Publicado por: Jaime Luis Gutierrez
“Querido hijo: ¡Deja ya de estar rezando y dándote golpes de pecho! Lo que quiero es que salgas al mundo a disfrutar tu vida. Quiero que goces, cantes, te diviertas y disfrutes todo lo que he hecho para ti.
Deja de culparme: yo nunca te dije que había nada mal en ti, o que eres un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo. El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis y tu alegría.
Deja de estar leyendo sobre mí, en libros que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, un paisaje, en los ojos de tu hijito, ¡No me encontrarás! Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a mí cómo debo hacer mi trabajo?
Deja de tenerme miedo. Yo no te juzgo ni te critico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.
Deja de pedirme perdón, pues no hay nada qué perdonar. Si yo te hice con pasiones, limitaciones, sentimientos, necesidades y libre albedrío, ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres? ¿Crees que yo crearía un lugar para quemar a mis hijos que se porten mal, por toda la eternidad? ¿Qué clase de Dios loco puede hacer eso?
Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Pon atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía. Esta vida es lo único que tienes y lo único que necesitas.
Te he hecho libre, sin premios o castigos. Eres libre para crear en tu vida un cielo o un infierno. Vive como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, amar y existir. Así habrás aprovechado la oportunidad que te di.
Sólo te preguntaré: ¿Te gustó? ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste? Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo y que este mundo está lleno de maravillas”.
Carta escrita en 1.670 por el teólogo y filósofo Baruch Spinoza.









