El gobierno de Gustavo Petro pasará a la historia el próximo viernes. Ese será el tribunal que dicte sentencia sobre el legado de la primera administración de izquierda en Colombia que, como todo, irá revelando paulatinamente su veredicto, en la medida en que pase el tiempo. Sus detractores esperan, apenas abandone la Casa de Nariño, verlo arder en la hoguera, luego del incesante enfrentamiento que tensó la cuerda durante sus cuatro años de mandato, mientras que sus seguidores lo revestirán de héroe sin capa, esperando su regreso, como ya lo prometió el saliente mandatario, a las agitadas aguas de la política colombiana. Eso, en el plano de las emociones; otra cosa será su defensa ante la justicia, que tendrá que reclamarle, como le sucede a todo funcionario que ejerce cualquier encargo público, por sus acciones y omisiones.
Sin duda, estuvimos en manos de un rebelde fiel a su causa, produciendo prurito en el establecimiento nacional, quien llegó a los más altos cargos de representación popular, cautivando un inmenso caudal electoral, que promete juego largo, a pesar de su propio extravío —hay que decirlo— que le costó el continuismo, en un proceso electoral, literalmente, bajo fuego. Gustavo Petro reflejó lo que en consecuencia ha sido su vida, llámenlo como quieran, primero alzado en armas, y luego, favorecido por un proceso de desmovilización que le permitió participar en democracia. Eso, en medio de las incertidumbres que sembró, habla bien de nuestras instituciones, muy al margen del epíteto de ‘guerrillero’ con el que peyorativamente se le señaló. Si todo sale como está previsto, este 7 de agosto se producirá el relevo presidencial, como ha sucedido en más de doscientos años de vida republicana.
Se apaga el gobierno del cambio, una especie de perro a cuadros que, ya sea por obstinación ideológica, los demonios que habitan en el interior de su líder o la penosa corrupción que acompañó el ejercicio del poder, dilapidando lo que hubiera podido ser, verdaderamente, una gran transformación para este país atrapado en esa espiral de violencia que solo sirve para alimentar a los halcones de la guerra, porque mantienen su sistema, y a una mafia tenebrosa que, a pesar de los millones de muertos que han ido dejando, uno tras otro, no hemos sido capaces de eliminar.
No hubo una sola semana, en el cuatrienio que termina, en donde las buenas noticias superaran al escándalo, de todos los matices, aupados por una abrumadora retórica despachada desde una cuenta de red social en la cual se atrincheró, las plazas públicas desde las cuales adoctrinó, así como el uso indiscriminado del sistema de medios institucionales que puso a su favor, con un lánguido final. El viento sopla ahora a la derecha.











