Sábado 25 de Octubre de 2014
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Domingo 08 de Julio de 2012 - 04:52 PM

La huella indeleble de la tapia pisada

Jaime del Río/VANGUARDIA LIBERAL
La huella indeleble de la tapia pisada
(Foto: Jaime del Río/VANGUARDIA LIBERAL)
El pueblo de los ‘patiamarillos’, Barichara, se sigue robando todas las miradas por la sencillez y belleza de sus casas. Sin embargo, persiste la preocupación de arquitectos como Jaime Higuera Reyes porque la tradición de las construcciones en tapia pisada no quede en el olvido y mucho menos sean remplazadas por el concreto.

Los hombres ‘patiamarillos’ esperan a que la luz del día se asome y a que el firmamento se vista de azul, para subirse a la montaña de tierra húmeda y cobriza sólo con un propósito, el de danzar.

Sus pies visten cotizas o alpargatas. Sus cuerpos están vestidos con ropas viejas, manchadas por el barro, y sus rostros están marcados por la brisa fría y los rayos del sol.

El tapial está listo. Las banderas y las compuertas que lo rodean están firmes. Llegó el momento de pisar y de acompañar el movimiento con un palo de madera en la mano, similar a un remo, pero con punta chata. Pero antes el tapiero debe medir la humedad de la tierra. Así que toma un puñado en su mano, lo aprieta hasta hacerlo una bola, y luego lo lanza al cielo. Si este no se desmorona significa que su material está listo para ser transformado en un gran muro, que puede sobrevivir por más de tres siglos.

Por momentos, la tierra cobriza parece tragarse las pisadas de estos hombres, pero sólo los tapiadores saben cómo dominar la situación y convertir la tierra en una superficie firme.

Una pierna se levanta seguida de la otra. El sonido que produce es muy suave, similar al de un tambor que anuncia un ritual. El tapiero toma velocidad. Esta vez intervienen sus caderas, luego su torso, después sus brazos y por último los hombros y su cuello. El sonido del tambor se acelera, pero cada vez es más bajo. 

El movimiento articulado no permite que el cuerpo desfallezca. A pesar de que las gotas de sudor bajan por la frente, la espalda y las piernas, el tapiero barichara sigue con su danza, similar a la utilizada por los indígenas frente a grandes hogueras.

Cuando siente que ha concluido su labor, baja de la caja de madera y mira su obra de arte, producto de la tierra, de las enseñanzas de su antepasados indígenas y de la creatividad que durante siglos ha destacado al “pueblito más bonito de Colombia”, Barichara.

Pero, ¿qué está pasando con esta tradición? Es la pregunta que desde hace varios años trata de responder el arquitecto Jaime Higuera Reyes, quien al internarse en Barichara con el propósito de extender este legado dejado por los pueblos indígenas, se ha encontrado con toda clase de situaciones que lo han decepcionado.

Jaime Higuera Reyes asegura que existe un choque de culturas, que la gente del pueblo, algunos tapieros y sus familias, ahora quieren casas de material, mientras los que llegan a Barichara se mueren por vivir en una de las bellas y blancas construcciones, con ventanas y puertas de colores.

“Esto está generando que la arquitectura del pueblo se enmascare, que sólo se mantengan las fachadas de las casas y por dentro nos encontremos con lujosas mansiones con pisos de mármol y paredes en vidrio”, comente este profesional.

“No podemos hablar de nuevas técnicas incorporadas a las de la construcción con bahareque y tapia pisada, sino de técnicas que quieren acabar con otras. El tapiero parece que se cansó de danzar y ahora es feliz echando concreto”, añade Higuera.

Sueños de tierra

Este amante del urbanismo asegura que llegó a Barichara siguiendo el rastro del bahareque y la tapia pisada, del que poco hablan los profesores en las facultades de arquitectura de las universidades.

Afirma que planeó su retirada a las tierras de  los ‘patiamarillos’ durante 20 años y que junto a su esposa, empacó maletas en 1994 para ir a buscar la casa de tapia pisada de sus sueños. “Me vine a investigar y a desarrollar mis proyectos. Quise hacerle un aporte a la cultura de Santander y creo que lo conseguí”, añade este amante de la salsa ‘brava’.

Llegaron a las ruinas de la casona que un día fue el área principal de la hacienda Santa Bárbara, una de las más grandes de Barichara siglos atrás. Unos cuantos muros de barro, paredes blancas manchadas de color cobrizo y techos a punto de derrumbarse fue lo que encontraron.

En este lote Jaime buscó hacer una casa que reuniera todos los detalles que había soñado y que nunca había podido imponer en sus construcciones citadinas, pues a los clientes no les entusiasmaba mucho la idea de tener una casa de barro.

Mientras recorría este espacio a cielo abierto, fueron apareciendo más vestigios de lo que fue la casa siglos atrás: Bloques de barro hechos a mano y bellas columnas nacidas de la misma la tierra que se extrae de la región.

Era lugar sinónimo de historia, un fiel ejemplo de lo  que eran las técnicas tradicionales de construcción en siglos pasados, desconocidas por muchos, sin que nadie las hubiera mejorado o cambiado.

A Jaime le faltaban muchas cosas por descubrir y conocer, especialmente las fórmulas que sólo tenían los antiguos tapieros baricharas, que pasaban por su casa y le preguntaban por qué insistía en recuperar un lote en ruinas y no le apostaba a una casa de cemento.

Así que se puso a buscar a los más experimentados. Fue entonces cuando conoció a Don Urbano, mejor nombre no podía tener, afirma Jaime en medio de carcajadas y palmas. Era un hombre de 96 años que le dijo que levantara su casa en el mismo lugar donde estaba el caney caído de la desaparecida finca, para que aprovechara los regalos de la naturaleza.

“Me contó que esta era una zona donde se habitaba en caneyes, cuyos  bastiones se ubicaban dependiendo de la circulación del viento y la salida del sol. Como allí se secaba tabaco, ellos organizaban el lugar de acuerdo a estos principios”, explica este arquitecto.

Jaime se enamoró mucho más de su proyecto y le puso más empeño. Quiso interrogar más a Don Urbano sobre el tema, pero éste se empeñó en que Jaime debía sacarle también provecho al árbol de mamón que aún se conserva en la entrada de esta casa, que hoy además de ser su vivienda, también funciona como un hostal para viajeros. 

“Él insistía en que era un árbol macho de mamón, y que si no lo levantaba a fuete nunca me iba a dar frutos. Mucha gente de por acá cree en eso y dicen que es efectivo. La verdad no lo hecho porque no me imagino con una correa ‘cascando’ a un árbol (risas)”.

Más allá de todas sus vivencias con Don Urbano, Jaime le añadió otro componente a su proyecto, el estudio del caney. “A mi juicio es la edificación criolla, nuestra y colombiana. Yo les digo en conferencias y pregunto cuál es la arquitectura nuestra y nadie responde. Es el caney. El caney es tan polifacético y pocos proyectos se han hecho partiendo de esta construcción”, añade.

Más allá de la tradición

Algunos tapieros de Barichara cuentan que los estratos en el pueblo se determinaban de acuerdo al grosor de la pared de las casas hechas en tapia pisada.

Se conoce que muchas de las casas que aún sobreviven alrededor del parque tienen muros de hasta 80 centímetros de ancho. Por eso eran reconocidas como las mejores del pueblo.

También comentan que hacia la periferia del municipio, las tapias de algunas viviendas sólo alcanzan los 50 centímetros y por eso es que su valor e importancia es menor.

Y un detalle más: Los viejos tapieros concluyen que para que una casa logre estar en pie hasta cuatro siglos, debe tener buenas botas y buen sombrero. Es decir, que sus techos sobresalgan y que la base de la vivienda no sea salpicada por el agua.

Estas y muchas enseñanzas más han sido utilizadas por Jaime Higuera y por cientos de arquitectos y amantes de las antiguas técnicas de construcción en muchos proyectos dentro y fuera de Barichara.

Aunque Jaime no ha logrado consolidar sus sueños –construir viviendas de interés cultural con el diseño participativo aportado por la comunidad–, no pierde la esperanza de que algún día los más pobres y necesitados puedan habitar en casas dignas, lejos de los modelos que hoy se conocen como viviendas de interés social.

“Lo más importante es que el material vale cero pesos. Generalmente se saca del sitio, si acaso uno paga el transporte de la tierra. No se registran desperdicios y mucho menos escombros. La idea no es descabellada. La he difundido en cientos de talleres de arquitectura en todo el país y pronto viajo a Europa para seguir difundiéndola”, comenta este bumangués.

“Las facultades de arquitectura no pueden seguir formando arquitectos aburguesados. En Colombia somos una sociedad agraria, cuyos proyectos de construcción deben estar dirigidos según las necesidades de la población. ¿Por qué no apostarle a viejas técnicas como la de la tapia pisada, incluyendo parámetros de sismoresistencia y proponemos nuevas opciones de vivienda? Creo que debemos reflexionar sobre esto”, añade.

Jaime Higuera asegura que las técnicas se mantienen y que a lo mejor pasarán décadas antes de que los tapieros desaparezcan. Sin embargo, insiste en que sí se deben aplicar pruebas a estas edificaciones para mejorar tanto las construcciones existentes como las que muchos desean construir en Barichara.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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