Lunes 27 de Noviembre de 2017 - 11:46 AM

Yuly, otra campeona de Santander en el exilio

Esta joven bumanguesa de 22 años ha jugado voleibol desde los 7. Su tenacidad, su esfuerzo y su temple, la tienen hoy en la selección Colombia de voleibol playa y en la Liga de Bogotá.
Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL
Yuly, otra campeona de Santander en el exilio
(Foto: Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL)

Ella es Yuly Tatiana Ayala Machado, una bumanguesa bella y guerrera, jugadora de voleibol, quien justo hace una semana le dio el subtítulo bolivariano de voleibol playa a Colombia.

July o Tata, como la llaman sus amigos, es muy conocida en el ámbito de este deporte en el país, tanto así que pertenece a la Liga de Bogotá. La liga de Santander pareciera no saber de su existencia.

Dicen quienes conocen de este deporte, que Yuly es la sucesora de las hermanas Galindo, las campeonas nacionales durante 12 años sucesivos.
Un poco de historia

Para Yuly, esa jovencita a quien el miedo parece temerle, nada le ha sido fácil. Humillaciones, discriminación y negativas permanentes hicieron parte de su rutina, lo que le valió para endurecer su temple y enseñarle que las cosas se alcanzan con sudor, constancia y verraquera.

“Mi familia era pobre. Yo estudiaba en un colegio público cerca a mi casa, porque no había cómo pagar buses. A los 7 años estudiaba en el colegio María Goretti, el entrenador me vio y le gustó mi hiperactividad, yo pateaba balones, corría, saltaba, era muy inquieta, me invitó a jugar, ahí empecé a entrenar voleibol. Cuando iba en cuarto primaria jugaba con las de sexto y séptimo”.

Para Yuly la vida era un juego con retos a superar. Ángeles le sobraban. Dinero le faltaba.

“Un día jugando un torneo en la Gabriela Mistral conocí al entrenador Eddymerc Rodríguez. Él me vio jugar, se nos acercó y nos planteó la posibilidad de estudiar en la Normal. Nos dijo que yo tenía la chispa para el voleibol, que tenía futuro, que él me ayudaba. A mi papá le gustó la idea.”
Si bien se le abrieron puertas para practicar el deporte que desde chiquita llevaba en la sangre, también empezaron sus afugias.

Eddymerc Rodríguez era el entrenador de la Selección Santander. Yuly empezó a estudiar en la Normal y a entrenar con la Selección. La mensualidad la pagaba unas veces su entrenador y otras tantas Julián Meneses, hoy su compañero de vida.

“Yo de dónde –cuenta Yuly mientras suelta al aire una de esas risas que colman el ambiente-.”

La vida le enseñó que la constancia vence los obstáculos.

“A mí me gustaba mucho jugar. Yo le daba con todo. Había niñas que  sus papás si tenían recursos y contaban con sus kits completos de juego. Yo no tenía nada. Mis primeros zapatos y rodilleras me los regaló Eddymerc. Los entrenamientos eran muy duros.”

Cuatro, seis horas de entrenamiento diario, fueron haciendo mella en la formación física de esta morena de ojos oscuros, que hoy es campeona nacional de voleibol playa.

Sin pa’l bus

“Con una compañerita que entrenaba conmigo y que vivía a dos cuadras de mi casa, nos íbamos y nos veníamos juntas. A veces no nos alcanzaba ni pa’l bus, le decíamos al conductor que nos llevara a las dos por $500. Había unos buena gente que nos decían que sí y otros que ni nos paraban. Salíamos de entrenar a las 10 de la noche, vivíamos en Pablo VI, el bus nos dejaba en la Sa-lle y de ahí bajábamos más o menos 20 cuadras a pie, las dos solas. Cuando ningún bus nos llevaba, nos tocaba a pie desde el coliseo hasta la casa”.

Los antojos de niña tuvo que suplirlos con ejercicio y entrenamiento. ¿Hambre? Sí. ¿Sed? También, pero, ¿qué podía hacer? Entretener sus ansias con su gusto por el voleibol.

“Mis abuelos tienen una tienda, me daban que un gala, un chocorramo, un bocadillo para comérmelo con agua”.
Recordar lo que tuvo que hacer para ir a un encuentro, recordar que mendigar formaba parte de su rutina, recordar rogar ayuda sin recibirla, le forjaron su carácter, ese que hoy lleva a la cancha y exhibe como lo que es: una aguerrida voleibolista de tan solo 22 años.

A Tata, arrebatarle al destino oportunidades no le era difícil. Si no le daban pedía, si aún pidiendo no recibía apoyo, entonces rogaba hasta lograr sus objetivos.

“La Liga no nos daba nada. En los torneos infantiles había una compañerita que el papá tenía amigos en Freskaleche y nos daban bolsas de Tampico. Nosotros los vendíamos en las tiendas, en los semáforos, para recoger plata para ir a los torneos en representación de Santander. Un día me paré en un semáforo de la 33, en el Parque San Pío, con los uniformes de Santander a pedir monedas, a pedir que nos apoyaran con lo que fuera para poder viajar. Siempre traíamos títulos”.

Pero nada sirvió para que la Liga, esa que dice apoyar el voleibol, se condoliera de estas adolescentes.

“Hacíamos rifas, decíamos ‘vecino tiene el carro sucio, se lo lavamos por $3.000. Señor, le ayudo a llevar el mercado’. Nos daban monedas y las íbamos echando en una alcancía, tal cual nos tocaba, pues platica no había”.

Así transcurrió la infancia y la adolescencia de Yuly Tatiana Ayala Machado. Hoy empieza a ver los frutos, aunque lamenta que no sea con el apoyo de los entes deportivos locales.

“Yo siempre fui a la Liga de aquí a pedir apoyo, siempre. Les dije y demostré mi nivel, cuánto y cómo entrenaba, pero nunca me apoyaron”.

La Tata habla con un poco de resentimiento, de rabia, de dolor en el corazón, en el alma.

“Por esa razón mueren los sueños de los deportistas, por personas como ellos que se hacen elegir en las ligas para aparentar y figurar”.
Cuando Yuly Tatiana terminó su bachillerato, pensó que hasta ahí iba su vida deportiva. Quería estudiar pero no tenía dinero. La opción: trabajar.

“Conocí al entrenador Luis Carlos Barón, de las Unidades Tecnológicas, y me llevó a las UTS. Él me pagó el primer semestre para que mostrara resultados y los representara. Me ayudó a conseguir una beca, hice 4 semestres de Tecnología en Administración, entrenaba muchísimo”.

Todo marchaba bien, pero el cambio de rector acabó con las ilusiones de La Tata. De un apoyo del 100% pasó a recibir nada.

“Yo fui convocada a la selección Colombia Universitaria que iba para Wang Yu, China, junto con cuatro compañeras más de fútbol, ellas viajaron pagadas por las UTS. A mí me bajaron. Esa fue la tapa. Dije no más, demasiada humillación”.

Pensó que hasta ahí llegarían sus sueños.

“Una compañera me dijo que iba a entrar a estudiar a la UDES, que fuéramos. -Ni soñar, era una universidad privada y yo no tenía plata-. Sin embargo fuimos. Hablamos con Rafael Cabrales, pedí beca y me la dieron, el 50%. Me tocó estudiar una tecnología porque no me alcanzaba para más. Viendo mis resultados, me dieron el 70% y ahora el 100%.

“A la UDES le debo muchísimo. En dos años lo que me ha dado no me lo dio nadie. Me ha dado total respaldo, apoyo, estudio, permisos y ahora me dio trabajo.”

Discriminada por gordita

“Cuando hubo la convocatoria para la preselección Colombia, me pusieron trabas por mi condición física, no cumplía los requisitos por estética, yo era gordita. El entrenador de la Colombia dijo: ‘No, esa niña es gordita y no hay nada que hacer con ella’. Las hermanas Galindo le dijeron que me diera la oportunidad. Aceptó, pero si quería estar en la concentración tenía que pagarme mis cosas. ¿Yo con qué? Ellas asumieron mis gastos. A ellas les debo mucho, por ellas estoy en la Selección.

Las Ligas nacionales han visto los alcances, la potencia y la fuerza del brazo de Yuly. La de Santander, pese a tenerla en casa, ha sido ciega. Nadie es profeta en su tierra, reza el dicho que en esta oportunidad se ha vuelto a aplicar.

Antioquia y Bogotá se la pelearon y finalmente Tata se quedó con Bogotá.

“Fidel Martínez, el presidente de la Liga de Bogotá, es una persona visionaria y de palabra: Es mi guía, siempre me ha respaldado. Esta Liga me da todos los torneos nacionales e internacionales.”

“Me tocó irme, no quería, soy muy apegada a la familia, a Julián, que es mi todo. Pienso cómo será cuando me enfrente a Santander, va a ser de locos, pero ya represento a Bogotá. Aquí me dieron la espalda y no hay nada que hacer. Que sea lo que Dios quiera.”

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