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Martes 27 de Septiembre de 2016 - 12:01 AM

La huella que dejamos

Nuestras decisiones, en mayor o menor grado, tienen una influencia en los demás. Somos lo que hacemos y los rastros que vamos dejando son los reflejos de nuestro impacto en la sociedad.

Así como las pisadas de un hombre quedan reflejadas sobre la arena de la playa, nuestras acciones también se marcan en el corazón de la gente.

Eso, de manera precisa, es lo que más me impacta cuando una persona fallece, pues el deceso de alguien siempre marca un ‘antes’ y un ‘después’ para muchos.

Haya conocido o no a quien murió, me impresiona escuchar lo que se dice de él: los relatos, las historias y en general las cosas que lo evocan. Y cuando todos hablan bien de ese ser que partió, pienso que algo bueno tuvo que hacer en vida para que se le recuerde con aprecio.

¿Qué tipo de huella está dejando en su día a día?

A usted no lo van a recordar por lo que tenía, sino por lo que sembró en el corazón de las personas.

Lo digo porque hoy vemos gente que gana más dinero, pero nunca hace que esa plata redunde en el bienestar de los demás.

¿De qué sirve la riqueza que atesoramos si no la sabemos utilizar ni aprovechar?

Hoy también nos las pasamos comprando más cosas que antes, pero las disfrutamos menos; y lo peor es que tampoco permitimos que otros gocen de ellas. ¿Acaso olvidamos que las cosas no son del dueño sino del que las necesita?

En el papel hemos estudiado más de una especialización, pero al final no sabemos llevar a la práctica tanta teoría recibida. ¿Acaso sirven los cartones profesionales si en nuestra cotidianidad no logramos ser útiles para la sociedad?

Médicos, hay íntegros y no tan éticos; poetas, hay ingeniosos para escribir y desastrosos para leer; ingenieros, hay de los que construyen o de los que destruyen; periodistas, hay de los que informan o de los que manipulan; marinos, hay de los que naufragan o de los que nunca mueren con el firmamento, en fin...

Podríamos encontrar mil razones para admirarlos o para criticarlos.

Y aunque la evaluación es una lima que pule lo que muerde; no por mucho juzgar vamos acertar en lo que digamos de los demás.

Lo que sí es cierto es que no pensamos en las consecuencias de nuestras decisiones; tampoco comprendemos el potencial que tenemos para influir en los demás.

Lo principal, a mí manera de ver las cosas, es el bien que se logra con lo que uno hace en su paso por esta vida.

Hablo del rastro positivo que cada uno tendría que dejar cuando deba partir de algún lugar.

La huella que queda en el cuero cuando una aguja enhebrada lo cose, tiene que ser recta e incluso estética. Y así debe ser la ‘costura’ de nuestra vida: impoluta y, sobre todo, bella y agradable ante los demás y ante uno mismo.

Recuerde que con todas las personas con las que nos encontramos dejamos algo más que una impresión: a veces contagiamos con nuestra energía al que tenemos cerca; y en otras ocasiones lo desanimamos con nuestro pesimismo.

Con un solo gesto o tal vez un abrazo, podemos transformar en segundos la vida de otra persona. A veces una cara amable o una voz que le diga a alguien ‘aquí estoy’ puede llegar a ser suficiente.

¡No hace falta dinero para ello! Tampoco se requiere de un título profesional, ni palancas políticas para lograr eso. Solo se necesita una gota de bondad o de generosidad para dejar en otro ser una huella profunda.

Seremos recordados por las marcas indelebles de nuestro actuar. Y lo mejor es que no hay que esperar a morirnos para que hablen bien de nosotros. Si hacemos obras buenas en vida, cosecharemos mucho más de lo que nos podríamos imaginar.

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