Lunes 18 de Diciembre de 2017 - 11:40 AM

Catorce horas con las manos en el corazón en Santander

El 3 de diciembre de 1967, en Sudáfrica, el médico Christiaan Barnard realizó el primer trasplante cardíaco con humanos. 50 años después Vanguardia Liberal estuvo 14 horas en un procedimiento.
Valesca Alvarado/ VANGUARDIA LIBERAL
Catorce horas con las manos en el corazón en Santander
(Foto: Valesca Alvarado/ VANGUARDIA LIBERAL )

Luego de cuatro horas y 37 minutos, el cirujano cardiovascular Antonio Figueredo Moreno arqueó levemente su espalda y dejó escapar un pequeño suspiro que no duró más de un par de segundos, antes de retornar su mirada al cuerpo del hombre que estaba frente a sus ojos con el tórax abierto.

Sus manos empezaron a trabajar con destreza desde las tres de la tarde del jueves 30 de noviembre, cuando un mensaje indicó la alerta de un posible donante en Santander.

Su primera misión: rescatar los órganos.

Esto solo podía hacerlo luego de que los exámenes de sangre efectuados indicaran que no sufría de infecciones, enfermedades transmisibles o alteraciones del sodio, potasio y electrolitos que afectaran la salud del receptor.

Es decir, que en el cuerpo del oferente todo estuviera en buenas condiciones.

Una vez realizados, determinaron que el corazón y los riñones de aquel donante eran aptos para el procedimiento y salvarían la vida de tres personas más.

La oferta estaba en pie ante todos los centros clínicos del país tal y como lo indica el protocolo establecido por la Coordinación Nacional de Trasplantes.

Si un paciente de otra ciudad con mayor riesgo de muerte esperaba por alguno de los órganos, estos debían ser enviados.

Sin embargo, eso no sucedió. La Red Nacional de Trasplantes los asignó a Bucaramanga.

Ahora, tres pacientes tratados en la región los recibirían.

La llamada que cambió una vida

La carrera inició y el cirujano debía actuar rápidamente. Figueredo Moreno sabía que el primer trasplante que sus manos harían aquella tarde era el cardíaco, pues una vez ‘pinzado’, el corazón tenía que ser ensamblado nuevamente dentro de las cinco horas siguientes.

Después de ese tiempo se perdería el órgano y junto a él la posibilidad de mejorar la calidad de vida de alguien.

El explante, realizado en una sala de cirugías del Hospital Universitario de Santander, tardó poco más de dos horas.

A las 5:20 de la tarde, en un cava especial de color blanco, el corazón quedó con una solución que lo mantuvo quieto y le dio el sustrato necesario, evitando una acidosis o un daño grave durante el tiempo que el cirujano extraía el resto de los órganos. En este caso los riñones.

Mientras tanto, en una notaría de Bucaramanga, una pareja firmaba las escrituras de su nueva casa cuando una llamada hizo que los planes de ese día cambiaran.

- “Hay un donante compatible. Lo esperamos en la Clínica”.

A un lado del teléfono sonaba la voz de la enfermera y coordinadora de trasplante cardiaco de la Fundación Cardiovascular de Colombia, FCV, Adriana Jurado. Al otro, Luis Gustavo Hernández Mantilla recibía la noticia con la serenidad que lo caracteriza a sus 64 años de edad.

El corazón que esperaba desde hace 12 meses, cuando fue incluido en la lista de receptores, estaba a punto de ser suyo.

Su esposa, Adriana Salazar Hernández, quien lo acompaña desde hace 36 años, no lo creía. La emoción hizo aparecer las lágrimas.

Un pequeño bolso negro con una pijama, un cepillo y elementos de aseo en su interior, junto a su historia clínica, fueron las únicas pertenencias que ‘Don Gustavo’, como le dicen, llevó ese día.

Desde que llegó a la Clínica por primera vez, procedente de Cúcuta, presentía que todo saldría bien.

Incluso, un par de días después de la cirugía, cuando despertó de la anestesia y supo que su procedimiento había tardado más del doble del tiempo estimado debido a complicaciones médicas, él continuaba apacible.

‘Manos al corazón’

En la Sala 1, del cuarto del piso, el viejo y desgastado corazón de Don Gustavo sería reemplazado.

El nuevo órgano pondría fin a una miocardiopatía dilatada que podría ocasionarle la muerte en cualquier momento.

Normalmente, cuando el corazón se contrae, el ventrículo izquierdo expulsa por lo menos el 60% de la sangre que contiene para que esta llegue a todo el cuerpo.

Sin embargo, en el caso de Don Gustavo, la función de expulsión del ventrículo estaba reducida al 15%. El porcentaje era preocupante.

Su enfermedad se había vuelto refractaria, lo que significa que no respondía a los medicamentos ni tratamientos que actualmente existen. El trasplante era su última opción.

Acostado sobre una camilla, ubicada en el centro del quirófano, el equipo de falla cardiaca preparaba al paciente para el procedimiento.

El ruido de las máquinas era más fuerte que las pocas voces que de vez en cuando se escuchaban.

Con el corazón aproximándose y luego de recibir el medicamento que evitaría una emergencia por un sangrado excesivo, el anestesiólogo y la perfusionista ingresaron a la sala de cirugía.

El reloj marcaba más de las seis de la tarde.

Juan Carlos Gómez fue el especialista encargado de dormir al paciente y suministrarle los medicamentos necesarios, antes de que el cirujano cardiovascular llegara. Su trabajo era primordial.

Mientras tanto, la instrumentadora quirúrgica, Liliana Arteaga, ordenaba con cautela y de manera simétrica más de 40 pinzas, gasas, hilos e implementos necesarios sobre una bandeja.

El cuerpo de Don Gustavo fue lavado minuciosamente antes de ser rociado con una sustancia naranja y aislado por telas de color azul que solo dejaban expuesto su pecho.

- “Llegó el doctor Figueredo”, informó la jefe de enfermería, Nubia Moreno.

Luego de ponerse su traje quirúrgico, guantes y lupa sobre sus ojos, el cirujano tomó un bisturí y con una destreza que no ponía en duda sus años de experiencia, hizo un corte que atravesó el pecho de Don Gustavo. La incisión tenía quince centímetros.

Con ayuda de un electrocauterio, que quemó poco a poco la piel del paciente, y una sierra que abrió el esternón, Figueredo Moreno expuso a la vista de los presentes el corazón deteriorado.

Latía descontrolado y rápidamente fue conectado, por medio de cánulas, a una máquina de perfusión que reemplazaría su labor sacando la sangre y devolviéndola al cuerpo. Neida Mantilla era quien la controlaba.

Cuando el corazón se desocupó, Figueredo Moreno cerró la aorta con una pinza y empezó a cortarlo.

Una hora después el pecho de Don Gustavo estaba vacío y el viejo corazón sería desechado.

A la par, en una bandeja con hielo el nuevo órgano estaba listo. Solo necesitó un par de cortes antes de que el cirujano iniciara las anastomosis. La de la aurícula izquierda y la aorta fueron las primeras.

Una vez realizado dicho procedimiento, el corazón recibió una solución de sangre y tras soltar la pinza empezó a latir, lo que indicaba que era momento de soltarlo de la máquina para que funcionara solo.

Sin embargo, el nuevo órgano no se contraía con facilidad. Su interior estaba lleno de aire y los pinchazos de la agujas no fueron suficientes para que este saliera.

Las manos de Antonio Figueredo Moreno debían realizar una maniobra más.

Así fue como conectó, a través de la arteria femoral de la ingle, un balón de contrapulsación que se infla con helio y ayuda a que la sangre circule. La táctica funcionó, pero el trabajo aún no terminaba.

Luego de varias horas en el quirófano, el paciente tuvo sangrado. Plasma, plaquetas y concentrado de factores de coagulación fueron necesarios para corregirlo.

No obstante, debieron dejarlo ‘empaquetado’, es decir, con el tórax abierto y gasas en los puntos clave hasta que el sangrado parara.

Era viernes 1 de diciembre y las manecillas del reloj indicaban las siete de la mañana. Habían transcurrido 14 horas desde que el paciente entró a cirugía con el equipo médico de falla cardiaca de la FCV. La Unidad de Cuidados Intensivos, UCI, esperaba por él.

La carrera final

Don Gustavo permaneció en UCI, en constante observación, hasta el domingo 3 de diciembre cuando su pecho fue cerrado y los tubos que atravesaban su garganta retirados.

Estaba despierto. El nuevo corazón funcionaba correctamente y un par de días después ya habla con normalidad. A ratos ríe y asegura estar listo para sus terapias y su tratamiento con inmunosupresores.

En un par de semanas regresará a casa junto a su pequeña nieta, sus hijas y su esposa.

Mientras tanto, en la FCV, el cirujano cardiovascular Antonio Figueredo Moreno seguirá haciendo lo que le apasiona: salvando vidas poniendo sus manos sobre los corazones de sus pacientes.

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