Con el tiempo, la bendición del padre Benjamín Pelayo en las manifestaciones se convirtió casi en un ritual. Celebró misas en carreteras, parques y plazas; acompañó procesos sociales día y noche, hasta donde las fuerzas le alcanzaron, últimamente siempre acompañado de bastón, su mochila e infaltable sombrero.

Publicado por: Jorge Rios
—Buenas noches. Qué pena, ¿es usted familiar del padre Benjamín Pelayo?
—Un hijo —respondió el hombre con una sonrisa penumbrosa y los ojos tristes, cargados de lágrimas que se negaban a salir.
El escenario era la Catedral Santa Cruz de San Gil la noche del 7 de mayo, durante la velatón citada por el Colectivo Popular Guane en el marco de las honras fúnebres celebradas en memoria del padre Benjamín Pelayo, un presbítero querido y reconocido que dejó una huella imborrable en cientos de vidas.
La respuesta de aquel hombre resumía, quizá mejor que cualquier homilía, lo que había significado el sacerdote para su comunidad. No hablaba de un parentesco de sangre, sino de uno más profundo: el de quienes encontraron en él consejo, refugio, compañía o simplemente una palabra serena en medio de las dificultades. Esa noche, en el templo tenuemente iluminado y colmado de silencio, muchos parecían sentirse también hijos del padre Benjamín.
El interlocutor era Roque Julio Jaimes, un hombre de 34 años que conoció a ‘Benja’ cuando apenas tenía cuatro años y cuyos hijos hoy le decían nono.
Desde 1994 se calcula que el padre recibió a más de 450 niños en la Fundación Hogar Partorín.
“Él me dio todo. Fue mi papá. Sin él no sé qué habría sido de mí”, dijo con una voz atravesada por la gratitud y la nostalgia.
Luego empezó a señalar entre los asistentes.
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—Él también es hijo. Ella también. Y él.
Hablaba de una familia distinta, construida no por la sangre, sino por la cercanía, el afecto y la presencia constante de un sacerdote que, con los años, terminó convirtiéndose en refugio de incontables vidas.
“Somos muchísimos”, reconoció.
Aunque para muchos era el padre Pelayo, hasta su muerte, el pasado 6 de mayo, a sus 84 años, le gustaba que lo llamaran simplemente Benjamín. Así se referían a él sus ‘hijos’: los niños que crió en la Fundación Hogar Pastorín. Allí recibió, rescató y les dio una oportunidad de vida a más de 450 menores desde 1994. La mayoría de ellos hoy son adultos y profesionales que, de alguna manera, quedaron huérfanos.
“Benja fue todo”, dijo Mayerly, enfermera profesional y madre de 33 años.

Lo recuerda como un hombre humilde y sencillo. Campesino, de pueblo, de campo; de esos santandereanos serios al hablar, pero capaces de esconder detrás de la dureza una inmensa capacidad de amar.
“Tenía un amor único para enseñar y educar. Era muy chistoso, un papá completo, pero también un amigo. Sabía cómo educarlo a uno. Yo, siendo madre ahora, me pregunto cómo hizo para criar a 50 en una sola casa”, afirmó, al tiempo que sonreía, convencida de que Benjamín fue luz para todos.
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En la memoria quedaron los paseos de olla al río, donde les enseñaba a nadar; los partidos de fútbol en las tardes; las novenas de aguinaldos en veredas lejanas y la rutina diaria compartida entre responsabilidades, regaños y afectos.
Héctor Quiroga, maestro de música y otro de sus “hijos”, recordó una Navidad en la que acompañó al sacerdote hasta una vereda apartada. Para llegar debían cruzar, en plena noche, un puente colgante que imponía miedo.

La meta era sencilla: llegar, rezar la novena y compartir con la gente. Reír, jugar, acompañar. Y siempre se lograba.
“No sé cómo hacía, pero nunca había excusa para ayudar a nadie. No importaba dónde estuvieran ni las condiciones. Mi familia es ejemplo de eso”, recordó el músico.
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Con los años, incluso cuando aquellos niños crecieron y llegaron a la universidad, Benjamín siguió estando presente. Siempre tenía un consejo, una palabra, una mano. Era un papá, un amigo incondicional.
Para Quiroga, el sacerdote fue el mayor ejemplo de servicio que ha conocido: un hombre capaz de desprenderse de todo, incluso de la posibilidad de tener bienes materiales, por ayudar a los demás. Una vocación de servicio única.
El Hogar Pastorín, donde el presbítero pasó gran parte de sus 84 años y dio su último respiro, no tiene niños desde 2015. Sin embargo, la labor nunca se detuvo.
Eduardo Castillo, quien acompañó a Benjamín durante los últimos 44 años de esa misión, aseguró que el futuro del hogar es incierto. Hay asuntos pendientes por resolver, dice, pero insiste en que lo verdaderamente importante es el legado.
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“Como Benjamín, pocos. O ninguno”, insistió su fiel acompañante.
Los predios donde funciona la fundación, entre San Gil y Valle de San José, pertenecen a la administración municipal de San Gil, que ahora deberá decidir qué ocurrirá con el lugar.
Pero para quienes crecieron allí, el verdadero valor no está en la tierra ni en las edificaciones.
De este hogar salieron ingenieros, filósofos, historiadores, músicos, enfermeros y arquitectos, entre otros profesionales, muchos de ellos hoy en diferentes países. “Eso sí es transformar el mundo de una manera real”, afirmó Quiroga.
Un pastor con rebeldía social

“Las causas sociales también quedaron huérfanas. Nadie como él”, dijo Julián Sánchez.
Y es que el padre Benjamín nunca supo mantenerse al margen. No le decía no a una protesta social, a una causa comunitaria ni a una lucha en defensa de los pobres, los niños o el medio ambiente.
Era un sacerdote revolucionario, pero sin armas.
Recorrió Santander y otros territorios del país acompañando comunidades, impulsando causas sociales y denunciando injusticias. Por ello fue señalado, amenazado e incluso desplazado para proteger su vida.
Con el tiempo, la bendición del padre Benjamín Pelayo en las manifestaciones se convirtió casi en un ritual. Celebró misas en carreteras, parques y plazas; acompañó procesos sociales día y noche, hasta donde las fuerzas le alcanzaron, últimamente siempre acompañado de bastón, su mochila e infaltable sombrero.
Bendijo el río Fonce, fue guardián del agua y se ganó el respeto de quienes luchan por la vida, por los niños y por el territorio.
—Honesto, honrado, un hombre de principios. Muy solidario con los pobres y con las personas más desvalidas. Un verdadero líder social —lo describió Raúl Gómez Quintero.
“Perdemos un gran líder y un luchador de las causas sociales”, concluyó.
El verdadero líder espiritual

“El pastor es el que va adelante, y él iba adelante con la palabra y con la sabiduría. Era muy capaz, muy líder y un hombre de fe; un auténtico pastor, un pastor con muchas ovejas”, expresó Eugenio Pelayo Rueda, párroco de la Catedral de San Gil y sobrino del sacerdote.
Benjamín tenía una idea clara: era un sacerdote del pueblo y para el pueblo. Y eso fue lo que hizo toda su vida: servir.
Venía de una familia humilde de Zapatoca. Se formó entre ayudas, esfuerzos y dificultades. Todo eso terminó transformándose en una manera concreta de vivir el evangelio: poniéndolo al servicio de la comunidad.
El padre Eugenio recordó a su tío como un hombre disciplinado, riguroso y estricto como pedagogo, formador y familiar. Aunque, con el paso de los años, aquel papá exigente terminó convirtiéndose en “nono”: un abuelo más sereno y bonachón.
El sacerdote Benjamín Pelayo dejó un legado de amor, servicio y fe. Murió tranquilo en su hogar, el Hogar Pastorín, recibiendo el mismo afecto que entregó de manera desinteresada durante toda su vida.
Al final fue despedido con homenajes, sonrisas y anécdotas de quienes lo conocieron. Entre abrazos, silencios, lágrimas contenidas y otras no tanto, quedó claro que Benjamín Pelayo no murió dejando una obra ni una fundación. Murió dejando una familia, y eran muchísimos…













