Lunes 24 de Abril de 2017 - 10:17 AM

Martha Bayona: luchadora de la vida en dos ruedas

Luchadora innata y perseverante con su sueño, sus orígenes humildes no fueron excusa que la detuviera en su meta de ser una de las mejores corredoras del mundo.
VANGUARDIA LIBERAL
En el Mundial de Pista de Hong Kong, Martha estuvo muy cerca de su ídolo, Kristina Vogel. Tenía muy claro cómo iba a celebrar su medalla. Y tiene claro cómo lo hará cuando consiga otra presea en unos juegos olímpicos. Porque un día, y Martha lo sabe, esta hija del barrio San Martín será la más grande. Atravesará la línea de meta, levantará los brazos, llorará como siempre hace, y dirá: “lo he logrado”.
(Foto: VANGUARDIA LIBERAL )

Martha Bayona tenía una bicicleta amarilla, pequeña, con la que aprendió a montar en el barrio San Martín, en Bucaramanga.

El barrio nació en 1969, cuando se amplió la autopista a Floridablanca. Los primeros pobladores se ubicaron en la parte baja de la construcción y allí hicieron sus hogares. A 2009, alrededor de siete mil personas vivían allí.

Martha entrenaba frente a su casa, donde había una canchita sobre cuyo pavimento pedaleaba desde que abría los ojos a la luz de la mañana. Su mamá la llamaba a desayunar, ella iba, comía, y volvía con su corcel amarillo para seguir practicando. La llamaban a almorzar, volvía a pedalear. Hora de comer y volver con la bicicleta. Por fin, hora de dormir. Y a soñar con ser campeona.

Dice que es uno de los recuerdos más bonitos de su infancia. No hubo necesidad de decirle a sus papás que quería ser ciclista, era el desenlace natural a ese deseo de Martha de subirse a la bicicleta de su papá siendo aún una niña, metiéndose en medio del marco, con la idea de ser grande algún día. Muy grande.

A los cinco años se asomó por primera vez al velódromo: fue también su primera caída y la única que la alejó durante dos años de los pedales de una bicicleta.

Jugó fútbol entre tanto y al pasar los años, le ganó al miedo. Martha le ha ganado a todo aquello que parecía amenazar sus sueño: su origen humilde y sus recursos económicos limitados, el desinterés de las instituciones regionales por sus promesas deportivas y hasta a la delincuencia.

El tío Leo Pineda cuenta que en cierta ocasión le robaron su bicicleta profesional cuando apenas había pagado la primera cuota de compra. Pero Martha no conoce lo que es rendirse, no tira la toalla. Se ríe, hace bromas, llora, siente todo: el triunfo y el dolor, por ejemplo, de despedirse de sus padres porque en Medellín le ofrecían el apoyo que aquí no encontró.

Este 16 de abril se colgó la presea de plata tan luchada en el Mundial de Ciclismo de Pista de Hong Kong. El mundo entero vio su reacción: Martha lloró, porque es sentimental. Ella cree que es su mayor defecto, pero expresar lo que se siente es, en realidad, una cualidad de pocos. Luego de bajarse de bicicleta bromeó también, porque es alegre. Y habla con acento santandereano, aunque han sido los paisas quienes han creído en ella.

Para este departamento, en realidad, Martha es una presea dorada.

Alegría y llanto     

Un día mientras montaba bicicleta, a Martha se le ocurrió salir a la carretera. Tuvo un accidente con una moto y se rompió el labio. Pedro, su papá, se enojó muchísimo. Era feliz, por esa época, entre dos amores: el fútbol y la bicicleta.

“Hasta que un día que entrene ciclismo y en la noche jugué fútbol sentí molestia en las rodillas. Yo creo que ahí empezó el ciclismo para mí, cuando dije no al balón por miedo a los dolores. Entonces me invitaban a jugar fútbol y yo decía ‘no puedo, porque mañana entreno bici’”.

Martha tiene dos hermanas mayores, Nora y Diana, quienes también probaron con la bicicleta y alcanzaron a ganar algunos trofeos. Como a su papá le gusta tanto este deporte, tuvo confianza en que la menor heredaría su pasión por las dos ruedas.

El tío Leo cuenta que Martha empezó a estudiar en el colegio Inem y en los tiempos libres salía a montar con su papá. “El prácticamente fue quien la formó”, dice Pineda.

Su mamá es su mejor amiga, su cómplice. Su familia está orgullosa de ella y su mejor amiga, Elenitha, reconoce que es el temple y la sencillez las que hacen grande a Martha.

“Cuando me pide que hable sobre ella, la palabra más exacta que encuentro para describirla es humildad, ya que se puede considerar una de las virtudes más difíciles de conseguir. Creo que ha sido la llave que la ha llevado a donde está junto con la dedicación, el empeño y la entrega que le pone a su deporte”, cuenta Elenitha, quien la conoció hace seis años en una competencia de ruta en San Gil. Se acercó a felicitarla por su triunfo, por su actitud, y allí nació la amistad. Martha es amiguera, le gusta divertirse con los ellos, preocupada y pendiente siempre de lo que les haga falta.

“Da la vida por sus compañeros, es una niña hecha para servir, está pendiente de todo el mundo. A donde llega saluda, sirve para todo y es demasiado valiente para afrontar cualquier situación de su vida”, dice su entrenador Jhon Jaime González Jiménez.

La valentía: solo ante los grandes retos de la vida se sabe quién la tiene. Se reconoce a quien la muestra. Y Martha tuvo el valor de seguir, cuando parecía que a pocos dirigentes deportivos del departamento les interesaba demasiado que lo hiciera.

Llegar a la cima

Pedro Bayona trató de inscribir a Martha en algún club de ciclismo o algún grupo deportivo. Tras  muchos esfuerzos, lo logró.                    

“Cuando vieron su potencial la ‘cogió’ el Inderbú, pero como todo en Colombia, era muy limitado”, cuenta el tío Leo y narra que para viajar a alguna competencia les pedían dinero, no les daban sus uniformes, el velódromo estaba en pésimas condiciones.         

“Recuerdo que cuando la sacaron del país, al papá le tocó dar la mitad del dinero y Martha ganó medalla, pero no le reconocieron nada. Pedro estaba desilusionado. Luego la quisieron llevar a otras competencias y él tuvo que decirles que si querían llevarla, que por lo menos le costearan los gastos”, cuenta Leonardo Pineda. 

El reconocido periodista deportivo Oswaldo Contreras explica que “mientras el señor Efraín Guevara Gómez estuvo como presidente de la Liga Santandereana de Ciclismo, Martha siempre contó con el respaldo de la liga, al punto que Santander tuvo un equipo femenino”.

El 2010 Martha corrió en el Campeonato Nacional de Pista de Bogotá y ganó una medalla de bronce en la velocidad, la prueba más importante.

En 2011, en el Campeonato Nacional de Cali, Martha ganó tres oros.

A los 17 años ya era campeona panamericana de pista. Martha fue cuatro veces campeona nacional juvenil.

“Cuando la conocí en un campeonato nacional pre juvenil vi que era una niña con mucho talento, pero le faltaba técnica. Se lo dije a su entrenador, a su familia: el día que le compusieran la técnica sería una muy buena corredora”.

Era una locura seguir nadando contra la corriente en Santander. Pero fue duro. El momento más duro de su vida en estos 21 años.

Martha no quería irse a Antioquia, pero no tenía otra alternativa. Su potencial había dejado de ser promesa para ser realidad y no se podía quedar estancada.

Quienes la conocen saben que no contuvo las lágrimas al despedirse, ni quiso. Y se fue. Ya tendría tiempo de estar con su familia, declaró, por el  momento, su carrera era lo principal.

“Fue muy duro, lloré mucho, cuando me fui y cuando llegué a Medellín. Es que no estaba acostumbrada a salir de la casa, a vivir lejos, y aun después de dos años aún los extraño”, contó Martha en su momento, en 2016.

En Medellín la recibieron quienes ella llama sus otros papás, “Juliana Gaviria y Fabián Puerta, también ciclistas como ella, y que le abrieron las puertas de su casa cuando emigró a la Capital de la Montaña”, comenta el periodista deportivo y explica que “con Juliana Gaviria (hermana del doble campeón mundial del ómnium Fernando Gaviria y uno de los mejores velocistas del mundo) corre la velocidad por equipos, ganado medallas en Copas Mundo de Pista y en Panamericanos de Pista”.

Pero los comienzos no son fáciles y tuvo que marcharse con tristeza de los Juegos Olímpicos de Río, en Brasil, el año pasado, luego de una caída en el velódromo Arena Carioca.

Sin embargo, Martha hizo lo que mejor sabe hacer en la vida: levantarse. Y pedalear.

A Martha le gusta dibujar, ir al cine y montar en carritos, en sus tiempos libres. Y pronto comenzará a hacer un curso de inglés en Eafit, en Medellín.

Tiene una reseña en inglés en Wikipedia y en NBC Sports y en la prensa internacional la reseñan como “la mejor velocista del país andino”, pero ella declaró al ganar su presea que no aún “no se la creía”, hizo una broma, natural en ella, y rió con los ojos aguados.  

En el Mundial de Pista de Hong Kong, Martha estuvo muy cerca de su ídolo, Kristina Vogel. Tenía muy claro cómo iba a celebrar su medalla. Y tiene claro cómo lo hará cuando consiga otra presea en unos juegos olímpicos. Porque un día, y Martha lo sabe, esta hija del barrio San Martín será la más grande. Atravesará la línea de meta, levantará los brazos, llorará como siempre hace, y dirá: “lo he logrado”.         

 

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