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Domingo 27 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Educando para un mundo que ya no existe

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Hablar de educación en Colombia suele llevarnos, de manera casi automática, al debate sobre los presupuestos, las deficiencias de infraestructura o las coberturas. Son discusiones indispensables; sin embargo, existe un desafío más profundo y silencioso que apenas empezamos a nombrar: estamos educando a nuestros jóvenes para un mundo que ya dejó de existir.

Las cifras de las pruebas PISA nos obligan a mirar de frente esta realidad. El 71 % de los estudiantes colombianos de 15 años no alcanza las competencias básicas en matemáticas y cerca del 51 % tampoco logra el nivel mínimo en lectura. Esos mismos jóvenes saldrán muy pronto a competir en un mercado laboral transformado por la inteligencia artificial. Frente a este panorama, la pregunta urgente no es solo cuánto invertimos, sino ¿cómo transformamos la arquitectura pedagógica del país antes de que la brecha sea irreparable?

Para empezar, es necesario volver a lo fundamental. Leer libros completos, escribir a mano, desarrollar el cálculo mental, ejercitar la argumentación oral y preservar aulas libres de celulares no son posturas nostálgicas. Diversos sistemas educativos en el mundo están restringiendo el uso de pantallas en los colegios porque comprendieron una regla elemental: antes de entregarle a un estudiante una herramienta para pensar, hay que enseñarle a pensar.

Esto no implica darle la espalda a la tecnología; todo lo contrario. La inteligencia artificial debería integrarse como una materia transversal desde la educación básica. Los estudiantes necesitan comprender cómo funcionan estos modelos, cómo verificar la información que entregan, cuáles son sus limitaciones y de qué manera pueden aprovecharse para investigar y resolver problemas complejos.

Sin embargo, para construir un aprendizaje sólido, deben preservarse actividades y evaluaciones estrictamente libres de IA. Un estudiante tiene que demostrar que es capaz de redactar, analizar, calcular y defender una postura por sí mismo. Una vez consolidadas esas capacidades, la tecnología se convierte en un multiplicador del talento, no en un sustituto del pensamiento.

En segundo lugar, debemos revisar qué evaluamos. Carece de sentido insistir en exámenes centrados en memorizar datos que cualquier buscador o chatbot entrega en segundos. Necesitamos un enfoque orientado a resolver problemas reales: investigaciones de campo, debates estructurados, trabajo en equipo, proyectos comunitarios y formación en criterio financiero.

Esta transformación es, además, la herramienta más eficaz para prevenir el adoctrinamiento. Un joven que aprende a contrastar fuentes, a exigir evidencia y a fundamentar sus argumentos difícilmente aceptará como verdad absoluta lo que exprese un profesor, un político, una red social o un algoritmo. La respuesta a la imposición ideológica nunca es otra ideología; es la formación del juicio crítico.

Tercero, los últimos años de la secundaria deben tender puentes reales con el entorno laboral. Programación, finanzas personales, inglés y emprendimiento requieren un espacio central en el currículo. En este propósito, el SENA, las universidades y el sector privado pueden ser aliados estratégicos para llevar al aula certificaciones y prácticas acordes con la demanda actual.

Cuarto, es indispensable acompañar al cuerpo docente. No podemos exigir a los maestros que orienten a sus alumnos en nuevas tecnologías si el sistema no les brinda las herramientas para hacerlo. Colombia necesita un programa continuo de actualización pedagógica, práctico y conectado con las dinámicas diarias del salón de clases.

En este punto, resulta necesario abordar el papel de la representación sindical. Diversos analistas coinciden en que la agenda gremial ha terminado por postergar las reformas de fondo que requiere la calidad de la enseñanza. Es momento de exigirle a Fecode que deje de ser un obstáculo para las reformas que necesita la educación y participe activamente en un pacto por la transformación pedagógica, con metas claras e indicadores transparentes a cinco años.

La tecnología continuará su avance. La diferencia será determinante: una generación aprenderá a utilizar la inteligencia artificial para crear y razonar, mientras que otra dependerá de ella al no haber desarrollado la capacidad de pensar de manera autónoma. La educación pública existe para garantizar que el origen de un niño no defina de qué lado de esa frontera habrá de quedar.

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