Hoy no hablo de resultados ni de tablas. Hoy abro las viejas vitrinas, sacudo el polvo y pongo en fila a los que nos enseñaron que Colombia también sabe jugar fútbol. No son once. Son jugadores, patrimonio nuestro. Son formas distintas de entender el juego, de dormir el balón en sus botines.
Toño Rada fue el primero que se atrevió a soñar en grande. Delantero de Sabanalarga, con los botines gastados y un corazón sin miedo, respiraba temperamento. Una noche de bohemia en La Carreta, Toño y ‘Cuca’ Aceros me contaron cómo abrieron camino para empatarles a los soviéticos cuando nos bailaron en Arica, durante el Mundial de Chile en 1962. ‘El cañonero de Isabel López’ nos enseñó que Colombia podía tumbar gigantes sin tener apellido europeo.
A su lado, esa noche, estaba Marcos Coll, el del gol olímpico a Lev Yashin. Marquitos siempre me confesó que cuando fue a cobrar el tiro de esquina, la brisa estaba en contra. Arica es zona costera y me soltó la frase: “La cancha era igual a la del Romelio, un poco más grande, sin pasto, como las nuestras; eso sí, la brisa soplaba, no joda, que ni te digo. Le metí el zapato por debajo al balón; eran pesados, de cuero y la bola iba a media altura, y de pronto se metió. La gente me decía que yo le había pegado suave, pero no, le pegué fuerte y si ese balón no lleva chanfle, sigue derecho”.
Esperamos 28 años para volver a un mundial de fútbol. La orquesta ya la manejaba Carlos Valderrama, ‘El Pibe’, el de Pescaíto. En 1987 su cabello ensortijado y rubio captó la atención del mundo cuando se destacó en la Copa América de Argentina. Después Europa sonrió con su talento, con las locuras de Higuita, el gol en Wembley de Andrés Escobar y los avances del ‘Chonto’ Herrera. Las paredes con Redín enloquecieron a los ingleses. Se parecían a Umaña y al maestro Jairo Arboleda: le escondían la pelota a los vecinos, no se la dejaban oler a nadie. Jugadores de barrio, de bola e’ trapo. Un argentino me dijo un día: “Redín y Valderrama se parecen a ‘los albañiles’ de Lanús, a Silva y Acosta”. Yo vi a Manolo Silva en el Atlético Bucaramanga en 1976, en el 77. Era un crack; no me imagino cómo sería el paraguayo Acosta.
Lo que siempre le pregunté al doctor Maturana fue lo siguiente: ¿cómo hacía Valderrama para saber en dónde estaba Rincón? A Redín lo tenía en el Cali, iban juntos al supermercado, hacían ‘veintiunas’ con las naranjas; a Rincón lo veía de vez en cuando, precisamente en las convocatorias. Valderrama sabía que Bernardo era su socio y lo tenía a dos metros. El arquitecto samario construía jugadas, pero intuía que desde el astillero de Buenaventura había llegado en una lancha rápida, con motor fuera de borda, un coloso: Freddy Rincón. Ninguno como él. Después de Willington Ortíz, sigue Freddy. El doctor Maturana no me lo dijo aquel 15 de febrero, día de su cumpleaños. Pero lo conozco y sé que es así. Estos tres pusieron a todo el país de cabeza, con todos los problemas que teníamos por aquellos años.
Francisco el Hombre soltó otra de sus frases: “Se juega como se vive”. Estos locos en la cancha nos hicieron llorar de emoción. Hace días, antes de viajar a México, mi señora tenía encendido el televisor y en el Canal Caracol estaban pasando los goles más celebrados por los colombianos narrados por William Vinasco y por el mejor de todos: Edgar Perea. Cuando pasó el gol de Colombia ante Alemania, anotado por Freddy, narrado por Perea, ¡tocó llorar! Es inevitable. Mi esposa me dijo: “Ojalá estos muchachos, James y Quintero, nos hagan vibrar de emoción”. Cuando mi compañera terminó de hablar, me acordé del 28 de junio de 2014, ante Uruguay. Ese día lloramos, soltamos lágrimas en Maracaná. Confío en este equipo, el de Lorenzo, el de Lucho Díaz, el de todos, así no nos gusten muchas cosas.











