Tecnología
Domingo 26 de mayo de 2013 - 12:33 PM

Cómo es un día con y sin celular

La propuesta era simple, en apariencia: ¿Qué pasa si solo se depende del móvil para un día de trabajo? ¿Y qué sucede si se prescinde de él totalmente?

Cómo es un día con y sin celular (Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)
Cómo es un día con y sin celular (Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: COLPRENSA

Somos periodistas y nuestro trabajo se centra en la rapidez para encontrar recursos, personas, y en nuestra capacidad para poner en palabras rigurosas y veraces una información, aun bajo mucha presión. Implica estar conectados todo el tiempo, así como ser veloces a la hora de procesar información.

Por ello, esta experiencia, en polos opuestos, que deja ver esas posibilidades, interesantes, que muchas veces facilitan la vida, y también esas que se pierden cuando no dejamos de mirar el celular y se nos olvida que más allá de este, hay un mundo.

Tal vez la conclusión es el equilibrio y el dicho aquel de ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. La tecnología está para ayudarnos, pero, también, para seguir siendo nosotros. En este caso, periodistas capaces de estar moviendo los dos pulgares, tan rápido como escribiendo sin que un mensaje que interrumpe se nos lleve la idea.

SIN TELÉFONO MÓVIL: UN HUECO EN EL PECHO PARA UN LENTO DÍA EN CALMA

Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO

Me acordé del día que mi mamá compró su primer celular. Vivíamos en un pueblo y había que colgarlo de la ventana. El único lugar donde “cogía” señal. Entonces el teléfono fijo todavía repicaba muchas veces y el celular aquel solo servía para llamar, y contestarle, a la única persona que conocíamos que también tenía uno de esos.

No era difícil vivir sin él, pero después de tantos años, tal vez diez o más, no recuerdo, no tenerlo un día completo produce un huequito en el pecho de que algo falta.

Mi iPhone se quedó en casa, encima de la mesa del comedor, prendido. Siete y media de la mañana. No lo revisé desde la noche anterior.

El compromiso era no mirarlo, no llamar a nadie que tuviera móvil y trabajar con el teléfono fijo y el computador. Sin el pc hubiese sido todavía más difícil, quizá posible quedándose en casa, pero trabajando, con artículo para escribir, me hubiera ganado una mirada seria, con ceño arrugado y todo, de mi jefe.

Primera reportería. 7:40 a.m. Había que estar a las ocho y, si el taco de la avenida Las Vegas no hubiera estado, hubiésemos, fotógrafa y yo, llegado a las ocho, pero el embotellamiento nos robó los 20 minutos y yo sin celular para llamar a don William a decirle que iba retrasada, ni mucho menos el número para pedir prestado un teléfono y llamarlo, pues estaba anotado en el iPhone.

Don William fue paciente y no se fue, aunque me quedé con ganas del tuit: “A las 8:00 de la mañana uno no se mete a Las Vegas, para eso está la Regional”. Algo así. Era más ingenioso, pero ya no me acuerdo y me quedó muy mamarrachudo en la libreta.

Después, mi ojo izquierdo solicitó ir a urgencias y le hice caso. Me aburrí mientras me atendían. Además del celular se me quedó el libro. Si en Twitter hubieran avisado que se acababa el mundo, yo estaba viendo la pantalla de la clínica, con su video cíclico.

Entonces necesité el celular: había que llamar a Mario, el jefe, a decirle que no estaba trabajando. La secretaria esa no me prestó el teléfono y la señora que estaba de primera en el público me dijo que ese se le acababa de robar los 200 pesos. Yo la miré, le dije voy a probar, le eché la moneda de 100 pesos y pasó derecho. Lo volví a intentar y contestó Mario, pero la señora seguía sin llamar. El rojo ese no quería sus monedas. Yo no tenía más.

Luego me preguntaron la dirección de mi casa y no la supe, porque la sabe el iPhone, averigüé por la hora porque el reloj es el celular, no tuve que revisar que en el taxi no se me quedara el aparatejo, el fotógrafo me hizo el reclamo respectivo: “Te llamé dos veces y te escribí otras dos”, usé el teléfono fijo, revisé los correos en el computador, a mi jefe se le olvidó y me preguntó si tenía señal. La vida pudo seguir, con el huequito aquel y todo y, sospechosamente, tranquila: nadie me molestó, a nadie le rechacé la llamada y escribí como debería escribir siempre: con mis interrupciones, no con las de los demás.

Lo difícil fue mi mamá. A las 6:00 de la tarde, yo que hablo con ella hasta tres o cuatro veces al día, porque ella sigue viviendo en el pueblo aquel llamado Riosucio (Caldas), no había podido hablarle: mi mamá hace tanto tiempo que no tiene teléfono fijo. Tal vez desde cuando no tuvo que volver a colgar el celular de la ventana.

Diez de la noche. Carga del iPhone: 90 por ciento. Treinta y cuatro llamadas perdidas. Mi mamá me llamó tres veces. Mi alumna desesperada, unas seis. Doce mensajes de Whatsapp. Dos de iMesagge (Freddy y Carolina se olvidaron de mí). Cinco tuits. Uno de Natalia, que le contaba a la gente que estábamos en estas. Dos mensajes de voz. La misma Mónica.

EL MUNDO SE SIENTE MÁS LIMITADO DESDE ESTA PANTALLA

Por NATALIA ESTEFANÍA BOTERO

Nunca pensé que pasar un día exclusivamente en el móvil iba a resultar monotemático, desafiante e incluso doloroso. No lo anticipé así porque mi celular (tengo un iPhone 5, de Apple y en prueba un LG Optimus G, con Android) siempre me ha resultado atractivo, funcional para lo que lo utilizo y, como gadget, muy sexy. Al terminar las 24 horas en el móvil, no obstante, no quería volver a experimentar un segundo más en exclusiva con el celular. Me sentí limitada y eso que navegué, durante toda la jornada, entre aplicaciones y recursos, en teoría, útiles.

Al levantarme, revisé la utilidad del clima que viene con el teléfono y prendí TuneIn, para sintonizar la emisora de noticias de la mañana, que funcionó sin novedad hasta que me monté en el carro y el 3G del móvil me hizo imposible seguir sintonizada.

Al llegar al periódico, me conecté al wifi, revisé lo último en noticias en servicios como Flipboard, Zite y Feedly y entré a las versiones móviles de los periódicos. Por supuesto, Twitter es visita obligada. Pude suplir la búsqueda de las agencias de noticias que solo se puede hacer a través del software de edición del periódico y en el PC.

Descargué la aplicación de Google para buscar las posibilidades de Now (búsquedas predictivas) y me quedé con Voice Search. Al hacer clic en el micrófono le dicté mi consulta y el buscador me trajo los resultados.

¡Uf!, por lo menos me dio un respiro con el tecleo, con dos dedos, en la pantalla táctil. Para la mitad de la mañana ya tenía las articulaciones de la mano resentidas. Desesperada por todo lo que me quedaba por hacer desde el celular, acudí a mi bolsa de lapiceros y saqué un stylus pero la goma no me permitió ser lo veloz que necesitaba. Debía escribir 3.000 caracteres para antes de las 4:00 de la tarde.

Para entonces había optado por ir a Neu.notes para escribir a mano la lista de pendientes y en hacer muchas llamadas para evacuar entrevistas pendientes. El problema llegó cuando quise examinar un PDF de una investigación clave para mi texto, extensa y con gran cantidad de gráficas, de la que debía extractar un cuadro para pasar a diseño.

Usé el navegador Chrome, por rápido para localizar el texto y me quedé con Safari, porque me dio opciones de guardar el documento. Abrí una hoja de texto en Doc to Go y empecé a trasladar texto. En vista de la imposibilidad de trabajar la infografía, le tomé un pantallazo y lo guardé como foto. Así lo transcribí.

Todavía faltaba más de la tercera parte de la jornada y mi móvil, que empezó con una modesta carga del 40 por ciento, ya se había agotado por completo. Cargarlo me quitó movilidad. Así que me llené de paciencia. Lo tuve que cargar tres veces más. Hice video, grabé audio y busqué información de forma intensiva.

Resentí que mi celular no tuviera multitarea, no encontré la forma de pasar la entrevista que grabé a texto directamente, utilicé a Vdictation (para hacer dictados de voz que se convierten en texto), pero lo encontré limitado, y al final de la tarde, me di por vencida: saqué el teclado con conectividad bluetooth y lo emparejé al celular.

Fui veloz y eficiente, aunque para entonces ya la pequeña pantalla me tenía saturada. Tuve que enviarle por correo el texto final de mi artículo a mi compañera de puesto para que lo editara en el software de edición.

Pedí comida a través del móvil aunque me costó trabajo encontrar aplicaciones con sabores de mi gusto. No pude hacer un trámite en la página de Pasaportes de la Gobernación porque no tiene versión móvil y desconfié de mi conexión. Mi dispositivo me pareció, entonces, un estorbo ante mi urgencia.

Al final de la jornada, ni ganas me dieron de iniciar conversaciones por Whatsapp y tampoco me quedaron aliento ni pulgares para entretenerme. Fui a FoxTube a ver videos: por lo menos no tendría que teclear una letra más. Añoré, si he de confesar, el tiempo valioso que me quitó la búsqueda de opciones en el celular para la interacción humana.

Publicado por: COLPRENSA

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