domingo 03 de enero de 2010 - 10:00 AM

‘Limpiarse’ estando preso

Raúl logró quitarse de encima esa incontrolable ansiedad de aspirar cocaína, y lo hizo a ‘palo seco’. Le costó lágrimas y mucha paciencia porque esta es la cuarta vez que intenta desintoxicarse y dice que después de cuatro meses sin fumarse un cigarrillo, ya no quiere imaginarse lo que sería recaer.

Este joven de 26 años, que creció en Girón hasta que lo sacaron a la fuerza para meterlo en la cárcel, es unos de los 47 integrantes de un singular grupo de presos que pagan su condena mientras intentan abandonar su adicción a las drogas en la cárcel Modelo de Bucaramanga. Raúl ha tenido dos entradas a la cárcel que ya suman casi nueve años. Era ladrón, andaba armado y motorizado atemorizando a quien se le atravesaba. Pero había algo más. Así como robaba también se atiborraba de cocaína.

La carrera con las drogas comenzó cuando tenía 12 años de edad y eso no cambió estando preso. Ya muchos lo conocían y cuando llegó a la Modelo, una de las cárceles más hacinadas del país, Raúl siguió consumiendo lo que el cuerpo le pedía. Y aunque los costos se incrementaron, su adicción no disminuyó.

'Yo era de los que duraba dos y tres días metido en una ‘olla’ consumiendo ‘perico’. Pero acá todo es más caro. En la calle compraba un pocotón con $200 mil y en la cárcel venden ‘una cosa de nada’ por $5 mil. Pero no me importaba endeudarme', dice.

Las cuentas de Raúl por consumo de cocaína podían llegar a los $ 400 mil semanales. Algo parecido le pasaba a Rodrigo, un ex paramilitar del Valle del Cauca que terminó en Bucaramanga donde lo capturaron y condenaron por tráfico de armas y rebelión.

Rodrigo lleva preso cinco meses de los 72 que tiene que pagar y fuma marihuana desde los 12 años. Su rostro no aparenta más de 20, pero su mirada parece la de un anciano. Lejos de su tierra y sin nadie que lo ayude con sus gastos, hizo ‘de todo’ para solventar su adicción en los dos patios donde permaneció hasta hace 28 días.

Él sólo menciona que lavaba ropa ajena. Pero una cosa lo llevó a la otra y hace más de un mes intentó quitarse la vida cortándose las venas.

Por eso terminó en la ‘casa’. 'Me estaba desangrando y cuando me llevaron a la enfermería llegó ‘el profe’, firmó los papeles y me sacó', cuenta.

La ‘casa’ no es otra cosa que uno de los patios de la cárcel Modelo de Bucaramanga y para llegar a ella hay que atravesar un largo pasillo que llaman ‘La 36’ y dejar atrás los patios donde permanecen separados paramilitares, guerrilleros, delincuentes comunes y presos políticos.

Pero es un patio especial. Allí no hay celdas sino grandes dormitorios llenos de camarotes, un comedor, una cocina, árboles y una gran pileta de plástico donde permanece una iguana que se ha convertido en la mascota de la ‘casa’.

El ‘profe’ es Heriberto Flórez, un dragoneante que lleva 20 años trabajando en el Inpec y que tiene un largo recorrido con jóvenes delincuentes. Él es el fundador de la ‘casa’, la primera de este tipo en Colombia, y quien la dirige hace nueve años.

Pero lo de Rodrigo fue una lotería, porque esta ‘casa’ que funciona donde antiguamente quedaban los calabozos, tiene tanto pedido, que las solicitudes se arruman en la oficina de ‘el profe’ y su actual cupo para 40 presos, ya superó el límite.

Y hay varias razones para querer estar en esta ‘casa’ que Flórez bautizó como Comunidad Terapéutica Nuevos Horizontes. Quien logra entrar a este lugar sabe que puede conseguir algo de tranquilidad si realmente lo desea, y que además de quitarse un vicio de encima, o por lo menos intentarlo, también obtiene ciertos beneficios que están prohibidos en cualquier cárcel, como por ejemplo, tener una mascota.

Rodrigo, que hasta ahora empieza a encontrar la calma, dice que puede hacer llamadas telefónicas, que ya no se preocupa porque le roben sus pocas pertenencias y que duerme tranquilo en una cama que es menos dura que el piso de un pasillo. Y lo más importante, durante el día realiza tantas actividades terapéuticas que no tiene tiempo de pensar en su adicción a la marihuana y mucho menos en que quería dejar de vivir.


El otro dios, la disciplina

Según una investigación que realizó la Universidad Pontificia Bolivariana a través del Vespa (Vigilancia epidemiológica de substancias psicoactivas) a finales de 2007, se encontró que cerca del 65% de la población carcelaria en la Modelo fue consumidora o tenía graves problemas de consumo de marihuana, basuco, cocaína y alcohol.

De ahí que la demanda para ingresar a esta comunidad terapéutica supere cualquier expectativa, aunque todos en la Modelo saben que quien quiere desintoxicarse en este lugar debe hacerlo a ‘palo seco’, sin ayuda de medicamentos y sólo con la compañía de terapeutas, psicólogas y de los mismos integrantes del grupo, que poco a poco se van convirtiendo en hermanos mayores de los recién llegados.

'Todo el mundo me decía que era difícil permanecer en la Comunidad', dice Rodrigo. Y sí que lo es. El dragoneante Flórez lo resume de la siguiente manera: después de Dios, el otro dios es la disciplina.

Y es que hay unos requisitos inquebrantables para poder entrar. Los presos que se postulen deben ser menores de 35 años porque todo en la ‘casa’ se trabaja de común acuerdo. Y tienen que tener entre 2 y 10 años de condena porque lo que se busca es que cuando se superen los 18 y hasta 24 meses del proceso, el joven esté cerca de la libertad para entregarlo a la familia.

'Acá si toca bailar, todos bailamos, si se practica un deporte en especial, todos lo hacen. La política terapéutica es que todos hacemos de todo porque es necesario que el joven esté totalmente ocupado', dice Flórez.

Con Raúl, ‘el profe’ ha tenido una paciencia de acero. 'Cuando solicité entrar a la comunidad fue porque alguien me dijo que era buena para dejar las drogas, para cambiar de actitud, pero que no era fácil', dice.

Raúl lleva preso más de 40 meses y ha entrado y salido cuatro veces de la Comunidad por infringir reglas como la prohibición de manejar dinero.

La lista es larga. Hay normas para todo: el que se fuma un cigarrillo debe abandonar la ‘casa’, solo una persona puede prender y apagar el televisor y la luz, y para lavarse los dientes tienen un minuto contabilizado, lo mismo que para guardar el cepillo y la crema dental.

'Muchos nos critican porque creen que los robotizamos, pero es necesario porque afuera ellos no le hacían caso a nadie. Y debido a la presión que ejerce la ‘casa’, ellos se sueltan a seguir en el proceso. Por eso cuando llegan, ellos mismos transcriben el reglamento y firman un contrato de conducta que incluye no usar la violencia física o verbal, no robar y no tener armas', explica el dragoneante Flórez.

Y es que apenas se ingresa a la Comunidad, en la segunda puerta hay una línea blanca que todos llaman ‘fuerza de voluntad’. 'Es un símbolo. Se les dice que todo el que cruza esa línea es porque tiene fuerza de voluntad, pero sabemos que el adicto en potencia no la tiene y nos dedicamos a trabajar la fase depresiva y el síndrome de abstinencia', agrega Flórez.

Raúl dice que estando en el patio de delincuentes comunes se cansó de sufrir y llorar y por eso lamentó tanto la última vez que lo expulsaron de la Comunidad.

'No volví a consumir y por ese lado me siento contento. Yo creo que por eso me recibieron de nuevo. Estando en el patio, como quería volver a la ‘casa’, me puse a vender hamburguesas y perros calientes y hasta empecé a darle algo de dinero a mi mujer. Me pagaban con droga y claro, me tentaban. A veces, al día recogía 10 y hasta 20 bolsas de ‘perico’ y también de marihuana. Pero no me dejé ganar. Eso sí, fumaba cigarrillos para matar la gana, pero el mismo sabor terminó por hastiarme', dice Raúl.

Por su parte, Rodrigo no niega que los primeros días quería regresar a su patio para poder consumir. A los 15 días le dio otro arranque pero todos en la ‘casa’ lo apoyaron.

En la ‘casa’, ese lugar que busca ser la cara más amable de una prisión donde conviven apretujados más de 2000 hombres, Rodrigo puede hablar con su familia, lo que considera  un lujo, y Raúl aprendió a tallar cuadros que vende hasta en $500 mil.

'Al que le van a dar le guardan', dice Raúl.

Al fondo de un gran salón que atraviesa la ‘casa’, se oye contar en voz alta al grupo de 47 hombres que hoy integran la Comunidad. Todos hacen ejercicio perfectamente uniformados.


EL PROCESO

* Los primeros 15 días son de prueba. Se les deja hacer lo que quieran, pero internamente ya hay quienes los están ayudando. Se les informa las reglas de la Comunidad.

* Luego empieza la primera fase que dura seis meses. Siempre hay que participar, de lo contrario, de vuelta al patio. Hay que levantarse a las 5:30 a.m. y no se pueden utilizar las camas durante el día. En este tiempo se empieza a reconsiderar que es posible dejar la adicción.

* En la siguiente fase se trabajan capacidades, temperamentos, talentos y liderazgo. 'Esto es pura superación personal', dice Flórez. Se empieza a pensar en desarrollar un proyecto de vida y la familia es fundamental.

* El último paso es el Club Nuevos Horizontes, que es cuando el preso recobra su libertad y puede vincularse al Club donde están antiguos presos recuperados y sus familias. Hoy hacen parte de este Club, 96 personas.

 

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