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Jueves 19 de Enero de 2017 - 09:36 AM

El día en que se incendió la Plaza San Mateo

La explosión de varios cilindros de gas puso fin al edificio que fue el centro de comercio más grande de la Bucaramanga del siglo XX. Debido al incendio de la extinta plaza San Mateo, se construyó lo que hoy se conoce como Centroabastos.
Archivo/VANGUARDIALIBERAL
Una explosión puso fin al centro de comercio más grande de la Bucaramanga del siglo XX.
(Foto: Archivo/VANGUARDIALIBERAL)

El reloj marcaba las 3:50 de la mañana. A  esa hora de la madrugada, la ciudad aún estaba arrullada en el clima frío de los setenta. Ese martes no hubo sacrificio de ganado. Y ‘Los chulos’, como despectivamente llamaban a quienes repartían la carne, no trabajaron.

Por lo tanto, las pesas del Pabellón de Carnes de la Plaza San Mateo, las primeras en abrir al público, aún estaban cerradas. La emisora Radio Bucaramanga, ubicada en el segundo piso de uno de sus edificios, salía al aire a las 5:00 a.m. La ciudad todavía dormía.

Pero la apacible madrugada del 6 de febrero de 1979 fue interrumpida por la explosión de más de 20 cilindros de gas. Estallaron uno tras otro, obligando a la memoria de los más viejos a evocar una terrorífica noche en la época de la violencia’.

Un celador, al servicio de las Empresas Públicas, fue quien llamó a reportar la emergencia a la estación de bomberos: la plaza San Mateo, en el centro de Bucaramanga, estaba en llamas.

Sin embargo, cuando la ciudad pudo reaccionar, el fuego ya cubría gran parte de uno de los edificios de la plaza, el que se ubicaba en la manzana frente al Pabellón de Carnes.

La presión del agua no era suficiente para apagar las llamas. Las maderas de la Plaza San Mateo ardían mientras que las telas, los sombreros de jipijapa y los canastos colgados a las galerías de los puestos de mercado avivaban el fuego. Los bomberos llegaron indefensos con sólo dos máquinas. Los hombres perdían sus esfuerzos tratando de apagar un incendio que había cobrado vida propia.

En un intento desesperado, las autoridades ordenaron suspender el servicio de acueducto en otras zonas de la ciudad. Sin embargo, el agua no alcanzaba a  llegar al centro  con el ímpetu necesario para minar la furia del fuego.

A las 4:00 a.m., la quemazón ya se había apoderado completamente de uno de los edificios de la plaza y empezaba afectar los locales de la otra edificación, la del Pabellón de Carnes. Bucaramanga fue declarada en emergencia.

Comerciantes, empleados y dueños de locales, así como curiosos y clientes aún no informados de lo ocurrido llegaron a las 5:00 a.m. a presenciar las ruinas del edificio más antiguo de la San Mateo.

Los vendedores forcejearon con la policía al negárseles el ingreso, una vez fue controlada la conflagración. El parte de las autoridades era desolador: las pérdidas materiales ascendían a los $500 millones y los damnificados a 1.300.

Los comerciantes amenazaban con no abandonar sus puestos hasta que el municipio no les brindara una solución, pues el sustento de sus familias había sido arrasado por el incendio. Finalmente fueron desalojados.

Desde las 9:30 a.m., todos los secretarios y asesores de despacho del entonces gobernador Alfonso Gómez Gómez se acuartelaron en el Palacio Amarillo, reunión a la que asistió el alcalde de la ciudad, Roberto Cadena Arenas. Con el fin de conjurar la crisis y la especulación de acaparamiento, los dos mandatarios se comunicaron vía telefónica con el presidente Turbay Ayala.

Los damnificados fueron reubicados en el Pabellón de Carne y en otras plazas como la San Francisco. Otros prefirieron sacar las pocas mercancías y venderlas en la calle. Mientras que algunos se negaron a abandonar su propiedad en la casona incinerada; a las autoridades no les quedó más remedio que construir puestos con techos provisionales sobre ese mismo lote.

¿Un complot?  

El parte oficial es que el incendio fue provocado por un corto circuito. Sin embargo, algunas personas que trabajaron en la Casa de Mercado San Mateo aseguran que la conflagración fue provocada.

José Luis Páez, un  hombre que hoy tiene 53 años, comerciante de la Plaza Central, era muy joven para esa época y  empezaba a ganarse la vida ayudando a su abuela en un puesto de venta de aves vivas ubicado en la casona que se incineró.

“Yo era muy pequeño, pero el rumor entre los comerciantes era que la administración de la Casa de mercado ya no era rentable para la Empresas Públicas y que el incendio habría sido provocado para construir lo que hoy ya está edificado: la plaza Central, que es privado”, cuenta José Luis Páez, quien además asegura que cuando cerraron el Pabellón de Carnes, en 1995, la edificación todavía se encontraba en buen estado y que a los comerciantes los obligaron a salir de ahí “arreglándoles a las malas y dándoseles muy poco por su propiedad”.

Él, quien trabajó desde sus 10 años en la San Mateo, también le causó extrañeza la rapidez con que se consumió el edificio.

Quizás Páez, así como otros que vivieron los años dorados del comercio bumangués en esa plaza, se resisten a creer que la Casa de Mercado San Mateo solo exista en la memoria de unos pocos. Una historia que puede que reviva cada vez que un curioso se pregunte por la casona abandonada y rodeada de basura e inmundicia, que ocupa casi toda la manzana de la calle 34 con carreras 16 y 17, en el centro de la ciudad: el Pabellón de Carnes, testigo del abandono, cuya fachada es patrimonio urbano de la ciudad.

Luis Páez recuerda que el día del incendio llegó a las 4:00 de la mañana a la San Mateo, y vio cómo, a través de las ruinas del portón principal de la plaza, un grupo de ratas corría en desbandada hacia la carretera buscando refugio en las alcantarillas y casas de las cuadras contiguas al mercado. El resto de los roedores huía hacia el otro edificio a través de un puente que unía a las dos edificaciones.

Entre las múltiples hipótesis y mitos que rodean la histórica quema de la San Mateo, sus testigos recuerdan que una rata también fue sospechosa de ser la culpable. Supuestamente, uno de estos roedores se habría prendido fuego en una de las cocinas de los locales de venta de comida aledaños a la plaza de mercado y espantada corrió para la plaza transportando en su pequeño lomo la desgracia para más de 1.300 dueños de locales, comerciantes y vendedores. Una tesis poco probable.

Pero de ser cierta, esa rata sería un personaje clave del ‘progreso’ urbanístico. Pues debido a la quema, el Instituto de Patrimonio Urbano aprobó un empréstito por $47.000.000 para dar  vía libre a la construcción de la única central de abastos que tiene la ciudad, Centroabastos, en Chimitá.

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