Lunes 24 de Noviembre de 2014
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Domingo 18 de Agosto de 2013 - 05:12 PM

El sacrificio de tallar la piedra amarilla

Mauricio Betancourt/VANGUARDIA LIBERAL
El sacrificio de tallar la piedra amarilla
(Foto: Mauricio Betancourt/VANGUARDIA LIBERAL)
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‘Morir por su arte o dejar que éste se extinga’. Esa parece ser la premisa de estos artesanos, que durante años se han dedicado a tallar todo tipo de objetos en esta piedra. Pero este oficio, orgullo de la región, también tiene su lado oscuro, ese del que poco se hablar y que ‘talla’ la salud de decenas de hombres para siempre.

Desde que el desaparecido tallador ‘Pablo Picapiedra’, el apodo de José Antonio Figueroa –artista de Barichara que se encargó de formar a cientos de talladores en su pueblo y que depuró este arte– le dijo a Joaquín Calderón que tenía talento para esculpir la piedra ‘amarilla’, éste soltó el azadón y se vistió de artista.

Empezó su oficio en las calderas de pueblo, sacando grandes bloques de la ‘amarilla’ que otros talladores de la región compraban para esculpir toda clase de objetos decorativos.

Poco a poco, después de conocer las vetas de las rocas, de entender su corte y de seguirle el compás al martillo y el cincel, Joaquín se volvió uno de los ‘duros’ en este arte, el cual, según cuenta, le ha dado no solo reconocimiento, sino una casa y un sustento diario desde hace más de 24 años.

Mientras trabaja con su hijo Anderson, de 24 años, y con dos talladores de Villanueva, William Saúl Barragán Ruiz (24 años) y Elmer Darío Sarmiento (22 años), en el levantamiento de un muro sobre la autopista a Floridablanca, este hombre de 52 años, de ojos color gris y de acento marcado, que luce ‘chocatas’ blancas bordadas con hijos negros, y que ya no toma guarapo sino té helado para refrescarse en su jornada laboral, afirma: “Nadie me dijo que con el paso de los años tenía que abandonar este oficio que tanto me gusta. No sabía que mis pulmones se secarían, que mi espalda dolería, al punto de no poder casi agacharme. Hoy sé que padezco silicosis masiva progresiva y que de esa rara enfermedad muchos de mis amigos han muerto, casi sin saberlo”.

La pasión que cuesta

El arte algunas veces juega con la vida, incluso, la del artista mismo. Si se remueve la historia, mucho se ha dicho sobre el sacrificio que hizo el holandés Vincent van Gogh, quien en busca de los colores perfectos, se expuso durante largas jornadas a los rayos del sol hasta quemar su piel.

Van Gogh quería plasmar en sus lienzos la vivacidad de la naturaleza que contemplaba en los campos de trigo y de girasoles, cosa que según afirmó, nunca logró al mezclar sus pinturas en una paleta.

Como él, Toulouse-Lautrec y Oscar Wilde se arriesgaron por perfeccionar sus artes. En busca de inspiración, le dieron paso en sus vidas al absenta -‘La Fée Verte’ o el hada verde-, un brebaje compuesto de anís y agrias hojas de ajenjo, con efectos narcóticos similares al del opio y la cocaína, que los hacía “ver lo que ellos anhelaban ver” y además, “lo que nunca desearon ver”. 

Los artistas de la región, en especial los talladores de la piedra amarilla de Barichara, parecen no estar lejos de lo que estos grandes del arte y de la literatura experimentaron. En cada golpe que le dan a los bloques de piedra, no solo hacen brotar una obra maravillosa, digna de admirar. También pagan un alto costo con sus vidas.

Vidas que según afirman los protagonistas de esta historia, no tienen un rumbo distinto al de tallar, porque “para eso nacimos, para eso fuimos creados”.

Anderson se arriesgó a seguir el legado de su padre, Joaquín. Fue el único de sus cuatro hermanos que lo hizo y hoy, según cuenta, es de los pocos jóvenes que existen en Barichara dedicados a este arte. 

Narra que empezó como su papá, en la cantera, que vio en el oficio de la talla una buena oportunidad para mantenerse, pues no quiso estudiar. Al ver la lucha de Joaquín contra esta enfermedad crónica, piensa mucho en si seguir o no en este oficio, que si bien es aplaudido por muchos, también es poco valorado, especialmente en las tierras baricharas.

“Mi padre presenta tos, dificultad al respirar. Empezó con un dolor en la espalda. Pensamos que era la columna y fue así.  Cada día lo vemos más delgado, cansado, como sin ganas, pero, ¿quién lo obliga a que deje esto si es su vida?”, comenta el joven.

Joaquín oye a su hijo hablar y sonríe. “Uno está ligado a esto y saber que tiene que abandonarlo es difícil. Yo sé muchas cosas, pero ninguna me llama la atención. En esto quiero terminar los últimos días que me quedan”, comenta.

Estos hombres, como William Saúl y Elmer Dario, reclaman un poco de justicia frente al tema de la enfermedad y los tratamientos médicos que deben recibir, pues aseguran que los gobernantes de turno solo les han dado “pañitos de agua tibia”, unas cuantas jornadas de salud, y no los han tenido en cuenta para mejorar su situación, como se lo merecen.

“Los gobernantes saben que muchos hombres están enfermos, pero no han hecho nada por ayudarnos en esto. Es evidente que nuestro oficio se debe mejorar, que no basta solo con utilizar máscaras o tapabocas. Para ellos somos orgullos de Barichara cuando necesitan entregar reconocimientos o regalos especiales en piedra amarilla, pero nada más”, dice Joaquín.

Sueños por cumplir

Elmer Darío Sarmiento, de Villanueva, tierra de la talla, del fique y de las cabras, se inició en este arte a los 13 años. Asegura que los más bonito de su trabajo es que todos los días hace algo distinto y que no lo deja caer en la monotonía.

Al hablar de la silicosis masiva progresiva, le tiembla la voz. Agacha la cabeza sobre los bloques de piedra convertidos en letras y asegura que nadie elige enfermarse, porque en su pueblo, distinto a las labores del campo o de la talla de la piedra, no hay mucho por hacer.

“Todo trabajo tiene riesgos y tarde o temprano se puede morir de esto. Pero no pienso en la muerte, pienso en ser reconocido y cumplir un gran sueño:  hacer un  monumento para la Casa de Nariño y que la gente sepa que yo fui el autor”, dice Elmer.

William Saúl Barragán Ruiz, también de Villanueva, afirma que como este oficio no existe otro, que todos los días tiene algo qué aprender. También le preocupa la enfermedad.  “A nosotros nos buscan de todos lados del mundo. Nuestro arte ha traspasado fronteras. Ojalá no nos pase como a muchos artistas, a los que les rinden homenaje solo hasta su muerte. Los reconocimientos a los talladores de esta región deben ser en vida”, asevera mientras marca el bloque que debe cortar.

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XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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