Una gran mesa de madera, butacos rústicos, un pequeño telón de fondo a modo de persiana vertical y seis bombillos domésticos intentaban representar un espacio femenino tradicional y lúgubre, una especie de salón de costura.

Publicado por: CLARA M. GUERRERO
Las obras elegidas para este montaje giran alrededor de la mujer y su mundo; por lo tanto, la ambientación fue propicia para cada una de ellas. Sin embargo, la iluminación no lo fue tanto. En sus obras, García Lorca siempre plantea, directa o indirectamente, una metáfora de luz y color que representa, y en ocasiones se opone, la mente de los personajes o la situación dramática, tal como las inmensas paredes blancas de La casa de Bernarda Alba. Esta riqueza visual se perdió por completo al permanecer la escena con el mismo tono amarillento, sombrío, que llegaba incluso a ocultar la expresión de los actores.
En cuanto al vestuario y maquillaje, fue evidente la falta de unidad entre lo que se utilizó para cada fragmento lorquiano. Algunos personajes vestían trajes de época tradicional española, pero, en el mismo segmento, otros tenían vestidos de mediados del siglo XX, contemporáneos y otros aun, vestidos y maquillajes irreales o fantásticos (como las vecinas y la zapatera, o Adela en caracterización de gallina). A pesar de que esto no fue impedimento para comprender –globalmente– los temas e ideas de la obra, una revisión del concepto tras cada sección, en concordancia con el concepto general del montaje, daría mayor consistencia y claridad expresiva a la representación.
Mariana Pineda abrió la noche. Queda la imagen de una Mariana que dirige una clase de burdel en una época de represión y que, a su vez, apoya las actividades de la resistencia. Su compromiso llega al punto de preferir la cárcel –tal vez también la muerte– antes que complacer sexualmente al hombre que representa la imagen de la tiranía. Se percibió esta apertura demasiado violenta, a veces con cierto rechazo, pues no todos disfrutan de la excesiva tendencia del teatro colombiano a convertir todo acto teatral en una comparación forzada con una visión de la realidad política de nuestro país. Mariana estuvo convincente, aunque en el fragmento escogido para ella no hubo posibilidad de ver una evolución emocional en su personaje.
Le siguió Bodas de sangre, en una selección de textos que resume la postura de la madre frente a sus enemigos y la justificación de la novia por su huída del lecho nupcial. La actriz en el papel de la madre estuvo aplomada y transmitió la actitud del personaje lorquiano, intransigente, obstinado, artífice voluntario del destino indeseado de los suyos. La escena ganaría mucho si se le diera más pulido cuando las tijeras se convierten en el cuchillo de la desgracia. La novia, por su parte, conmovió en su justificación, en su “yo no quería…”; muchos entre el público reconocimos ese instante en que el amor nos lanza a la acción que sabemos equivocada.
Yerma fue, para mí, la mejor actuación de la noche. Cándida y casi infantil al principio, urgida y suplicante luego, exigente y desesperada al final. Consiguió dar coherencia emocional a los movimientos un tanto artificiales de expresión corporal –que en otros fragmentos desconcertaban y desviaban la atención del público–. Dejó la sensación de querer ver más de ella, de ver el momento en que con sus manos destruye al hombre que es incapaz de hacerla madre. Tanto en Yerma como en Bodas de sangre, los personajes masculinos asumieron un papel casi accidental, casi la excusa de la tragedia de sus mujeres; un aspecto que, si bien no permitió ver actuaciones destacadas en los actores, tampoco deslució el curso de las escenas.
La zapatera prodigiosa fue la ocasión de ver una actuación masculina sobresaliente en el zapatero. El zapatero cautivó con su caracterización vocal y corporal, apoyado por el hecho de que el actor parecía realmente disfrutar su personaje. Fue un segmento en que la escenografía y la iluminación quedaron completamente relegadas pues fue la interacción dramática la que atrapó la atención del público, ayudada por el hecho de que el vestuario y el maquillaje fueron coherentes entre sí y con el estilo de la adaptación.
Finalmente, llegó el turno de La casa de Bernarda Alba, una interpretación completamente alejada de la versión original que no aporta a la apreciación de la obra teatral; por el contrario, aleja al público que conoce la obra y, al que no la conoce, le da una descripción errónea del carácter de Bernarda, el personaje lorquiano por antonomasia. Anamnésico Teatro presentó a una Bernarda impotente, débil, más que vieja casi decrépita ¡que hasta llora y se deja abusar físicamente de sus hijas! La personalidad de Bernarda se refleja en el simple hecho de que, para ella, una hija que la desobedece en lo más mínimo es una hija muerta y que su casa estará mucho mejor sin ella. Por esto, esa última imagen de la madre que busca refugio en un oficio como la costura y, sobre todo, lamentando su soledad, no es la Bernarda de García Lorca.














