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Lunes 13 de Marzo de 2017 - 08:59 AM

Hijos de mujeres que ejercen la prostitución en Bucaramanga necesitan una casa

Hijos de mujeres que ejercen la prostitución en Bucaramanga quedan solos en residencias y hoteles, mientras sus madres salen a trabajar.
Swami Castro/VANGUARDIA LIBERAL
Con la ayuda de una fundación, 30 niños han podido recibir cuidados y alimentación sin costo.
(Foto: Swami Castro/VANGUARDIA LIBERAL)

La pequeña Paola, como así la llamó y bautizó su madre, no tenía ese brillo que se ve en los ojos de los niños; en los suyos lo opacaba la tristeza. Vivió sus dos primeros años, hasta que la llama de su vida se apagó en un cuarto de hotel, cuando su victimario terminó con el sufrimiento que venía ocasionándole meses atrás. A Paola le arrancaron su vida en la misma habitación en donde, por seis meses, le robaron su inocencia, su luz.

Fue en la pieza 402 de una residencia de mala muerte en Bucaramanga, ubicada sobre la carrera 20 con Quebradaseca, en donde el padrastro abusó de la pequeña hasta cegar su aliento. A ese cuarto, que hoy todavía se alquila, llegó Paola a vivir con sus verdugos: entre ellos, su mamá. En esa residencia, donde la vida no vale ni el alquiler de la habitación, los constantes lamentos y gritos de la pequeña no hicieron eco. Ni siquiera despertaron las más mínima curiosidad de huéspedes y administradores. A Paola la mataron lentamente. Su padrastro fue el autor material. Su mamá toleró el abuso del que era víctima su hija.  En el lugar a nadie le importó. A Paola nadie quiso salvarla.

Casi rayando la media noche del 17 de abril de 2011, Héctor Manuel Pérez Orózco, de 29 años, llevó a la niña al servicio de Urgencias del Hospital Universitario. Nada pudo hacerse. Paola murió. Una caída por las escaleras y el asma no tratada fueron las explicaciones del padrastro cuando se le preguntó por los traumatismos que la niña presentaba. El hombre se desapareció del hospital. Los médicos remitieron el cuerpo a Medicina Legal y este fue rápidamente reclamado por ‘Rosario’. Así era como hacía llamarse la madre de la niña, una mujer que vendía su cuerpo en la Plaza del Centro de la ciudad. El resultado de la autopsia no sólo describe detalladamente la crueldad de su muerte. También arrojó que, durante seis meses, la niña había sido abusada sexualmente. Paola estaba en tal mal estado físico, que era imposible que su mamá no se percatara de lo que vivía su hija.

El padrastro y la madre huyeron.

Los niños de los hoteles

Así como Paola, en Bucaramanga, hay cientos de niños y niñas que viven con sus mamás en hoteles y residencias de la zona céntrica y de otros sectores en donde hay un alto nivel de prostitución. La mayoría de ellos son hijos de mujeres que se ganan el sustento diario ofreciendo sus servicios amatorios de manera particular en las calles de la ciudad. Sus hijos quedan a la suerte y solos en alguna lúgubre pieza, en medio de personas que van de paso y otras que viven ahí. Por lo general los clientes de estos sitios son enfermos, consumidores y expendedores de drogas, borrachos y con  cuentas pendientes ante la ley. En otros casos, los hijos de estas mujeres quedan en los hoteles al cuidado de su papá, padrastro o novio, de compañeras de trabajo o de vecinas. También hay menores que viven su infancia entre las paredes y el ambiente de los negocios y establecimientos en donde trabajan sus madres.

Entre $10.000 y $15.000 cuesta dormir una noche en esos sitios del inframundo bumangués. En la mayoría de los casos, en una pieza de hotel, el niño comparte la cama con la mamá y la pareja de esta. A veces esa misma cama, se convierte en el lugar de trabajo de su progenitora, hermana o tía. Mientras que en las residencias más baratas, los cuartos no tienen baño y la familia debe hacer sus necesidades en ollas y vasijas. Algunas temen que Bienestar Familiar les quite a sus hijos pero no tienen donde más dejarlos, ni otro lugar donde vivir. Otras tienen hijos para mendigar, cuando no han conseguido clientes. Hay de todos los casos.

Una ayuda escondida

La muerte de Paola marcó a Fátima Bacca, una mujer que se dedicó gran parte de su vida a entregar amor pago. Se prometió así misma y a sus mujeres que conseguiría un lugar en el que sus hijos pudieran ser cuidados y respetados, en un ambiente de enseñanza y juego. Lejos de los hoteles, residencias y prostíbulos.

Después de contar la historia de Paola, Fátima dobla el recorte del Q’hubo de la noticia que registró el triste desenlace de la niña. Y se seca las lágrimas. Cuenta que conoció a ‘Rosario’ y a su hija Paola en el hotel del centro en donde actualmente vive y trabaja como administradora. Recuerda que fueron varias las discusiones que tuvo con la mujer por las condiciones de la niña, quien se veía desnutrida. Al tiempo, ‘Rosario’ se fue a vivir a la residencia donde finalmente su marido le quitó la vida a su hija. Fátima toma una bocanada de aire y exhala con fuerza. Está parada al lado del CAI del parque Centenario. A esa hora, a las 6:30 de la mañana del 7 de marzo de 2017, el viento esparce sobre el parque oleadas a marihuana de uno que visitante del Centenario.

Esta vez, Fátima no espera a un cliente. Esa espera se acabó hace ocho años cuando se enamoró y decidió convertirse en una líder social. De entrada, va diciendo quién fue. Dice que lo hace para frenar a quien se sienta con el derecho a reclamarle un pasado que ella no esconde. No hay quien le gane a Fátima defendiendo a su gremio. Es frentera y peleonera, características que heredó de su oficio cuando la calle y la droga eran el día a día.  Está en el Centenario esperando a un grupo de “sus mujeres”, como les dice a sus excompañeras, y a sus hijos, a quienes va a llevar a un lugar especializado en el cuidado de menores. Para muchos de estos pequeños, será la primera vez que salgan del hotel a una guardería.

Desde del año pasado, Fátima ha logrado el apoyo de fundaciones que han prestado el servicio gratuito de guardería diurna y nocturna para 30 de sus niños. Pero la situación de vulnerabilidad de los pequeños no ha logrado despertar el interés de diferentes alcaldes y concejales de la ciudad. Han sido los ciudadanos quienes de alguna manera se han compadecido de las condiciones de los menores. A las 7:00 de la mañana, empiezan a llegar las mamás y sus hijos. Algunas les llevan una pequeña lonchera. Las niñas van peinadas para la ocasión. Los niños están recién bañados.

Algunos son muy delgados. Empieza el viacrucis de Fátima para que todos los niños estén dentro de la pequeña buseta y ninguno se quede. Incluso va hasta los hoteles a sacarlos. Unas veces lo logra, otras no. Algunas amigas de Fátima tienen temor de enviar a sus hijos a una guardería, por miedo a perderlos o porque no puede ir a buscarlos. Primero porque está muy lejos de la zona donde viven y trabajan. Y segundo, porque no es “recomendable” que las otras madres que sí pagan por el servicio, se enteren de que sus hijos comparten con niños de mujeres de bares y copas. Ya ha ocurrido y cuando esto sucede, las mamás prefieren retirar a sus hijos de la guardería con tal de que no interactúen con “ese tipo de niños”. Porque a pesar de ser tan pequeños para entender cómo funciona una sociedad de adultos, de ir arreglados y perfumados, con sus pequeñas loncheras, están marcados por el estigma que llevan sus madres.

El próximo mes se cumplirán seis años del asesinato de Paola y la casa para los niños de Fátima, prometida por varias administraciones y políticos, continúa siendo una promesa y una deuda que el municipio tiene con esta población vulnerable. Sueña con un lugar, una guardería, en donde sus hijos estén seguros con educadores, sicólogos, trabajadores sociales. En donde también  algunas mujeres que hoy ejercen el oficio puedan ganarse la vida de una manera diferente.
Y aunque un bumangués antes de morir decidió donar a las mujeres de amor público un casa, ellas jamás han podido disfrutarla. El inmueble, entregado en comodato a la Gobernación de Santander, está en manos de una fundación que no  está dirigida a niños enfermos ni a mujeres que ejercen la prostitución. Ni siquiera han podido reclamar y disfrutar lo que es propio.

La Casa Búho

Se supone que en abril empezará a funcionar la Casa Búho. Hay presupuesto hasta diciembre de este año ($279’500.000). Y se seguirá apropiando los recursos correspondientes para los otros años. Aunque es un terreno ganado para ‘las mujeres de Fátima’, el centro sólo cuidará los niños cuyas madres trabajen de noche. Sin embargo, hay otros 50 niños que quedan solos en los hoteles de día. La Secretaría de Desarrollo está gestionando recursos para ampliar la cobertura.

A la pequeña Paola sus asesinos la sepultaron en un municipio del Cesar.  Luego, la pareja siguió viviendo su idilio de amor  prófugos de la justicia. Un año después del crimen, fue capturada. Los presos de la cárcel también cobraron justicia por su mano y el hombre perdió un ojo en la prisión. Y aunque fueron sentenciados a 41 años, la relación continuó. La mujer, al parecer, quedó embarazada del asesino de su hija. Fátima Bacca sigue en la lucha. Es 8 de marzo, Día de la Mujer. A muchas de ‘sus chicas’ les ha tocado doblarse en los últimos días, porque ’la cosa ha estado pesada’, comenta. Están trasnochadas y muchas no han llevado a sus hijos a la ruta. Fátima va a buscarlos. Llega a uno de los hoteles ubicado cerca al Centenario.

Desde la entrada de la residencia ve a un niño de su ruta sentado en el piso del corredor frente a la puerta de un cuarto. “Papito ¿qué hace ahí? La ruta ya llegó”, le dice Fátima. “Hoy no voy. Mi mamá está trabajando”, le responde el niño, quien con su mirada señala el lugar en donde está su madre: la pieza en la que viven y a la que llegan los clientes.

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