Lunes 30 de Octubre de 2017 - 11:36 AM

14 años y una lucha por salir de la adicción en Santander

Sophia* consumió cocaína por curiosidad. Tenía 12 años. Lo hizo y lo repitió. Es víctima de bullying, burlas y amenazas. Hoy adelanta sus clases desde la casa y planea mudarse a otra ciudad.
14 años y una lucha por salir de la adicción en Santander

Sophia* cuenta que la primera vez que lo hizo fue a su 12 años. Estaba en un “parquecito” detrás del colegio y cursaba séptimo bachillerato. Un compañero se le acercó y le ofreció; contuvo los nervios y primero vio cómo lo hizo él. Luego, Michael* armó dos líneas de polvo blanco sobre la pasta de un cuaderno: “una la aspiré por la fosa derecha y otra por la izquierda. Así fue como la probé, pero no me gustó. A las dos horas me arrepentí, pero al cabo de unos días lo busqué, porque quería hacerlo de nuevo. Él nos vendió una bolsita en 10 mil pesos a una compañera y a mí”.

A Luisa* de 33 años le tiembla todo el cuerpo. El llanto es incontrolable y aunque trata de hablar le es imposible modular una sola palabra. Le cuesta respirar. Tuvo que tomarse unos minutos para finalmente decir en un tono muy bajo “¿qué hice mal?”. La mujer madre de dos hijas, la mayor Sophia* de hoy 14 años y Catalina* de apenas dos, hacía unas horas que se había enterado de que su primogénita consumía cocaína o “perico” como se conoce popularmente. Ella lo supo  cuando el rector del colegio la llamó por teléfono. Shophia*, frente al rector, no sabía que estaba en altavoz y que su mamá estaba escuchando al otro lado de la línea:

- “Me dijeron que usted consume ‘popper y que además lo vende dentro del colegio. ¿Es verdad?”.

- “No…es mentira. Ni sé qué es eso”.

- “No sea mentirosa, usted está consumiendo drogas y tenemos testigos”.

- “Yo no consumo eso. Yo consumía perico…pero lo dejé hace un mes”.

¿En qué momento?

Ella se sienta con las piernas cruzadas en posición de yoga en una poltrona de su casa. Está peinada con una trenza que rodea su cabeza y la sonrisa le hace dos huecos en sus mejillas. Ríe como una niña de su edad: tierna, mimada, caprichosa. Se expresa con naturalidad y mantiene una conversación constante durante la entrevista. Su mamá observa desde la esquina de la habitación.

La pequeña mira fijamente y recuerda que su ánimo decayó cuando supo que ya no sería hija única. Además, un cambio de vivienda y la adaptación a un nuevo municipio no le cayó para nada bien.

Estudiaba en el mismo colegio donde su mamá daba clases. Sorprendida cuenta que sus compañeros eran hasta seis o siete años mayor que ella. Incluso algunos ya tenían hijos y una compañera se acercaba a los ocho meses de embarazo. “Solo tenía dos amigos. A uno lo llamaba papelito...es que era muy blanco.

Me aburría mucho y un día empecé a cortarme las muñecas”. Según cuenta, las laceraciones se las hacía con la misma cuchilla con la que se depilaba las cejas.

Se cubría con un reloj y pulseras, y se echaba clara de huevo para que no quedara cicatriz.

Fue allá mismo donde empezó a consumir cocaína: “se presentó la oportunidad. La curiosidad mató al gato y yo le dije que sí. El sabor es rico. No puedo decir que sabe a fresa o mandarina. Es un sabor raro. Después de un rato me daba mucho sueño. Incluso me quedaba dormida en el salón de clases”. Lo repetía al menos una vez a la semana.

Cuando Luisa* descubrió las cortadas en las muñecas de su hija como arañazos de un gato renunció a su trabajo y regresaron a Lebrija, Santander. Con la finalidad de estar más cerca de su familia, matriculó a la joven en un colegio privado de la capital piñera. La cosa no fue distinta: Sophia* seguía sola, alejada, apartada. Señala que sus compañeros le robaban los colores, le escondían los cuadernos y el bolso. Adicional acusa a algunos de lanzarle insultos y burlarse de su nombre. No quería volver al colegio, menos cuando cuando su queja llegó hasta la rectoría de la institución: “en mi época también existía el bullying y nadie se suicidó por eso”. Su caso fue ignorado por las directivas del plantel.

Santander, alerta al bullying

Según las cifras de la Personería de Bucaramanga publicadas en octubre de 2017 por Vanguardia Liberal, en el año anterior se presentaron 217 casos de bullying en colegios de Bucaramanga: 201 en planteles oficiales y 16 en instituciones privadas. A las cifras publicadas por el personero Omar Alfonso Ochoa Maldonado, se suma el informe que señala al 2014 como el año más crítico: 191 niños víctimas de matoneo, de los cuales 22 fueron reubicados en otras instituciones académicas, 140 atendidos por vías disciplinarias y otros 29 dejaron o aplazaron la formación académica.  

El promedio de Sophia* era de 4,6, uno de los más altos del colegio. Sus calificaciones no mermaban, pese al trato y la inconformidad con su curso, y ni siquiera cuando recayó en el consumo. Un compañero suyo, José*, le ofreció un polvo blanco en una bolsa aún más pequeña que aquellas donde se empacan las salsas.  Lo hizo cuatro o cinco veces más hasta que un día su conciencia le dijo que parara. Se juró a sí misma no volverlo a hacer. Fue un mes antes de aquella llamada quebrara emocionalmente a su madre. Un mes antes de que uno de aquellos “clientes” de José* hablara y delatara a Sophia*, con la intención de que justificarse: “si la buena alumna lo hacía, ¿por qué aquella anónima persona no?”.

Bajo la promesa del rector de que nadie se enteraría de su testimonio, ella dio nombres, posibles consumidores, lugares de reuniones y tiempos de consumo.
José* fue expulsado y algunos suspendidos. El Whatsapp y las redes sociales de Sophia* se llenaron de insultos e incluso amenazas con expresiones como “la vamos a hacer echar”, “cuídese” y “va a quedar como sapo espichado”. Según un debate en el Concejo de Bucaramanga, a junio de 2017 el 35% de los jóvenes de los colegios oficiales, entre 13 y 15 años, admitió haber consumido algún tipo de sustancia psicoactiva. Las sustancias más comercializadas son marihuana, cocaína, éxtasis y otras drogas sintéticas. Entre 4 mil y 20 mil pesos es el valor que un estudiante puede llegar a pagar por algún tipo de droga, dependiendo de su calidad.

Pasa la página

Hoy Sophia* está en acompañamiento psiquiátrico.  La profesional Lucy Manosalva Ortiz, médica especialista en psiquiatría, señala en un informe que el diagnóstico difiere de un episodio depresivo no especificado y que se encuentra en tratamiento con antidepresivos que a su vez controlan la ansiedad. A la fecha los últimos exámenes de tóxicología dieron negativos ante cualquier tipo de droga.

Sophia* no regresó al colegio y toma clases desde su casa. En pocas semanas ella y su familia se mudarán a otra ciudad. “Claro que me arrepiento de causarle este dolor a mi mamá, la vergüenza para mi familia... incluso antes de que ocurriera esto ya había tomado la decisión de no hacerlo más. Ahora es lo que debo afrontar por mis actos, pero con seguridad no habrá otra oportunidad. Esto me da mucha pena, pero debo pasar la página”.

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