Un campesino santandereano víctima del conflicto narró cómo perdió sus tierras por el miedo ejercido por los grupos armados ilegales en Sabana de Torres.

Publicado por: COLPRENSA
El timbre de voz de Jairo es similar al de los cantantes de música llanera. Él, como miles de colombianos tiene fresco en su memoria el sonido de las balas y el olor de la sangre. Es uno de los miles de campesinos que por temor a los fusiles debió abandonar las tierras en las que junto a su padre cultivó arroz y trabajó la ganadería. Eran 37 hectáreas en el municipio de Sabana de Torres, a dos horas de Bucaramanga.
Hace 29 años guerrilleros de las Farc ingresaron a la finca que tenía Rigoberto Navarro -papá de Jairo- a quien ultimaron segundos después de haber asesinado por la espalda a su tío José Ángel.
“A mí me salvaron unas matas de plátano”, dice y conecta ese recuerdo con el desplazamiento que debió iniciar una vez pudo descubrirse. 'Yo tenía 16 años (…) fue un fin de año, o mejor un año nuevo porque acababa de pasar el 31 de diciembre”, dice mientras describe el hecho como si acabara de suceder.
“Hacía dos años (1987) mi papá se había negado a pagar la dichosa vacuna y lo corrieron, por lo que se radicó en Bucaramanga. Cuando bajaba a la finca lo hacía barbado, con gafas, como de incógnito, pero le hicieron la cacería… Lo mataron medio borracho, pues la noche anterior había tomado. Me acuerdo que se lo querían llevar vivo”.
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Ese día Jairo llegó en moto dispuesto a ordeñar, para entonces el arroz estaba listo para cortar. Los guerrilleros desconocían la relación entre Jairo y Rigoberto, preguntaron por el segundo, no se percataron del primero.
“Si me van a matar, me matan aquí, no por allá donde ni siquiera mi familia me encuentre”, así recuerda Jairo el altercado cuando llegaron los guerrilleros. Era un día claro y más caliente que de costumbre. “Él no se dejó sacar de la finca”, remata.
Las consideraciones sobre la voz de Jairo eran justas. En la actualidad se gana la vida cantando, no joropo, sí vallenatos que él denomina como música social por tratar temas del conflicto, del desplazamiento, de la guerrilla y demás.
“La guerra y la paz son dos palabras que de extremo a extremo siempre van a estar / La primera causa unas heridas que en algún momento la segunda sanará / Cómo duele ver a mi Colombia herida y a la guerra sometida en total intranquilidad / Un niño por una ventana mira esperando que un día regrese la paloma de la paz / Preguntando qué va a ser de su vida, nadie tiene la respuesta solo el tiempo lo dirá…/”, entona a capella entusiasmado.
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“Dejamos todo botado, lo poquito que teníamos nos tocó venderlo por casi nada”, -dice en referencia a la tierra- aunque reconoce no aspirar a reclamar predios como despojado, como se espera lo hagan los campesinos con tres millones de hectáreas según lo acordado de Cuba para –según dicen- se “sientan las bases para la transformación del campo y se crea las condiciones de bienestar y buen vivir para la población rural”.
Hoy a sus 45 años, postrado en una silla de ruedas a causa de un accidente vehicular, Jairo ve con ilusión lo que pueda suceder tras la firma de la paz con las Farc, aunque mira con reservas el cumplimiento de postulados como el acceso a la educación, al trabajo y a servicios pues -dice- sin ellos “la guerra nunca va a terminar”.
La esperanza, una paradoja
No hay agua potable, ni energía, ni acueducto y el mejor amigo es el gegen. La carne que se consume con el arroz es de zancudos porque el zancudero es mucho y a pesar de lo selvático hasta 1997 fue un remanso de paz. En el Patía usted no se preocupa por el desayuno, el almuerzo o la comida porque la tierra se los da.
Esperanza Cortes es una afrocolombiana de 38 años de edad, oriunda de Tulúa, Valle del Cauca. A los 19 años fue víctima de las Farc y de los paramilitares. Con los primeros el temor le corría por las venas, con los segundos lo sintió directamente sobre su piel, en su cuerpo.
Es madre de tres hijos, el mayor de 21 años (tenía 2 cuando fue abusada por los ‘paras’); otro de 8, futbolista hasta el tuétano, y con tres está su bebé quien con insistencia reclamar atención, sin importar las interrupciones en su relato.
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El nombre del municipio Roberto Payan en Nariño, cerca al río Patía, pasó de ser un paraíso en la tierra al lugar del que provienen los recuerdos más amargos de su existencia.
Corría el año 97 cuando las Farc llegaron a la vereda Patía la Palma, donde retuvieron a cuanto poblador encontraron llevándolos monte a dentro. “A las mujeres nos obligaban a cocinar, los hombres eran los encargados de construir los campamentos en los que se asentó la guerrilla”, así recuerda Esperanza su retención en una zona donde la ley, los jueces y los verdugos eran reconocidos por cuatro letras de un brazalete: Farc.
Con el tiempo la guerrilla fue corrida por los paramilitares. Uno de ellos ‘Camilo’, el comandante, se refería a su padre como suegro. El miedo por lo que se veía venir hizo que Esperanza fuera enviada a Tuluá.
“Con la pensión… mi papá me compró un terreno en el caserío Patía La Playa. Allá están los diablos”, le advirtieron los vecinos a Esperanza para que no volviera a la zona, pues los paramilitares se habían apoderado de ella. La necesidad de vender el terreno pudo más que el temor. “Ese día empecé a vivir el terror…”, dice sobre la manera como una docena de hombres la interceptaron para evitar que vendiera el predio.
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El temperamento de Esperanza le ganó a las amenazas. Sabía que podían matarla y no le importó. 2002. Las cosas se quedaron en el altercado, pero el día en que quiso salir los ‘paras’ le “recomendaron” hablar con el comandante. Era noviembre. La llevaron a las casa del cabecilla quien estaba acompañado por dos hombres. “Yo creo que ni a un animal se le trata de esa manera”, dice Esperanza al narrar la manera como fue agredida sexualmente.
“Yo no soy santista, pero sí optimista. Como mi nombre, tengo esperanza de que todo esto pase con la firma de la paz con las Farc. Este proceso se tiene que hacer”, enfatiza con la ilusión de que el horror que vivió no lo repitan ninguno de sus hijos.
“En el caso mío no creo que la restitución de tierras se pueda dar porque por allá hay mucho Rastrojo”, dice con la rabia saber que en el río Patía el paramilitarismo está vivo. “Esa desmovilización fue una fachada”, agrega y en su voz se percibe el reproche.
Hoy el papá de Esperanza cuenta con 83 años, 36 de los cuales los pasó cortando caña en un ingenio, junto a él y su abuela ansían retornar a sus tierras para cultivar. “A muchos los mataron las balas, pero mi abuela y mi papá le ruegan a Dios volver a su río (Patía), porque saben que allá donde los entierran se quedan, no como en la ciudad”.
“A mí me gustaría recuperar mi parcela, pero más que yo a mi papá, pues él perdió más”, dice. Esperanza es sólo uno de los casos que podría tener cabida en la entrega de tierra a mujeres cabeza de familia, quienes han sido afectadas por el despojo o por el desplazamiento o a quienes como su padre y abuela quiere retornas a los lugares de los que fueron expulsados.
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“Pasan años y más años / Vivimos en pecado / Y envueltos en la maldad / Ni Dios hubiera imaginado / Todo su trabajo en qué iba a parar”, entona Jairo a capella.















