Desde Manta, Guayaquil y Quito, tres nacidos en Santander rememoraron las horas posteriores al terremoto de 7,8 grados que el sábado 16 de abril dejó a Ecuador sumido en las ruinas y el luto.

Publicado por: JULIÁN AMOROCHO
¿Qué haría usted si la tierra que pisa se sacude tanto que no es capaz de sostenerse? Al ver una ciudad derrumbándose, como si se golpeara un tablero de ajedrez, no hay una forma racional para decidir lo que se debe o no hacer.
En esto coinciden Édgar, Juan Diego y Luis Ángel, tres santandereanos que estaban en Ecuador y después de las 6:58 p.m. de aquel sábado, perdieron el control de sus cuerpos y por unos minutos le dieron el volante a la adrenalina con una sola misión: no morir.
A una semana y un día del movimiento telúrico, las frías cifras hablan de más de 587 muertos, 8.340 heridos y al menos 1.700 desaparecidos en todo el país hermano, especialmente en Manta y Pedernales. En la lista hay 11 colombianos que perecieron y aún resta por ubicar a 223 compatriotas más.
Pero en el terreno, el panorama es casi infernal. Las temperaturas de más de 35 grados centígrados, que atacan por esta temporada a Ecuador, se mezclan con el polvo, la humedad y el olor a descomposición, volviendo a las zonas afectadas en sitios casi insoportables para permanecer.
Un canto de cumpleaños en la oscuridad
Unas ‘picaditas’ con mazorca, papa criolla, queso y chorizo era el menú que tenía en mente Édgar Castellanos Rangel, un bumangués de 44 años, mientras caminaba de su apartamento a la tienda para comprar la comida para la fiesta de cumpleaños de su pequeña Valery Valentina, celebración que había iniciado unas cuantas horas antes.
Probablemente tenía en la mente a la pequeña con hambre por tanto juego con los demás niños, estrenando sus cuatro años de edad y su vestido de ‘Princesa Sofía’, cuando la tierra se empezó a sacudir en este barrio del suroeste de Guayaquil, cercano a la ribera del río Guayas.
“En ese momento pensé: ‘Señor, es un terremoto, no me los quites’”, antes de emprender la carrera de regreso. Fueron 30 metros de la tienda al hogar que parecieron kilómetros, más los tres pisos hasta el apartamento, recuerda este vecino del barrio Ciudad Valencia en Bucaramanga, pero que vive hace seis años en la ciudad más grande y poblada de Ecuador.

A la mayor velocidad que pudo, dando tumbos a causa del temblor, Castellanos Rangel logró llegar, cuando en ese mismo instante se fue la luz. “No supe cómo logré pasar las cuatro puertas que me separan de la calle, pero logramos salir todos, con mi esposa y mis dos hijos”.
Los momentos posteriores, cuando los sentidos vuelven y la adrenalina merma, pudo percatarse de la gravedad de lo que estaba pasando: la tierra rugiendo, la gente gritando, las alarmas de los carros disparadas y los transformadores de energía explotando. Una zona de guerra.
“El ruido era ensordecedor. Ya después, cuando todo pasó, pensé que se caía la casa. Todo se bamboleaba con fuerza”, narra. En medio de una total oscuridad, había una princesa que tuvo que abandonar su castillo en la celebración de su nacimiento. Pensó que aún debía cantarle a su hija, y allí, en medio de la destrucción y el miedo, entre familia y vecinos, se entonó el feliz cumpleaños.
“La comida la compartimos entre todos y con los vecinos. Después de todo, no sabíamos si podríamos volver a hacerlo”, aseguró.
Hoy, Édgar está de regreso en su trabajo en la ciudad, que está semidestruida. Su familia se quedó en la casa de campo de una familiar de su esposa, que es ecuatoriana, a 60 kilómetros de la urbe.
Pasado el susto, agradece que pudo comunicarse con sus padres y hermanos que aún viven en Bucaramanga hacia las 10:30 p.m., antes que colapsaran las redes, con un mensaje de Whatsapp con tres frases: “parece que hay un terremoto”, “estamos sin luz” y “estamos bien, averigüen qué pasó”.
Se estima que 243 edificaciones fueron afectadas por el sismo, entre las más importantes, el puente sobre la avenida de Las Américas.
A pesar de la destrucción, solo una persona falleció en Guayaquil.
En Manta: una ‘maratón’ por un pueblo fantasma
Corriendo a oscuras por la destruida ciudad de Manta (la principal afectada por el terremoto del pasado sábado), el bumangués Juan Diego Ramírez no sentía cansancio, a pesar de llevar cinco horas así. En cambio, sí tenía viva en su memoria la imagen de un hombre ecuatoriano derrumbado, como su casa, por el llanto, pues en la ruinas murió su familia.

Tuvo suerte, pues Manta (principal puerto marítimo de Ecuador) fue el epicentro del movimiento, que la dejó convertida en un pueblo fantasma. Allí quedaron sepultadas bajo las ruinas las vidas de más de 105 personas, sin contar las que siguen desaparecidas.
Sin embargo, venir de uno de los principales nidos sísmicos del mundo, como es Santander, casi le cuesta la vida: “Estaba acostado viendo televisión en el hotel donde me hospedaba cuando empezó todo. Como no fue duro al principio, me relajé”, cuenta.
Cuando empeoró el movimiento y se desprendió una parte del techo de la habitación, este hombre de 35 años decidió salir de allí, pero afuera no lo esperaba un panorama mejor. Entre el pánico, la ciudad destruida, a oscuras y con el temor de un tsunami, tocaba llegar a un albergue a unos 15 kilómetros.
“A medida que corría por toda la mitad de la calle, vi gente ensangrentada, postes en el piso y cableado destruido. También personas tratando de quitar los escombros de una casa para sacar una familia”, relata. ¿Por qué no se detuvo a ayudar? “Estaba desorientado, no sabía qué camino tomar y uno piensa primero en salvar su vida”.
Según la Secretaría de Gestión de Riesgos de Ecuador, 113 personas han sido rescatadas con vida de los derrumbes.
Solo hasta el domingo pasado, la empresa que había enviado a Ramírez logró moverlo por tierra hasta Guayaquil, pues el aeropuerto de Manta quedó inutilizable tras el daño de su torre de control. Ese mismo día llegó a Bucaramanga.
Desde la Ciudad Bonita, recuerda que uno nunca está preparado para un impacto así, ni aunque se haya nacido en el segundo nido sísmico del mundo.
En Quito: la solidaridad lo superó todo
El terremoto de Ecuador agarró al santandereano Luis Ángel Niño Ayala trabajando en el primer sótano del Hotel Dann Carlton de Quito, en dónde queda su oficina. “Lo primero que sentí fue que la silla se estaba moviendo mucho de un lado para el otro”, relata.
Al llegar a la calle, en el sector del parque La Carolina, al norte de la capital ecuatoriana, ya había varias personas reunidas por la misma situación. Allí, este hombre nacido en Contratación, Santander, notó casi al instante el bamboleo de los postes de luz y los muros de los edificios.
Aún cuando la tierra se quedó por fin quieta, los momentos posteriores fueron de zozobra por el temor a una réplica. Por ello, la mayoría de quiteños prefirieron no volver a las edificaciones y pernoctar en la calle, entre la incertidumbre por la caída de las redes de comunicación.

Niño Ayala vivió desde 2012 hasta inicios de este año en Bucaramanga y hace dos meses se trasladó a Quito. Allí, corroboró en los últimos días la “gran generosidad de los quiteños frente al país”.
Según relata, una “impresionante” cantidad de carros llegaron a La Cruz del Papa (sitio principal de acopio) con bolsas y paquetes llenos de agua, ropa y alimentos no perecederos. “El tiempo en que estuve allí se llenaron muchas volquetas, camiones y buses”.
Es por esta razón que este santandereano no duda que el país vecino se recuperará de este golpe, el más fuerte que le ha dado la tierra en casi 60 años.
En Pedernales: Rescates en el infierno
Como una escena sacada de una película de terror se puede concebir el rescate en Pedernales, poblado costero de Ecuador y uno de los grandes afectados del movimiento telúrico.
“Hay comunas enteras muertas, hace mucho sol, la gente está muerta y el olor es insoportable. Ya no puedes acercarte, porque no aguantas el olor”, narra entre lágrimas Analia, una rescatista ecuatoriana.
Con resignación asegura que “ya no hay nada que hacer”, pues las pilas de cadáveres han hecho que hallar gente viva sea una utopía. “Tratamos de hacer lo que se pudo, estoy en Pedernales con mi familia ayudando a los rescatistas y hay mucha ayuda, pero hay poca gente viva”.
Por eso sostiene que hay “cerros” de ayudas que son ahora inútiles, porque no hay gente viva que pueda usarlas.
“Las cosas no son como salen en televisión, porque estás rescatando, pisando los muertos. Eso evita seguir. Tan solo en una casa encontramos más de 100 personas muertas”, relata esta rescatista, antes de agregar con pesar: “Mi tierra se derrumbó y lo más triste es que no hay nada más que se pueda hacer”.














