Dos campesinos santandereanos hablaron con Vanguardia.com sobre su nueva labor como vigilantes de los bosques. En sus fincas ubicadas en el Hato, Santander, los trabajadores han conservado la fauna y la flora. Sin embargo desde diciembre de este año su labor es remunerada.

Publicado por: Daniela Puentes Rueda
Alonso Cala ha vivido sus 42 años en la vereda Vega de Páramo de El Hato, en la provincia Comunera al sur oriente de Santander. Desde que tiene memoria, su padre ha trabajado en el campo. Él hizo lo mismo apenas cumplió los 10 años.
En la actualidad, Cala se encarga de la finca de su padre en la siembra de café, caña, yuca y plátano. Esta labor la alterna con el 'patrullaje' a la parte alta de su finca. Allí, el bosque virgen alberga flora autóctona de la región, una quebrada y diferentes animales que se anidan en la zona.
"Ese bosque lo hemos cuidado siempre. Mi papá no sembró nunca allá y yo tampoco he trabajado esa tierra. Desde el primero de diciembre me empezaron a pagar por cuidarlo y es muy reconfortante. Porque es tierra que no aporta en cuestión de dinero, pero es muy rica en biodiversidad y eso es lo que más vale", explicó Cala.
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Este campesino hace parte de un grupo de 42 guardabosques que reciben dinero por parte de la Corporación Autónoma Regional de Santander, CAS, y la Essa por cuidar cerca de 670 hectáreas de bosque. Este proyecto, llamado BanCO2, es una iniciativa que busca que empresas y ciudadanos hagan aportes voluntarios a las familias que protegen los recursos naturales.
De este proyecto también hace parte Luis María Suárez, un campesino de 52 años y 10 hijos. Luis María vive en su finca de 15 hectáreas en una vereda de El Hato, a dos horas del casco municipal. Antes de participar en BanCO2, Suárez sufrió épocas en las que la economía le falló.
"Sembré 20 mil matas de café y más de la mitad se perdió por culpa de la roya. Tenía que alimentar a 11 personas y fue difícil conseguirlo. Pero desde que haya salud y tierra fértil, hay trabajo", contó el santandereano.
Como Cala y Suárez cerca de 87 hogares santandereanos reciben un pago mensual en efectivo que oscila entre $200 mil y $750 mil dependiendo del número de hectáreas de bosque o tierra que tengan en conservación.
La finca de los dos santandereanos tiene un bosque con especies arbóreas y quebradas, lo que convierte al espacio en una zona de paso para animales de todas las especies.
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"Por eso no puede ser talado ni un árbol y debemos ir a los sitios con poca frecuencia, porque los animales necesitan su espacio y si sienten la presencia constante del hombre, se espantan. El dinero es un incentivo a todos los años que, sin recibir un peso, decidimos dejar quietos esos terrenos, porque reconocimos la importancia del suelo", comentó Suárez.
Hasta el momento, Zapatoca, San Vicente de Chucurí, Betulia, Charalá, Encino, El Hato, Simacota, Coromoro y Mogotes son los municipios en los que este proyecto funciona con aportes de Isagen, la Electrificadora de Santander, Essa, y con el apoyo de la Corporación Autónoma de Santander, CAS.
"Es muy valioso lo que estamos haciendo porque es algo que mantiene el ecosistema limpio. A mí la tierra me lo ha dado todo y por eso es que considero tan importante poder darle algo cambio. Yo sé que mi finca es tan fértil porque la parte de arriba es pura montaña y agua limpia que ha ido fertilizando el terreno. La cuidaré me paguen o no", dijo Suárez.
Sembrar el dinero
Alonso Cala ya sabe en qué invertirá el dinero que le llegará todos los meses por ser guardián del bosque. La mayor de sus cinco hijos está en busca de una universidad y con la entrada fija él podrá ayudarla.
"Lo primero es la educación. Mi hija puede buscar una buena universidad y así salir adelante con el estudio. Lo otro que quiero hacer con la plata en sembrar más café y caña. De esa forma tengo más qué vender y más dinero entra a nuestra familia", comentó Cala.
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Sobre la posibilidad de crear nuevos negocios, el jefe del área Gestión Operativa de Essa, Sergio Fernando Pérez Quitián, empresa que invirtió en BanCO2, aseguró que es de vital importancia que las nuevas familias beneficiadas estructuren un proyecto productivo "para que en el mediano plazo garanticen sus ingresos y no dependan del aporte que les entrega Essa. Para ello, cuentan con la asesoría de la CAS".
El proyecto de Luis María Suárez, por ejemplo, tiene que ver con la siembra de 15 mil matas de café. "Con este producto me ha ido muy bien. Al contar con la ayuda de dos de mis hijos, puedo cuidarla mejor y espantar a la roya", dijo.
Con esta inversión, la Essa compensa el 100% de las cerca de 80 mil toneladas de CO2e que genera al año en las actividades de sus negocios. "Encontramos en el proyecto BanCO2 esa oportunidad de compensar las emisiones de CO2e y aportar recursos económicos a familias que se comprometan con el cuidado de los bosques”, dijo Pérez.















