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Sábado 12 de mayo de 2012 - 12:00 AM

“Señora Bucaramanga...

Señora de las cigarras... Que tienes mujeres bellas y esbeltas como sus palmas”. Esa es la primera estrofa de la canción que nos regaló hace muchos años el maestro José A. Morales y la cual ya casi nadie tararea porque la invasión del vallenato y otros ritmos musicales desterraron por siempre de nuestra radio a estos bambucos, pasillos y demás aires de la bellísima y surtida música colombiana.

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Publicado por: Felipe Antonio zarruk diazgranados

Esta música servía de marco a una hermosa ciudad que no pasaba de treinta mil habitantes, los cuales a las cuatro de la tarde marchaban en fila hasta las panaderías del centro o San Alonso a comprar mestizas, rollitos y palitroques para remojarlos en una buena taza de chocolate gironés o chucureño. El queso era chitagá o reinoso y se estiraba a medida que la neblina de las cinco de la tarde que entraba por los pinos, el barrio Álvarez y el cerro de Pan de Azúcar inundaba las calles de la pacífica Bucaramanga.

Al grito de nuestras madres ingresábamos a la casa para que nos abrigaran con un ‘saquito’ ya que el ‘chiflón’ y ‘el sereno’ nos afectaba los bronquios. La Vanguardia llegaba a las 4 y 30 de la mañana y una hora y media después llegaba la leche, la cual era transportada por camionetas de platón, en el cual iba colgado un joven de cachetes rojos quien repartía los litros del blanco liquido en unas cantinas que nuestras empleadas dejaban en la puerta de la calle desde la noche anterior... ¡nadie se robaba nada!

Las calles eran tranquilas, pavimentadas y de doble sentido en donde jamás se escuchaban los insultos, escándalos y los pitos de los carros que hoy en día contaminan a más de un millón de bumangueses. La glorieta del Mesón de los Búcaros era adornada por una fuente luminosa, que servía de marco a los aguardienticos que nuestros padres se tomaron en un sitio en el cual se escuchaban los boleros de Vicentico Valdés, Tito Rodríguez o Roberto Ledesma.

A nosotros nos enviaban a comprar tamales los sábados porque desayuno dominical que se respetara  era con este delicioso envuelto en hoja de bijao que llevaba una cantidad desaforada de garbanzos y carne. Las rellenas deliciosas eran del Girardot y allí mismo se compraba la pepitoria y el cabrito más sabroso de que se tenga idea en esta hermosa tierra.

El Parque de los Niños era para los niños, y el parque San Pío era un hermoso jardín lleno de gallinerales que alojaban chicharras que aturdían con su canto a los que por allí pasaban. Además estaba adornado por el medieval colegio de las Lolas Sarmiento, donde estudiamos con todo y los ‘reglazos’ de la señorita Emilia.

En la actualidad este parque, que lleva por nombre Guillermo Sorzano González, por si no lo sabían, está decorado por la ‘gorda’ de Fernando (¿cuál... Botero o Vargas?), es un nido de  degenerados que en las noches se fuman las chicharras y las cigarras de la canción de José A.

Cualquier carrera sea la 33, la 27, la 15, o las calles 36, 35, 34, 33 y la Quebrada Seca son hoteles pasajeros para habitantes de la calle, corredor de raponeros y ‘cosquilleros’, pasarela y vitrina para todo tipo de ventas ambulantes. Sobra explicar que los trancones ocasionados por taxis, buses, camiones, autos particulares y todo tipo de motocicletas que hacen de la Señora Bucaramanga, una dama achilada e igualita a la vieja Inés... con las enaguas al revés.

Como está la ciudad, está el estadio y como está el estadio... esta el equipo. En  la miseria, pidiendo limosna en las calles cuando en el pasado daba gusto ir a fútbol y ser hincha del glorioso Atlético.

“Señora Bucaramanga, señora de Palonegro, la de don Gabriel Turbay y la de Camacho Carreño...” acabaron contigo y con tu equipo también.

P.D.: Esta columna está dedicada   a quienes saben cómo era Bucaramanga en la década de los 50, 60 y 70.  Los que se la robaron no tienen  idea de eso.

Chao y hasta la próxima.

Publicado por: Felipe Antonio zarruk diazgranados

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