, que además de suministrar información a las autoridades deberá orientar a las víctimas sobre “los derechos, medidas y recursos con los que cuenta, los medios judiciales, administrativos y de atención en salud”.

DATO

Seis personas han sido atacadas con ácido en Bucaramanga y el área metropolitana desde el año 2006 a la fecha.

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