domingo 24 de junio de 2012 - 12:16 PM

‘Lauchita’, el cómplice del río Fonce

Hace cinco años este guía de canotaje de San Gil perdió la visión, en medio de una detonación de rocas. A pesar de su limitación visual, sigue dedicado a este y otros deportes extremos. Actualmente se prepara para representar a Santander en los Juegos Nacionales paralímpicos, en la disciplina de natación, en noviembre.

Si bien es cierto que a Juan Gabriel Espinel la detonación de varios kilos de dinamita le robaron su sentido  más preciado, el de la vista, no le arrancaron las ganas de vivir y de hacer lo que más le gusta: atravesar el río Fonce, ya sea nadando o remando en una lancha rápida de canotaje.

‘Lauchita’, como es conocido por todos en este turístico municipio, se pasea con sus gafas negras, su delgado bastón, un pequeño morral, camiseta y pantalón corto. Siempre lleva su melena negra recogida, que asegura, cortará dentro de poco y la donará a una persona que padezca cáncer.

Hace bromas sobre su discapacidad con sus amigos,  ofrece sus servicios a los visitantes, se sube en  lanchas rápidas, da instrucciones y por más extraño que parezca, se encarga de coordinar la toma de fotografías a los turistas que se embarcan en la aventura de descender desde lo alto del Fonce hasta las playas del parque Gallineral.

‘Lauchita’ es un ‘duro’ con el remo. No ve “ni media”, como dice uno de los instructores, pero cuando se mete en el papel de guía de canotaje lo hace con el mayor de los profesionalismos. “Conoce el río más que nadie, pues se crío brincando y saltando sobre sus aguas”, añade Diego, uno de sus amigos.

¿Quién es este cómplice del Fonce? ¿Qué ha hecho para superar su discapacidad y qué lo motiva a practicar deportes extremos? Fue necesario ver en acción a Juan Gabriel Espinel para entender por qué es todo un símbolo de la perseverancia en el deporte paralímpico de Santander.

La llegada a San Gil

Décadas atrás, ‘Lauchita’ tuvo que enfrentar la soledad y la falta de su familia de sangre. Por aquellos días todo era distinto. A pesar de haber nacido en Bucaramanga, su mamá lo trajo hasta una finca guanentina, pero allí no se pudo hacer cargo de él. Así que antes de abandonarlo en cualquier hogar sustituto, lo entregó a una familia campesina de la zona rural de San Gil.

Con el paso de los años, Juan Gabriel fue acogido por otras familias, hasta llegar a un barrio cercano al Hotel Bellaisla, invadido por el sonido de las aguas del Fonce.

Ana Virginia Ayala era la encargada del sustento de ‘Lauchita’ cuando este comenzó a “descarrilarse”. “Sólo quería andar de arriba para abajo con sus amigos, practicar microfútbol y aprender a nadar. Cosas de chinos”, recuerda.

Cuando tenía 13 años e iniciaba su curso de tercero primaria, su escuela lo rechazó, porque no tenía los documentos al día. Ni él ni Ana Virginia se habían percatado de esto. La solución fue buscar otra familia sustituta que le prestara los apellidos. Juan Gabriel, finalmente, fue bautizado y recibió su partida.

“En la Casa Cural de San Gil figuro con los apellidos Ortiz Ayala (risas), pero soy Juan Gabriel Espinel… El papel aguanta todo…”, comenta este atleta.

Tras el fallecimiento de Ana Virginia y antes de medírsele a recorrer el fío Fonce, este sangileño de corazón se empleó junto con Pedro Miguel Uribe, un nuevo padre sustituto, como jardinero. Los acompañaba en este trabajo su nueva madre, María Isabel Uribe. Los tres se trasladaron a vivir a Curos.

En su primer salario cortando árboles recibió 24 mil pesos, cifra que lo emocionó y lo llevó a buscar  labores similares.

Un nuevo empleo lo retornó a la ‘Perla del Fonce’. Un ingeniero amigo llamado Erick y su esposa Carmen le enseñaron a instalar tuberías, a reventar piedras con explosivos y a fabricar juegos artificiales.

Nace en estos mismos años su amor por el atletismo. “Así empezó mi vicio por el deporte”, dice mientras espera que llegue un bote de turistas a la playa del parque Gallineral y lo dejen subir para hacer su demostración como guía.

“Me iba bien en los campeonatos de atletismo que organizaban en otros pueblos. Recuerdo que me gané en una competencia 40 mil pesos y eso me motivó a seguir”, expresa.

Por aquellos días, cuando ya completaba los 18 años, ‘Lauchita’ empezó a retar el cauce del río Fonce. Todos los domingos en la mañana bajaba a practicar la natación, deporte que había aprendido desde muy niño.

Poco a poco, el afluente le abrió campo y se volvieron grandes cómplices. 

En medio de lanchas y dinamita

“Lo del canotaje llegó a mi vida por pura curiosidad. Cuando veía a la gente con chalecos salvavidas, cascos y cuerdas decía ‘eso no tiene nada de extremo’, flojos es lo que son. Pero en 2004, cuando se realizó un campeonato nacional en este municipio para alcanzar varios puestos al mundial de rafting, me emocioné. Me dije por qué no aprender, qué tal que me vaya bien”, recuerda ‘Lauchita’.

Como pudo recogió 300 mil pesos y pagó su inscripción a un curso. Fue allí donde lo apodaron ‘Lauchita’, debido a su extraña forma de nadar.

Roberto Neira, propietario de un establecimiento dedicado a los deportes extremos, vio el potencial de Juan Gabriel y le abrió un espacio en su empresa. Además de iniciarse como guía de canotaje, el atleta aprendió la fabricación de botes.

Esta labor la desempeñaba sólo en la mañana. En las tardes laboraba reventando rocas en carreteras y minas.

El día que Juan Gabriel Espinel vio por última vez, estaba parado frente a una carga de dinamita, a punto de destruir una gran roca que obstaculizaba la construcción de una carretera cercana a San Gil.

Él trabajaba con dos personas más. Cada uno con una función clara, que dependía del grito “listo, hágale”, dado por ‘Luchita”.

Nadie se explica con claridad lo que pasó. Al parecer, un campesino que por allí pasaba alzó la voz por saludar a un compadre mientras Juan Gabriel alistaba la carga. El compañero de ‘Lauchita’, encargado de conectar los cables pensó que era el llamado y activó la carga explosiva.

“La carga me estalló en la cara. Quede consciente pero muy lesionado. Desde ese día, un 26 de octubre, a mis 22 años, no volví a ver”, recuerda.

El ‘maestro’

¿Aceptaría que Juan Gabriel Espinel fuera su guía en una lancha rápida de canotaje por el río Fonce?

Una familia de turistas de Bogotá mira con desconfianza a ‘Lauchita’ desde que toma el remo, se sube al bote y comanda la pequeña embarcación.

“¿Este es el guía ciego que salió el otro día por la televisión, mami?”, pregunta un pequeño al ver al guía invidente.

La madre responde de manera afirmativa y mira a su esposo queriéndole decir algo. Otro de los navegantes fija la mirada en las aguas del Fonce y se limita a decir “está como calmado el río, ¿no?”.

Cuando la familia se da cuenta que ‘Lauchita’ no va sólo, que guías como Diego lo acompañan en el recorrido remando, y lo escuchan contar las historias de cada uno de los tramos del afluente, la sensación de miedo desaparece.

“Mis compañeros me tocan cuando me equivoco al contar algo en particular del río. Aunque no veo sus aguas, recuerdo muy bien sus zonas rápidas y lentas. Mucha gente se queda asombrada y a veces hasta me dan indicaciones”, dice este valiente guía.

“Mi labor ha motivado a muchos a practicar este deporte. Otros le han perdido el miedo al agua y regresan. Como no los veo me dicen “oiga el otro día recorrí el río con usted”, narra Juan Gabriel.

Antes y después del accidente, ‘Lauchita’ ha tenido toda clase de emergencias en el agua. Algunas personas, como él cuenta, entran en pánico cuando caen y tragan agua. Otras, por la furia del río y la falta de experiencia, se han golpeado. Pero “nada que no se pueda controlar. Así son los deportes extremos y de aventura”, comenta el atleta.

Por ahora nada lo distrae. Quiere recibir todos los reconocimientos en los Juegos Nacionales Paralímpicos que se disputarán en Cúcuta este año, como lo hizo en 2010 en un mundial de canotaje en Costa Rica, en donde acompañó a la selección de Santander y fue el único deportista invidente del certamen.

En medio de risas, Juan Gabriel asegura que lo único que lo puede curar es la “resigna”, es decir, “la resignación”. No cree que exista en el momento un trasplante de ojos, una cirugía que le devuelva la visión y tampoco la ha buscado.

“No me centro en el ahora, sino en el futuro. Pienso mucho en los años que vienen y me concentro en trabajar para alcanzar todas mis metas como deportista. Lo más difícil es aceptarme como soy y superar mi discapacidad. No existe los impedimentos para mí”, concluye.

Publicado por
Lea también
Publicidad
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad