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Jueves 30 de abril de 2026 - 01:00 AM

El peligro contra los menores ya no está fuera

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Muchos delitos sexuales contra menores comienzan en un dispositivo con acceso a internet. No en la calle ni en un lugar oscuro, sino en una pantalla a la que el menor accede. Durante años creímos que protegerlos era vigilar lo físico. Hoy el riesgo necesita acceso digital.

Estos delitos empiezan con conversación. Con alguien que aparenta su misma edad, que escucha, y que parece cercano. Y cuando el vínculo ya está construido, aparece el control: la amenaza, el chantaje, la exposición.

Lo que estamos viendo es una criminalidad organizada que utiliza redes sociales, videojuegos y aplicaciones de mensajería como espacios de captación. Los agresores no actúan a ciegas: observan, identifican rutinas, detectan soledad, necesidad de validación, descuido adulto.

Detrás de estos delitos hay un mercado delincuencial altamente rentable. La explotación sexual de menores en entornos digitales, incluida la producción y circulación de material pornográfico, mueve cifras millonarias y crece sostenidamente. No tiene la visibilidad del narcotráfico, pero comparte su lógica: redes organizadas, demanda constante y víctimas cada vez más accesibles.

Los datos muestran además que muchos de los menores en mayor riesgo están entre los 9 y los 13 años. Una edad en la que ya tienen acceso a dispositivos, pero no la madurez para dimensionar lo que comparten. Esto no excluye a los más pequeños. El riesgo empieza antes de lo que queremos pensar.

Y mientras eso ocurre, seguimos creyendo que el problema está en lo que ven, cuando en realidad está en con quién hablan. Entregamos dispositivos sin acompañamiento, sin reglas, sin contexto. Y además como adultos dejamos rastro: fotos, ubicaciones, rutinas. Información suficiente para que alguien construya un acercamiento creíble.

Pero hay algo más que casi no se habla. Empiezan a aparecer discursos organizados que buscan algo distinto: no solo delinquir, sino justificar. Grupos que, bajo etiquetas intentan presentar la atracción hacia menores como algo legítimo. Son minoría, pero existen. Y no operan en la clandestinidad absoluta: buscan visibilidad e instalar la idea de que esto puede discutirse.

Mientras tanto, los menores siguen expuestos. No solo por lo que ellos o sus familias comparten, sino por lo que otros pueden construir con esa información. Manipulación de imágenes, acceso a cámaras, uso de inteligencia artificial para crear contenido sexual falso. Ya no se necesita una foto íntima: basta una imagen cualquiera.

Las señales de los menores como víctimas suelen aparecer con cambios de comportamiento, aislamiento, ansiedad, silencio. El menor no siempre sabe explicar lo que le pasa. Y cuando lo hace, muchas veces ya está atrapado.

El Estado llega después. Por eso, seguir pensando que basta con advertirles es quedarse corto. Aquí la tarea es acompañar, supervisar y estar presentes.

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