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Miércoles 11 de Octubre de 2017 - 12:12 PM

La masacre del estadio Alfonso López en el 81, una tragedia que quedó en el olvido

A 36 años de uno de los días más tristes del fútbol colombiano, en el que al menos cuatro hinchas del Atlético Bucaramanga murieron por las balas del Ejército Nacional en el estadio Alfonso López.
Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
Dicen que la tragedia del 11 de octubre de 1981 en el estadio Alfonso López torció definitivamente el destino del Atlético Bucaramanga.
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)

Será un ‘deja vu’ histórico enmarcado en el olvido de lo ocurrido ese 11 de octubre de 1981, indiferencia denunciada por varios de quienes vivieron la tragedia, para los que no se ha hecho suficientes esfuerzos para recordar a las víctimas.

La euforia ese día fue el preludio de la desgracia. Habían pasado los 25 minutos del segundo tiempo y Atlético Bucaramanga perdía 2-1, cuando Sergio Saturno, delantero argentino que había arribado al ‘leopardo’ ese mismo año, fue derribado cuando se internaba en el área del Junior. El árbitro Eduardo Peña hizo inmediatamente una seña que el mediocampista ‘búcaro’ Roberto Frascuelli interpretó como penalti, por lo que corrió a tomar el balón y plantarlo en el punto blanco.

Pero no era penal. Peña señaló saque de arco para el conjunto barranquillero.

Esos pocos segundos bastaron para que los hinchas del Atlético Bucaramanga pasaran de la ilusión, a la confusión y luego a la ira. En concepto de la furibunda hinchada, Peña les robó la posibilidad de empatar.

Ese empate era de oro. En la campaña del 1981, Bucaramanga se había reforzado nombres importantes como Saturno y otro delantero argentino, Edgardo Luis Paruzzo, y si ese partido hubiera acabado en victoria o en empate, se podía asegurar la clasificación a la siguiente fase del campeonato colombiano de aquel año.

A pesar del revés, pocos debieron pensar que esa desgracia deportiva se iba a transformar en una verdadera tragedia.

La ira y el alcohol

“El ambiente de la ciudad era una locura. Teníamos un equipazo y estábamos confiados de ganar”, recuerda Juan Manuel González, popular narrador deportivo radial. Ese optimismo, prontamente se mezcló con alcohol, recordando que para esa fecha se podía tomar trago en el estadio.

Desde las once de la mañana la gente empezó a llegar al estadio y aún cuando se colmó la capacidad del escenario deportivo, “dejaron entrar a la gente así, sin boleta. Cuando empezó el partido, ya había muchos borrachos”.

“Llegamos al estadio convencidos que éramos mejor que Junior y creo que se nos olvidó que ese era tremendo equipo. Creo que no estábamos preparados para esa derrota”, recuerda ‘el profe’ González, quien acumula al día de hoy más de 35 años en la radio, siempre al lado del Atlético Bucaramanga.

Para el momento del penalti no señalado, esa mezcla de multitud, licor y mal arbitraje estalló. “Se armó una trifulca en la tribuna de sur, luego en oriental. Se bajaron muchas personas a mover las mallas y al poco tiempo, estas cayeron y la gente se metió a la gramilla”, rememora Carlos Orlando Castro, un hincha que lleva más de 40 años acompañando al Atlético Bucaramanga, pero que después de ese día pasó un buen tiempo sin volver.


Tiros y pánico

La multitud estaba iracunda y querían hacerle pagar al árbitro Eduardo Peña la mala decisión. El colegiado, aterrado, decidió acabar el partido y correr a refugiarse al camerino sur.

Según cuenta Orlando Morales, kinesiólogo del Bucaramanga en aquella época, los jugadores se refugiaron también en el camerino cuando empezaron a sonar los disparos. “Eran disparos fuertes, propios de los fusiles. Muchos nos asustamos porque había muchos familiares en la tribuna”.

Hubo pánico total. Cuando Morales, mejor conocido como ‘Pocheche’, salió a tratar de ver en dónde se encontraban sus familiares que estaban en el estadio, lo único que logró ver en las tribunas fueron personas tiradas y soldados disparando.


Al verse la Policía, armada solo de bolillos, superada por la multitud, el Ejército decidió responder enviando auxilio. Aunque no existe confirmación oficial del hecho, testigos y reportes de prensa de la época narran que el personal que llegó a prestar ayuda era un batallón contraguerrilla, recién llegados desde la región de Carare Opón en el Magdalena Medio, para la época, una ‘zona roja’ del conflicto.

Con resignación, González recuerda como muchos hinchas, tal vez por la exaltación y el trago, intentaron quitarles los fusiles a los soldados.

“Tal vez por eso empezaron a dar plomo. En la cabina, yo le dije a mi colega José Antonio Churio: ‘¡Nos están disparando!’. Pero él dijo que tranquilo, que son de salva, justo cuando un tiro voló un pedazo de pared”, sostiene.

Para ese momento, ‘Pocheche’ había salido a la gramilla con un botiquín para ayudar a los heridos, pero supo que poco podía hacer ante tantos heridos y muertos. “Habían personas a los que el disparo les había dejado un hueco en el pecho”.

De regreso al camerino, varios de los jugadores, de ambas escuadras, estaban en un shock nervioso por lo ocurrido. Solo hasta tarde en la noche lograron evacuarlos del escenario deportivo.

Miguel Tutino, talentoso volante mixto argentino que marcó uno de los dos goles de ese día para Junior, sostiene que “fue horrible y estuvimos casi hasta las nueve de la noche en el estadio de Bucaramanga. Salimos escoltados por el Ejército”.

¿Qué pasó?

¿Quién ordenó disparar? Esta es la pregunta que lleva 35 años sin salir de la cabeza de quienes estuvieron en el estadio Alfonso López ese 11 de octubre. Nunca han aparecido las respuestas.

En ese entonces, el ministro de Defensa, que era el general Luis Carlos Camacho Leyva, anunció la apertura de una investigación, sin que se conocieran resultados de la misma.

Lo mismo hicieron desde la Asamblea de Santander y la División Mayor del Fútbol Colombiano, Dimayor. Se acusó a la organización del encuentro por el sobrecupo y el licor, pero jamás se habló de las razones que hicieron que los soldados abrieran fuego.

Es más, desde los mismos uniformados contemplan que pudo ser un error. Con los años, ha hecho carrera la teoría de que un uniformado disparó accidentalmente cuando forcejeaba con un aficionado y esto hizo que los demás pensaran que se había dado la orden de abrir fuego.

El estadio fue un cementerio

“Cuando callaron los disparos, se oían los lamentos de los heridos”, recuerda el narrador González. El estadio había quedado a oscuras y afuera, seguían dándose amagues de desorden. “Hubo muchos más muertos de los que dicen. Yo vi como sacaban gente en bolsas”.

El reporte oficial habla de cuatro muertos y más de 30 hinchas gravemente heridos. Sin embargo, nadie que haya estado allí cree que esa cifra sea cierta.

Después de una semana de recriminaciones, por quienes creían que los periodistas radiales habían azuzado a la multitud, González volvió al estadio y recuerda que “era un cementerio. Al siguiente partido, fuimos porque nos tocó, pero desde ahí la gente dejó de ir”.

El destino de esa gran nómina, dirigida por un ídolo búcaro como Roberto Pablo Janiot, se torció después de ese momento. El ánimo, la confianza y por ende, el rendimiento se fue al piso. Muchas de las figuras ‘abandonaron el barco’ al final de esa temporada.

Para muchos hinchas fieles, si otra hubiese sido la suerte ese domingo, la historia hubiera tenido un sabor más dulce. Incluso, hasta un sabor a estrella.

A esta historia se la tragó el olvido

Lo que más le duele a ‘Pocheche’ no es la oportunidad de una estrella perdida, sino que este hecho haya ido quedando en el olvido. Cuando habla de quienes han sido dejados atrás, la voz se le quiebra.

 “Los directivos deberían tener un museo que recuerde casos así”, reclama.

Al ‘profe’ González lo que le indigna es que no haya existido justicia. “Los soldados que estuvieron esa tarde nunca leyeron un cartel grande que había en el Batallón, que decía ‘antes de apretar el gatillo, cerciórese sobre quién lo hace”.

Otras tragedias que han golpeado al fútbol colombiano

* 18 de noviembre de 1981. Antes de iniciar un partido Tolima-Cali en el estadio Manuel Murillo Toro de Ibagué, una de las barandas de la tribuna occidental cedió y se fue al piso.

La estructura de cincuenta toneladas cayó sobre los espectadores, dejando 19 muertos y 45 heridos.

* 17 de noviembre de 1982. Al término de un clásico entre Cali y América en el estadio Pascual Guerrero, varios jóvenes decidieron orinar desde lo alto de la tribuna hacia las personas que estaban saliendo del estadio, al parecer, por una apuesta.

Esta ‘broma’ irresponsable causó una avalancha humana que dejó tras de sí, 22 muertos y 100 heridos.

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