Duele bastante escribir esto, pero lo pude hacer en medio de las lágrimas; el martes tomé el teléfono y llamé al delantero de El Cerrito -Valle del Cauca-, Adolfo León Holguín. Después de hablar muchas cosas, entre otras, del estado de salud de su señora madre, ‘el Mono’ Holguín me dijo con su acento azucarado: “Pipe, ¿vos sabías que internaron al profe ‘Coco’ Forero en un hogar geriátrico?”. Como mi respuesta fue negativa, el delantero de la selección que comandó Alberto Forero Silva en la década del 80 me envió una tarjeta con la dirección de la casa en donde se encuentra hospedado el director técnico; el lugar se llama Vida a la Vejez y está ubicado en el barrio San Alonso.
Eran las 12 del día de ese mismo martes y, luego de colgar con Holguín, timbró mi teléfono; era nadie más y nadie menos que el profesor Norberto Anaya Sánchez, otrora asistente técnico de ‘Coco’ Forero en la Selección Santander. Se escuchaba agitado, su voz estaba entrecortada y no precisamente por la señal de nuestra precaria telefonía celular. El profesor Anaya me dijo: “Pipe, me acabé de encontrar con Germán Gómez y me contó que internaron a ‘Coco’ en un hogar geriátrico, hermano, qué tristeza tan hijueputa”. Me quedé callado por unos segundos porque me conmovió el sentimiento del jocoso técnico oriundo de Concepción (Santander). Es más, le alcancé a balbucear que Adolfo me había dicho minutos antes que la situación de Alberto es compleja y allá le van a dar un manejo muy profesional a su problema.
Desde ese día no he parado de hablar con sus muchachos, con mis amigos de siempre: Óscar Arenas, Aníbal Méndez, Alfredo ‘Pirata’ Ferrer, Adalberto ‘Watusy’ Lozano y Domingo Alarcón, entre otros. Con Aníbal he conversado mucho y, de paso, me ha prometido que van a venir la próxima semana con Vicente Hernández, otro de los niños de ‘Coco’. Así los bautizó Reynaldo Caballero, más conocido como Ito, el eterno utilero del Atlético Bucaramanga.
Alberto ‘Coco’ Forero, el que los gritaba desde la raya y quien les enseñó que jugar con la camiseta de Santander era ponerse el departamento al hombro, hoy está en un hogar geriátrico. La enfermedad neurológica le robó la voz fuerte, le dobló las piernas para correr la cancha, pero no le ha podido robar la mirada, la misma que atravesaba el terreno de juego de un lado a otro y se daba cuenta de que su equipo estaba mal parado. ¡Nunca se equivocaba! ‘Coco’ no dirigía con tablero, dirigía con la sabiduría que Dios le proporcionó desde muy temprana edad. Una noche me fui con Alberto a Clásicos y Antiguos; luego de pedir una botella de ron, Coca Cola y cigarrillos, ‘El sabio de San Luis’ me explicó con tapas de gaseosas y fosforeras cómo jugaba el Barcelona de Guardiola. Desde 1985 lo vi dirigir, por ejemplo, al Atlético Bucaramanga con maestría. En septiembre de 2021, los dirigentes y los jugadores hicieron una fiesta para celebrar los 40 años del título conseguido ante Antioquia; lo entrevisté y le pregunté cuál había sido el gol que más gritó en su vida: “el de Rubén Darío Arias, cuando se gambeteó en El Campín a toda la selección de Bogotá”. ‘Coco’ fue un adelantado en Colombia; es el primer técnico que puso volantes de creación a jugar como números seis para sacar a sus equipos con el balón dominado desde el fondo. Hoy los muchachos de esa Selección Santander están tristes. Los que son papás, técnicos, empresarios, profesores, trabajadores de empresas públicas, recibieron la noticia y se les aguó el ojo. “Todo lo que somos se lo debemos a él”, me confesó Domingo Alarcón.
El fútbol es ingrato; aplaude cuando ganas y se olvida cuando te apagas. Pero con el ‘Coco’ la deuda es al revés: ¡somos nosotros los que le quedamos debiendo! Ya fuimos a verlo, lo abrazamos; le susurramos al oído cuánto lo queremos y le dediqué una estrofa de la canción Sintiéndolo Mucho, de Joaquín Sabina: “no tengo nada que olvidar de mi pasado, por eso espero que el olvido no se olvide de quien fui”.











