Jueves 23 de Octubre de 2014
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Jueves 29 de Noviembre de 2012 - 10:59 AM

La vida en Bucaramanga luego de decidir ser ‘mula’ del narcotráfico

César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL
La vida luego de decidir ser ‘mula’ del narcotráfico
(Foto: César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)
Dos mexicanas capturadas por tráfico de drogas hace dos años en la terminal aérea de Palonegro de Bucaramanga , le contaron a Vanguardia.com cómo han sido estos años de encierro y las pruebas que han tenido que superar lejos de sus familias y de su país.

“En la vida hay cosas de las que uno se debe hacer responsable. Muchas veces no se paga un delito estando en prisión, sino otras cosas que se cometieron cuando se estuvo en libertad. La necesidad de tener más, sin motivo, y sobre cualquier circunstancia, es una de ellas”.

Mientras acomoda los cartones de la lotería que ella misma diseñó para su nuevo rol como profesora de inglés, Patricia*, una mexicana de 28 años encerrada desde hace dos años y cuatro meses en el Centro de Resocialización de Mujeres de Bucaramanga, reflexiona sobre los días que lleva tras las rejas, alejada de su natal Michoacán, México.

‘La Teacher’, como es conocida por el resto de internas, se refugia en su trabajo como educadora, que la llena de satisfacción y le da esperanza, ya que de esta forma descuenta meses de condena y mantiene viva la ilusión de regresar junto a su familia y emplearse en una empresa exportadora de zarzamoras y aguacate en su país.  

Pero, mientras llega el momento, en medio de libros de inglés, cartillas y las ocurrencias de sus alumnas, pasan los días de esta mujer de ojos brillantes, pestañas inquietas y pelo negro. “Nunca olvidaré la segunda clase que impartí. Mis alumnas se saludaban y decían sin parar: “¡Good morning teacher, good morning my friend!”. 

Patricia asegura que era una mujer afortunada y que su destino vislumbraba cosas mejores. Una semana después de su viaje a Colombia y de que sacara droga en una maleta de doble fondo rumbo a Panamá y luego a Cancún, la aerolínea para la que trabajaba como azafata la esperaba para que volara hacia Dubai en vuelos chárter, como parte de su tripulación.  

Ese día nunca llegó; incluso, según comenta, muchos pensaron que había renunciado a su trabajo y que no quería esa oportunidad, pero la realidad era distinta. Ella, junto a Carolina*, otra mujer también de su país, fue capturada por la Policía Nacional en el Aeropuerto Internacional Palonegro de Lebrija y de inmediato, llevada a la Cárcel de Mujeres de Bucaramanga.

“Mi papá siempre me decía que regresara a la casa junto a él y la familia, pero yo era autosuficiente, tenía todo, casa, apartamentos, coche (carro) y no le pedía nada a nadie… Por eso, concluyo que en esta cárcel no estoy pagando una pena por ser ‘mula’…”, dice ‘La Teacher’.

“La libertad también desespera”

Cuando apenas tenía 19 años, Carolina* se embarcó en la aventura de salir de su natal Guadalajara y encontrar fortuna en una actividad distinta a la que ejercía mientras terminaba sus estudios de secundaria.

Dijo a sus padres que venía por unos días de paseo a Colombia, junto a su amiga Patricia, y que luego retomaría su trabajo como manicurista de uñas acrílicas.

Hoy, esta mujer de piel blanca, labios finos, pelo ensortijado y voz suave, tiene 21 años y el único contacto que mantiene con su familia se resume a seis horas de charla, cada dos o tres meses, cuando la visitan en el Centro de Resocialización de Mujeres de Bucaramanga.

Carolina cayó en prisión junto a Patricia en julio de 2010. Aseguran que fueron contactadas por una red de traficantes colombianos en México, de los cuales nunca volvieron a tener noticias a pesar de haber sido capturadas y condenadas.

Ha enfrentado distintas situaciones durante el encierro. Trata de olvidar la noche en la que fue dejada por los guardias del penal en un cuarto oscuro y frío junto a su amiga, porque a esa hora no podían ingresar a los patios. “Rogué tanto a Dios, con sentimiento y desesperación, para tratar de calmarme. A esto se sumó el miedo que nos infundió el personal de seguridad de la cárcel… Entre más llorábamos y más asustadas estábamos, más parecían disfrutar de nuestra pesadilla”, recuerda Carolina.

Esta joven afirma que no conoce una cárcel mexicana, pero sabe que son lugares sombríos, de enfrentamientos y conflictivos. Sin embargo, reconoce que en Colombia su situación ha sido llevadera. “Lo primero que se piensa es que uno va a salir como un delincuente, pero no es así. Nunca llegué a esa cárcel que me imaginaba, es más, nunca la he visto”, asegura.

Reconoce que goza de ciertos privilegios en medio del hacinamiento y los conflictos que se viven en este lugar. Está en un patio especial, junto a funcionarias públicas, mamás y bebés e internas embarazadas. Además, su celda tiene baño y espacios para acomodar sus pertenencias.

“Tengo un temperamento fuerte, no me dejo de nadie y tal vez por eso, nunca se han metido conmigo. A muchas de las internas les da curiosidad cómo hablamos y cómo nos relacionamos. Nos preguntan que por qué no hablamos como lo hacen en la telenovelas de mi país…”, cuenta Carolina.

“Como todo lugar donde solo conviven mujeres, se da la envidia. No falta la que te quiere meter en un chisme. Claro que nosotras nos hemos ganado un lugar y el respeto, porque la convivencia ha sido correcta”, añade la joven.

La separación

A pesar de que Patricia y Carolina fueron capturadas en la misma situación, sus penas son distintas.      

Mientras Patricia analiza su condena con una abogada que decidió acompañarla para reabrir el caso en los estrados judiciales, Carolina cuenta los días, porque está a menos de seis meses de quedar en libertad.

Ambas han conseguido rebajas significativas en sus penas gracias al trabajo realizado en la cárcel. Carolina, por ejemplo, ha pasado por el área de talleres de bisutería, también por el casino y ahora está en el expendio o tienda, donde se venden toda clase de productos a las internas, junto a una guardiana.

Esta última labor, según la joven mexicana, es la que más le ha permitido descontar días de encierro.

Patricia es paciente y sabe que aún no puede hablar de libertad. Ella se refugia en su labor como profesora y en la confianza que le han brindado sus compañeras de trabajo, administradoras de empresas, contadoras, matemáticas y amas de casa, que como ella, cayeron en prisión y hoy quieren ser personas más productivas.

Carolina dice que mientras se acerca el momento de dejar la cárcel, ha vuelto a sentir la misma angustia que tuvo durante sus primeros días de encierro. También dice que siente alegría de regresar a México y estudiar aviación, su sueño desde muy joven.

Patricia, además de su deseo de libertad, asegura que el amor mantiene viva la llama de su vida. Según cuenta, se ha enamorado y goza de una relación sentimental con un “ángel” que, mejor que Cupido, la flechó un día de visita. “Dios lo puso en mi camino. Ahora puedo decir que de lo malo se aprende, y se aprende de verdad”, añade esta exazafata.

Estas mujeres no hablan del día de su separación. Prefieren recordar sus mejores días en Guadalajara, cuando Patricia llegaba de Michoacán al local de arreglo de uñas de Carolina y hablaban de la rutina de sus trabajos, del último grito de la moda en cuanto al ‘nail art’ o arte de decorar uñas y del salario que las mantenía, mientras escuchaban una ranchera o una buena canción de banda.

En algo coinciden: Después de recobrar su libertad aseguran que volverán a Colombia, pues muchas de las personas que las han ayudado en esta difícil etapa  han sido  “ángeles” a los que no se les puede decir adiós fácilmente.

“Se han manifestado con un cariño y un apoyo importante. Hay que seguir manteniendo la relación. Si nos han querido y aceptado en estas circunstancias, ¿por qué no seguir con esa relación de amistad?”, asegura Carolina.

“Todo hace parte de un engranaje”

Teresa Villamizar Arenas, directora del Centro de Resocialización de Mujeres de Bucaramanga, asegura que el compromiso de internas nacionales y extrajeras es alto en cuanto a la formación académica y el desarrollo de actividades productivas.

“Es gratificante que internas como Patricia hayan aceptado el reto de impartir las clases de inglés. El Instituto necesitaba una personas con capacidades como las que ella tienen”, expresa Villamizar Arenas.

El penal cuenta con un equipo de trabajo integral, que busca desarrollar todo tipo de habilidades en las mujeres recluidas y sobre todo, ocupar el tiempo libre que les queda.

“Todo hace parte de un engranaje. El penal tiene en la actualidad 470 internas que la mayoría del tiempo están realizando cualquier actividad. Así podemos asegurar la buena convivencia en este lugar”, concluye esta funcionaria.

*Nombres cambiados a petición de las fuentes.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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