Un parque es un oasis en medio del agite diario de una ciudad. Es ese lugar donde cualquiera tiene a disposición un espacio público para el ocio, la contemplación, el ejercicio, llevar a los hijos o nietos a “correr”, como decían nuestros mayores; también para caminar, conversar, leer o, simplemente, sentarse a hacer una pausa y respirar. Es, de cierta manera, la antítesis de los centros comerciales o los clubes sociales, donde el acceso termina siendo excluyente.
El desarrollo de nuestras ciudades se dio alrededor de plazas y parques. Allí se concentraban las principales actividades que, con el paso del tiempo, fueron trasladándose para dar lugar a otras dinámicas que, en detrimento del concepto de bien común, desplazaron a sus visitantes habituales y terminaron albergando toda clase de situaciones que hoy complejizan su tranquilidad. Esto ha impuesto un desafío permanente a las administraciones locales, que invierten una y otra vez en su recuperación, pero apenas logran devolverles su esencia: un parque debería ser sinónimo de convivencia.
Pero, lamentablemente, no lo son. Asignar un vigilante para cada parque es imposible; instalar un CAI permanente con policías, también; prohibir su uso a ciertas horas, mucho menos. Entonces solo queda acudir a eso que llamamos sentido común, aunque ya sabemos que no lo es tanto cuando las normas y acuerdos establecidos son violados olímpicamente al día siguiente de ser expedidos.
Escribo sobre esto porque la semana pasada circuló en redes sociales un video que mostraba la invasión de motociclistas al parque Los Leones, en la comuna 12 de Bucaramanga. Un lugar que era visto —equivocadamente— como “exclusivo” para convertirse en un ejemplo vivo de lo que describo en estas líneas. Allí, hasta altas horas de la madrugada, la tranquilidad se ve interrumpida por toda clase de factores que terminan mezclándose ante los ojos impotentes de sus vecinos, quienes observamos cómo, poco a poco, el parque se transforma en un espacio perturbador.
La encrucijada de este sector es alarmante. A la carga impuesta por el comercio de gastrobares y entretenimiento nocturno, en una amplia zona que va más allá de Cuadra Play, suma ahora una población flotante que termina la rumba en estos espacios abiertos o viene de barrios vecinos en donde no existen.
Hace cerca de un año, uno de los integrantes de la Junta de Acción Comunal del sector, José Alfredo Vega, junto con otros líderes cívicos, logró que la Alcaldía de Bucaramanga, la Policía, empresas de vigilancia y visitantes habituales del parque se reunieran para fijar una serie de acuerdos básicos sobre su uso y disfrute. Hoy, apenas sobreviven escritos en un par de diminutos letreros que nadie mira. La anarquía nos gusta hasta que cruza nuestra propia puerta.










